COLUMNA DE OPINIÓN de Manuel Avilés: «Un tiro en el pié»

os cazadores no me gustan. Cada día soy más animalista. Desde la prehistoria el hombre ha cazado. Para comer. Hoy –recuerden ‘La escopeta nacional’ del inolvidable Berlanga o ‘Los santos inocentes’ del gran Delibes-, se caza por deporte, para practicar el tráfico de influencias, para ligar, para dar suelta al Thanatos freudiano, para conocer gente, para solicitar favores y prevaricaciones. Se mata animales para demostrar no sé qué, pero no para sobrevivir consiguiendo alimento. Tengo oído que los cazadores, cuando los perros no sirven ya para lo que los usan, los abandonan. He vivido ese abandono en primera persona y casi me cuesta la vida.

Menos mal que no ha dado un volantazo para evitarlo porque lo habríamos recogido a usted con cucharilla, trescientos metros dentro del viñedo”. El Ministerio de Fomento, al mando de Álvarez Cascos, se puso de perfil pero gané el pleito en la Audiencia Nacional y pagaron, uno tras otro, los casi cinco mil euros de la reparación. Que todos los dioses, habidos y por haber, guarden un sitio de privilegio en el infierno al criminal que abandonó en plena autovía a aquel pobre perro.

Entre los cazadores -me resulta desagradable hasta citarlos como ejemplo- el paradigma del ser tonto es “pegarse un tiro en el pie” porque es acto imbécil o imprudente, imposibilita al matarife para seguir cazando una larga temporada.

En estos años convulsos, deprimidos y pandémicos, leo un reportaje de mi amiga Ángeles Escrivá – la alumna superó al maestro, una magnífica periodista y, con diferencia, la que más sabe de ETA-

Los cazadores, los tiros en el pie, las políticas emprendidas por el gobierno de coalición hacen imposible que pueda terminar mi saga borbónica tan prometida. Ni Carlos IV –carpintero, relojero, boxeador, cazador diario y cornudo a tiempo completo-.

Ni Fernando VII –golpista consumado, juerguista y golfo, vendedor de la nación reiterado, aprovechado y traidor hasta dejarlo de sobra-[1]. Ni Cristina –reina regente embarazada en secreto, cobradora de comisiones y que repartía títulos nobiliarios a los descendientes de un estanquero de Tarancón, de ahí que a mí, el que uno saque pecho y se identifique como Marqués de pollapelada, me la sople.

Ni Isabel –una reina desgraciada, generosa, analfabeta interesada solo en la historia sagrada y algo de copla y zarzuela, populista y simpática a la que, por intereses y presiones internacionales, casaron con un primo mariquita, del que ella decía cuando le confirmaron la decisión matrimonial ¡Con Paquita, no. Con Paquita, no! De todos esos reyes –que dan fe del enorme interés monárquico por cohesionar la nación- me voy a tener que quedar sin escribir.

También del peor de todos, Alfonso XIII, un sinvergüenza pornógrafo que nos metió en el Desastre de Annual y que lanzó, incompetente y criminal, al botarate del general Silvestre a la masacre en la que cayeron miles de chavales jóvenes y pobres para defender no sé bien qué intereses económicos. ¡Ole tus cojones! Le decía para animarlo desde su trono cómodo mientras los soldaditos bebían su propia orina para no morir de sed en los secarrales marroquíes, asediados por Abdelkrim. Algún día escribiré sobre el expediente Picasso, que llevó a cabo el tío del pintor e instruyó el general Batet Mestres con el que Franco se tomó cumplida venganza.

Las circunstancias no me dejan escribir de monarquías –el rey actual parece inteligente, sensato,
equilibrado y formado pero eso de la vía genética para acceder al poder… no me termina de convencer-. Leo en mil sitios distintos que la pandemia está haciendo crecer las enfermedades mentales. Díganmelo a mí que me tropiezo con un prójimo –cara de acelga como el gran José Sacristán– que ríete tú de los pacientes de mi antiguo psiquiátrico penitenciario, de triste memoria, que me cupo el deshonor de subdirigir y dirigir en años oscuros. No sé si habrán clareado, lo dudo. ¿Tendrá el gobierno algún efecto colateral y director de la pandemia?

