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COLUMNA DE OPINIÓN de Manuel Avilés: «La leyenda de… Carmen Posadas»

Si mi sexo no es el que figura en mi carné de identidad, si tengo que hacer cola en la comisaria para renovar el documento y si, en el caso de pertenecer a ese tercer sexo que anuncian, alguien me va a indemnizar por los dieciséis meses de mili que me pegué en artillería antiaérea, con la sordera permanente que me acompaña

¡Aleluya, aleluya! Por fin voy a poder escribir sobre las monarquías hispanas. No es que no quiera escribir, es que cada semana hay una excusa en la política del país para hablar de dos mil asuntos distintos, centenares de chanchullos, pifias y enjuagues con olor a cloaca. Hoy me da igual la regularización fiscal del Emérito y si viene a no a casa por Navidad. Ya me gustaría tener que pagar setecientos mil euros cada año porque sería señal de nadar en la abundancia. Me revienta ver que Múgica Garmendia, Pakito, el jefe etarra con tantos muertos a sus espaldas, ha salido de la cárcel de Zuera y anda recibiendo parabienes por los pueblos de Euskadi aunque, como tantos otros, fuera expulsado de la organización terrorista por no seguir los dictados de no se sabe quién. El, que fue jefazo supremo. Esto abona mi teoría[1] de que a raíz de las cintas de Etxabe y Urrutia en Nanclares, la consigna fue: ¡maricón el último!

Finalmente me la trae  floja la última inversión del Ministerio de Irene Montero en una necesidad perentoria para el estado. Leo en el facebock de Luis Segovia – magistrado brillante hoy jubilado- que Boti García, Irene Montero y demás compañeras igualitarias, han contratado por algo más de catorce mil euros a una empresa para que arroje luz sobre un asunto que nos quita el sueño a  veintitantos millones de españoles. La diferenciación biológica entre hombre y mujer ha quedado obsoleta y hay que regularizar el tercer sexo. ¡La madre que me parió! ¿Me estoy volviendo facha? ¿Soy binario? ¿Qué es ser binario? ¿Si no soy binario tengo que ir al médico, al psiquiatra, al endocrino?

Si mi sexo no es el que figura en mi carné de identidad, si tengo que hacer cola en la comisaria para renovar el documento y si, en el caso de pertenecer a ese tercer sexo que anuncian, alguien me va a indemnizar por los dieciséis meses de mili que me pegué en artillería antiaérea, con la sordera permanente que me acompaña

Me huelen estas cuestiones –bizantinas, propias de gente con falta de faena-  a aquellos temas trascendentales sobre los que me hacían reflexionar los claretianos a lo largo del bachillerato: ¿Qué es la transustanciación? ¿Cuántas personas y cuantas naturalezas hay en Jesucristo? ¿Qué es eso de la santísima trinidad? ¿En qué momento se produjo la rebelión de los ángeles que dio origen a Lucifer? ¿Es el infierno un lugar físico o  un estado de ánimo similar a sentirse tirado como una colilla, abandonado por aquella que juraba amor eterno mientras se soltaba los corchetes y te sugería regalarle un bolso de Louis Vouiton? ¿Quién es Mariela, la del soldadito marinero de Fito y Fitipaldis, que tenía un negocio entre las piernas?

No puedo vivir con esta incertidumbre, me reconcome la angustia. Necesito urgentemente que se realice el trabajo sociológico encargado por Boti y Montero y conocer sus resultados. Quiero saber si figuro o no en la lista de los binarios. Si mi sexo no es el que figura en mi carné de identidad, si tengo que hacer cola en la comisaria para renovar el documento y si, en el caso de pertenecer a ese tercer sexo que anuncian, alguien me va a indemnizar por los dieciséis meses de mili que me pegué en artillería antiaérea, con la sordera permanente que me acompaña. Si ahora resulta – tras el estudio científico de Montero y Boti- que no soy binario y pertenezco al tercer sexo ¿eso tiene repercusión en mis hijos o en mis divorcios? ¿me van a devolver alguna pensión compensatoria?

No encuentro otra explicación para tanta gilipollez que la “Teoría del huerto” que podríamos enunciar como si fuera el principio de Arquímedes sociopolítico: Todo el que pilla un cargo  necesita justificar el puesto y llenarlo de contenido aunque sea en plan florero. Todo el que aspira a un nombramiento tiene tendencia a crear huertos, o sea, montajes y montajillos que presenta como imprescindibles. ¿Cómo, si no, ha habido gobiernos con catorce ministerios y gobiernos con veintitantos? ¿Mejora mucho nuestra calidad de vida  con ese chorro de ministros y secretarios de estado con su correspondiente corte de pelotas y paseantes de folios?

