Jorge Cremades Opinión

Jorge Cremades: «Putin, el Hitler del siglo XXI»

¿Es la actual Ucrania para Putin la apetecida Polonia de Hitler en el siglo pasado?

La anexión de los Sudetes en 1938 por la Alemania nazi de Hitler, que se erigía en defensor de los alemanes de Checoslovaquia, fue aceptada por la comunidad internacional siguiendo una ilusoria política de apaciguamiento que confiaba en que sería la última reivindicación del dictador alemán que, sin embargo, en 1939 enviaba a sus ejércitos a tomar Praga y controlar los restantes territorios checos, proclamando inmediatamente el Protectorado de Bohemia y Moravia a la vez que propiciaba la aparición del Estado títere de Eslovaquia y se apoderaba del territorio de Memel que pertenecía a Lituania.

Es innegable el paralelismo de estos hechos con los protagonizados ahora por Putin, que, erigido en el Hitler del siglo XXI, se autoproclama defensor de los rusos de Ucrania y, tras anexionarse la península de Crimea en 2014 sin respuesta contundente y eficaz por parte de la comunidad internacional, reconoce ahora como «repúblicas independientes» Donetsk y Luhansk, dos áreas de la región oriental ucraniana del Dombás, tomadas por separatistas prorrusos, que le sirve como paso previo para enviar tropas rusas a la zona, según él, como «misión de pacificación» de las regiones pero que, en definitiva, es la tapadera para invadir totalmente el territorio de Ucrania contraviniendo, como Hitler hiciera en el siglo pasado, el derecho internacional más elemental.

El dictador alemán, en su insaciable ambición territorial y sintiéndose impune por sus agresiones totalitarias a sus vecinos, da un paso más e invade Polonia en septiembre de 1939 con el fin de reincorporarla a Alemania provocando al fin con ello el estallido de la Segunda Guerra Mundial en Europa que, durante seis años atroces, sembró los territorios europeos y del resto del mundo de muerte, miseria y ruina moral y económica, desatando los peores demonios de la condición humana.

¿Es la actual Ucrania para Putin la apetecida Polonia de Hitler en el siglo pasado? ¿Pondrá freno la comunidad internacional al dictador ruso para que detenga sus ensoñaciones sangrientas, expansionistas y megalómanas al estilo de Hitler o Stalin en su día? ¿Está dispuesto Putin a ser el heredero de los más sanguinarios gobernantes totalitarios?

En fin, esperemos que el paralelismo entre los hechos protagonizados por Hitler y Putin no nos lleve a las trágicas consecuencias que tuvieron que sufrir nuestros padres y abuelos, aunque, lamentablemente, se tenga la sensación de momento de que no hemos aprendido nada y de que la historia trágica se repite ¿Tendremos que pagar con sangre, sudor y lágrimas como entonces el mantenimiento de nuestras libertades, de nuestra convivencia en paz, de nuestros derechos humanos y políticos que tanto nos ha costado conseguir?

Putin, al igual que todos los sanguinarios dictadores que en el mundo han sido, pone de relieve que no basta con las buenas intenciones y proclamas pacifistas, que para mantener la paz y la libertad se requiere a veces estar preparados para la guerra, en definitiva, para poder defenderse de quienes, como Putin, Hitler, Stalin y tantos otros caudillos sólo entienden el lenguaje belicista y de la fuerza para imponer su voluntad a los ciudadanos, a los pueblos y a los países, que, desarmados para defenderse, ven imposible sacudirse el yugo impuesto por las armas, salvo que, al final, se recurra a la violencia y a la resistencia heroica como los pueblos libres tuvieron que hacer para frenar, entre otros, a Hitler.

¿Habrá que hacer lo mismo para frenar a Putin? Es la pregunta del millón

De momento Putin lanza un ataque masivo contra Ucrania y desencadena el más grave conflicto en Europa en ochenta años, que alarma al mundo, al invadir el país por tierra, mar y aire, dando razón a Biden que venía insistiendo en que ese era el verdadero objetivo del dictador ruso, por mucho que él lo desmintiera mientras en las fronteras acumulaba un verdadero arsenal de armamento con la excusa de que se trataba de maniobras militares. Y mientras las tropas rusas llegan a Kiev con facilidad por la imposibilidad de que el ejército ucraniano, muchísimo más inferior, salga a enfrentarlo en campo abierto Moscú amenaza a quien «interfiera» con unas represalias «nunca vistas», mientras Biden advierte de las «consecuencias catastróficas» del ataque y la UE y el G-7, ante la imposibilidad de que intervenga la OTAN ya que Ucrania no es miembro de la Alianza, deciden duras sanciones económicas para aislar a Rusia, contraponiendo economía a defensa armada, como si ello hiciera mella en los dictadores, multimillonarios y dueños de todo como Putin, a los que la miseria de sus pueblos sometidos les importa bien poco.