En estos años convulsos, deprimidos y pandémicos, leo un reportaje de mi amiga Ángeles Escrivá – la alumna superó al maestro, una magnífica periodista y, con diferencia, la que más sabe de ETA-. Habla del cuartel de Loyola en San Sebastián [2] que, tras aportar varios muertos en la lucha contraterrorista, será cerrado por Sánchez como pago al apoyo de PNV y Bildu en los presupuestos.

Busquen el artículo y léanlo que no tiene desperdicio. Cita a Rafael Garrido, entre otros, general asesinado por Kubati y Fermín, con una lapa colocada en el techo de su coche desde una moto Kawasaki de segunda mano comprada en Barcelona. Creo recordar que murió más gente en ese atentado, una limpiadora de cristales portuguesa, si el maldito alemán no ha afectado a mi memoria.

Respeto los pactos con Bildu, que en los años noventa, yo personalmente, dije a unos cuantos centenares de etarras que “podían defender lo que quisieran pero sin pegar tiros, dentro de las instituciones”. Si han dejado los tiros y están en el Parlamento habrá que hablar con ellos, solo faltaba

No soy un forofo del militarismo. Hice la mili y perdí dieciséis meses de sueldo. Ahora creo que a tanto punki, pasota, okupa, porrero, metrosexual, ‘niestudionitrabajo’, parásito e integrante de tanta jerga alternativa, no le vendrían mal unos meses de mili en El Ferrol para asentar las ideas. Agradezco a los militares del CNI –sobre todo a un coronel llamado Santiago y que murió de disgustos en Euskadi- sus desvelos para cuidarme cuando esas acémilas me querían dar matarile. No me importa que se cierren los cuarteles por aquello de las reorganizaciones y la operatividad. Cosa bien distinta es cerrar cuarteles, entregar administraciones, modificar códigos penales, dar indultos y bajarse los pantalones hasta los tobillos por menos de una veintena de votos para tener una legislatura holgada en el sillón.

No me contradigo. He dicho que respeto los pactos con Bildu, que en los años noventa, yo
personalmente, dije a unos cuantos centenares de etarras que “podían defender lo que quisieran pero sin pegar tiros, dentro de las instituciones”. Si han dejado los tiros y están en el Parlamento habrá que hablar con ellos, solo faltaba.

Ahora bien, no puede ser que no se les concediera lo que querían cuando mataban para conseguirlo y ahora se les regale porque han dejado de matar. Está muy bien hablar, con Bildu, con ERC, con los Puigdemones, con los ultras de Vox, con quién sea, pero hay que tener mucho cuidado con el precio que se pone a los apoyos parlamentarios. El presidente puede estar disparándose en un pie.

Abuelitos de la pancarta y el silbato: ¿entendéis lo que quiero decir en mis artículos? Vuestras pitadas en la puerta de los ayuntamientos se la traen al fresco a los políticos. ¿Creéis que alguien llora de verdad por los más de veinte mil abuelos muertos en las residencias en situación muy cercana al abandono? Son lágrimas de cocodrilo porque lo que interesan son los votos. Si los abuelitos silbantes y banderólogos tuvieran/mos un partido con veinte diputados -somos nueve millones aunque no vayamos a los pitidos-, las pensiones estarían blindadas y las residencias tendrían spa, sala de masajes, actividades ocupacionales… y serían públicas, no un negocio lucrativo para grandes fondos de inversión e inalcanzable para muchos abuelitos casi indigentes.

[1] Lean El barbero de Godoy – novela coral compuesta en el Taller literario impartido en la UA- y su continuadora La hija del barbero de cuya publicación en breve daré cuenta.

[2] El Mundo domingo 29 de noviembre 2020.

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