No sigo con el tema. Me embarga el espíritu navideño y no tengo ganas de bronca. Hablo de las monarquías porque me ha venido a la mano una obra maravillosa de mi gran amiga Carmen Posadas, casi mi pareja de hecho. Esta mujer escribe como los mismísimos ángeles, en el caso de que los ángeles existan y sepan escribir. Carmen, excelsa y elegante, a la que se le derrama la clase por los costillares, es una de las mejores autoras de novela histórica en lengua castellana, si no la mejor en la actualidad. Vean su larga lista: La cinta roja, La hija de Cayetana, El testigo invisible, La maestra de títeres…..

Hoy tengo conmigo “La leyenda de la Peregrina”, esa perla extraordinaria, encontrada por un esclavo en las profundidades del pacífico panameño y que, como joya carísima y única, ha sido perseguida por todos apasionadamente desde el primer instante.

Carmen, escritora sagaz y suave, pero contundente y de lenguaje afilado, utiliza el recorrido de la “Perla Peregrina” casi como una excusa para dar un repaso en profundidad a las monarquías españolas desde Felipe II, primer comprador de la famosa perla regalada a su segunda  esposa María Tudor que no era “ninguna perita en dulce, sino medio calva, seca como la mojama y sin un diente en toda la boca. Tampoco olía a rosas”.

Todos los monarcas, por aquello de la transmisión genética del poder, han soñado siempre con un heredero. Felipe II le decía al que iba a ser el tercero: “observad los cuadros de vuestras primas – la manía endogámica que los extinguió- y elegid la que sea de vuestro agrado”. Y Felipe II se lamentaba: “el cielo que tantos dominios me ha dado, me ha negado un hijo capaz de gobernarlos”. Ya se encargó de gobernar el duque de Lerma, que robó hasta cansarse y acabó haciéndose cardenal para escapar de la horca. Margarita de Austria, casada por poderes por el papa Clemente VIII con Felipe III, luce espléndida la Perla Peregrina que guía nuestra novela y también “El estanque”, un diamante que, de tenerlo, haría innecesario cualquier plan de pensiones que promociona el ministro Escrivá y de los que hablaré un día de estos.

Felipe IV, perseguidor de señoras y hacedor de bastardos – treinta y dos le endosan- a lo largo y ancho del país, también fue dueño de La Peregrina. Carmen demuestra su talla como novelista histórica y su capacidad de investigación desgranando los oficios de aquellas cortes oscuras: vaciador de orinales, mozo de retrete, despabilador de velas, vendedor de sanguijuelas…y cómo Felipe IV apuntaba maneras, desde bien pequeño, en su afición a meter mano a la menor oportunidad en las entretelas del sexo opuesto – lo llamo opuesto con permiso de Montero y Boti, sin ánimo de ofender-.

 Es antológico un pasaje íntimo de esta leyenda. Greta hermanastra de la madre de Felipe hace de tía y de cuidadora del niño y no ya tan niño. Dadas las ansias rijosas del que había de ser rey Planeta, los escarceos acabaron en el confesonario por los sentimientos de pecado angustiosos de Greta, que una cosa es cuidar a un sobrino y otra dormir desnuda y abrazada a él. Compungida por sus “trajines nocturnos” y temiendo por su condenación eterna la tía del rey se metió a monja agustina recoleta, en el monasterio de la Encarnación, para poner tierra de por medio con el sobrino salido.

Freud, en el siglo XVII que es por donde vamos con las andanzas de la Peregrina, aún no había nacido ni se había hablado por tanto del inconsciente y de la  represión sexual, pero ya los curas rijosos daban buena cuenta del fenómeno en sus regocijos de confesonario.

“¿Os visita el demonio de la concupiscencia por las noches, hermana?” – preguntaba el cura encendido-. “¿Sentís el peso…sobre vuestro cuerpo dormido?”.

No se pierdan – seguiré el próximo día porque el redactor jefe me apremia con el espacio- La Leyenda de Carmen, maestra sin trampa ni cartón de episodios históricos exquisitos. Igual que ella.

[1] Lean mi próximo libro de inminente aparición “De prisiones, putas y pistolas. El desmantelamiento de ETA en la cárcel”.

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