No obstante, tras varios días de vertiginoso avance por tierras ucranianas, el mastodóntico ejército ruso se encuentra por fin con una heroica resistencia en las grandes ciudades como Kiev o Járkov, asediadas por los militares rusos, cuyos ciudadanos en simbiosis con el ejército ucraniano utilizan el único recurso que les queda, la guerra de guerrillas cuerpo a cuerpo, haciendo ver a Putin la dificultad de éxito de una agresión territorial de ocupación, como es el caso, pues una cosa es hacer incursiones de castigo y otra más compleja es mantener la ocupación de los territorios ocupados, con sus ciudadanos convertidos en súbditos del ejército invasor. Un desafío intolerable de Putin a Occidente que rompe la paz en Europa y tristemente va dejando ya decenas de muertos, cientos de heridos y miles y miles de huidos.

Así las cosas, tras varios días de asedio a las grandes ciudades ucranianas, Putin exige la rendición y Zelenski, el presidente de Ucrania, que rechaza ser evacuado y ocultado en un lugar seguro, llama a la población a resistir con cócteles molotov y armas convencionales, mientras la UE y EEUU aprueban una batería de sanciones a Rusia, y Putin, tras amenazar a Finlandia y Suecia con represalias si deciden entrar en la OTAN (¡quién es él para dictar a Estados soberanos su política exterior y de defensa!), da un paso más en su matonismo patológico y ordena activar y poner en «alerta máxima» su fuerza nuclear, mientras, por otro lado, inicia negociaciones con Zelenski, que acepta dialogar sin condiciones previas en territorio bielorruso, en la ciudad de Gómel, sobre una salida a la guerra y finiquitar la pesadilla sangrienta provocada por el dictador, tras fracasar éste en su intento de que el Ejército ucraniano dé un golpe de Estado y facilitar así la conversión de Ucrania en un Estado-satélite de Rusia. En definitiva, Ucrania, dentro de sus posibilidades planta cara a Putin, pues milicianos y militares le ofrecen una oposición feroz en las grandes ciudades, frustrando las pretensiones del dictador ruso de tomarlas como si se tratara de un paseo militar.

Entretanto Bruselas y Washington, en su escalada de sanciones, anuncian la desconexión de Rusia del sistema de pagos internacional, e incluyen a Putin y su ministro Lavrov en la lista de sanciones, congelando sus activos; EEUU aumenta su ayuda militar y la UE se compromete a facilitar la entrega de armamento y se abre a acoger a todos los refugiados, mientras Putin ordena intensificar la ofensiva desplegando 10.000 soldados chechenos especialistas en combate urbano; y hasta Alemania da un giro de 180 grados en su política de defensa con un histórico aumento de la inversión militar, asumiendo así Occidente que con la invasión de Putin a Ucrania se inicia una «nueva era» por lo que Bruselas da luz verde por primera vez a la compra de armas, desconecta la banca rusa, cierra su espacio aéreo y bloquea medios de comunicación rusos, pues, como dice nuestro Jefe de Estado, el Rey Felipe, la invasión de Ucrania «es una amenaza para Europa y el orden mundial». Una amenaza, sin duda, como la de Hitler en el siglo pasado.

En otro orden de cosas, mientras Telefónica quintuplica su beneficio, gana 8.137 millones y Álvarez-Pallete descarta fusiones en Europa, otra guerra, bien distinta a la desencadenada por Putin en Ucrania, sigue su curso: me refiero a la guerra interna que azota al PP. Casado, ya casi en retirada, dice a los barones en la sede del partido «seré como la reina madre», mientras el hombre de Feijóo en Génova hasta que se celebre el Congreso será González Pons, pues el gallego seguirá en la Xunta de Galicia, al menos hasta el verano, y entretanto estudia compaginar ambos cargos durante una transición sosegada y liderará a los populares ofreciendo pactos de Estado, en tanto que Ayuso asumirá la presidencia del PP de Madrid antes del verano. Son las previsiones de los dirigentes del PP, cuyo votante, según GAD3, quiere a Feijóo como candidato, pues la mitad de los electores populares apuesta por el líder gallego mientras el 36% opta por la presidenta de Madrid y sólo el 8% por Casado, sobre quien el 80% considera que debe dimitir ya. Entretanto sale a la luz el documento que tumbó al líder del PP: una nota que llegó a manos de Egea y Casado hace siete meses, que detallaba la comisión cobrada por el hermano de Ayuso y les instaba a conseguir ilegalmente sus datos fiscales.

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