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COLUMNA DE OPINIÓN de Manuel Avilés: «Conloqueyohesido»

Quiero hacer ver a los abuelitos del silbato y la bandera que con la música no pintan nada, que son/somos un cero a la izquierda y que lo único que cuentan son los votos donde hay que ponerlos, es decir, en el parlamento

Confieso que he plagiado el título. Llevaba tiempo dándole vueltas. Es el blog de un amigo que tiene el mismo sentimiento que tenemos tantos, cumplidos sobradamente los sesenta, cuando la vida te expulsa de la pomada, cuando el director del Banco de  España o la jefaza del FMI – una abuela como nosotros- dicen que los abuelos viven demasiado tiempo y esa es una carga imposible de soportar por la economía. A ver si los abuelitos de la pancarta y el silbato –sé que me estoy haciendo pesado de tanto repetirlo- se dan cuenta de que a los políticos les importamos un bledo, que se la traen floja los pitidos en la puerta de los ayuntamientos y las banderitas agitadas por las calles. Solo les importan los votos que los pueden mantener o expulsar de los sillones. Voy a intentar demostrarlo.

Hoy me he caído del burro, si es que alguna vez anduve subido en él. Como dicen que soy grupo de riesgo he ido a ponerme la vacuna de la gripe. La cola no tenía nada que envidiar a la que se montaba en el estadio Calderón cuando venían los Rolling Stones a dar un concierto. Una banda de abuelos desocupados y “estorbantes” arrastrábamos, con mansedumbre borreguil, las zapatillas de paño, las chaquetas de punto desbocadas, las camisas con el cuello pasado de moda, las orejas grandes inherentes a la vejez y las barrigas cerveceras. Todos -saltaba a la vista en la cola- desconocemos lo que es ser metrosexual, qué es un coach y qué un gimnasio con programación milimétrica, donde un cachas te trabaja para esculpir el cuerpo y poder ir al Firts Dates o a alguna isla del putiferio sin hacer el ridículo. A las islas del putiferio no, pero al Firts Dates pienso ir tan pronto me garanticen que no me colocan a una abuela de las que andan por los viajes del Imserso. Tuve una experiencia en un hotel –yo era aún un varón rampante-, con una excursión de ese organismo cerrado ahora por vacaciones -¿qué hacen en estos tiempos del covid, juegan a los barquitos o hacen sudokus?-. Bajé a desayunar y habían arrasado el comedor. Se les salían de los bolsos, como mochila de montañero, los panecillos untados de mantequilla. Se los llevaban como reserva por si la gazuza atacaba a lo largo de la mañana.

Reclamé en la recepción mi desayuno –que había pagado- y una de las señoras que huía con el bolso rebosando pringue de mantequilla y mermelada, me soltó: ¡Usted no habrá pasado hambre como nosotros! –queriendo justificar el atracón de bollos que reventaba el bolso-. Señora –contesté comprensivo- ¡cómo se nota que usted no ha estado interna durante todo el bachillerato en los claretianos! ¡Aquello era pasar hambre y no los centros de adelgazamiento para ricos en Marbella!

¿Lo ven? Ya se me ha ido la olla. Estaba en la cola de la vacuna acompañado de personal del mismo riesgo que yo. Dábamos  la imagen perfecta para una película en blanco y negro de Berlanga: Cándido o El Verdugo, mismamente. Un ejército derrotado y para el desguace, en fila india hacia el campo de concentración o hacia el paredón de fusilamiento para ahorrar trámites. Ahí me vino el pensamiento que he plagiado al principio: “Conloqueyohesido”.

Me han invitado a una mesa redonda en la Universidad de León con motivo de mi última novela, “En la cuerda floja. Narcotráfico en Mallorca”

Y contento de estar en la cola y ser atendido, que conozco -es solo un ejemplo- a una persona con un edema de tres pares de cojones en un brazo hace más de año y medio y, en esta Sanidad maravillosa del pacto del botánico, aun espera que la llamen, le hagan las pruebas pertinentes, le digan qué tiene y cómo tratarlo, antes de que le estalle el brazo. Eso creo que difícilmente se trata por teléfono que yo he intentado operarme de fimosis siguiendo las instrucciones telefónicas del urólogo y me he montado una sangría que ni los “empalaos” de Cáceres en Semana Santa.

Eso es lo que yo pretendo decirles un día tras otro  -posponiendo incluso en mi artículo semanal a los Borbones, que no encuentro el modo de hacer un hueco para terminar la saga-: habremos sido lo que sea, abogados, médicos, técnicos de la administración civil o cualquier otro puestazo. Ahora somos un número que lastra –esa es otra lumbrera- las cuentas de la seguridad social.

Me han invitado a una mesa redonda en la Universidad de León con motivo de mi última novela, “En la cuerda floja. Narcotráfico en Mallorca”. La catedrática que lo organiza me pidió el curriculum para ponerlo junto con los otros ponentes de la mesa –dos catedráticas, el decano del colegio de abogados de León y el Juez de Vigilancia Penitenciaria-. Le dije, con todo el respeto que me inspira una catedrática de Derecho Financiero y Tributario: No tengo curriculum. No soy nadie, salvo el autor de la novela que presentamos.

No hay nada en el mundo peor que ser ex. El ex marido, el ex novio, el ex director, el ex magistrado y hasta el ex presidente – pregúntenle a Felipe González el enganchón que ha tenido con Adriana Lastra, que es como si se pone a discutir de física un analfabeto con Albert Einstein- no pintan nada ni tienen derecho a nada salvo al pataleo. Si desde tu puesto de ex lo que sea, es decir desde la nada, haces una recomendación, lo mejor que puede pasar es que no sirva una mierda y lo más seguro es, incluso, que perjudique al recomendado.

¿A cuento de qué viene todo esto? Muy fácil. Quiero hacer ver a los abuelitos del silbato y la bandera que con la música no pintan nada, que son/somos un cero a la izquierda y que lo único que cuentan son los votos donde hay que ponerlos, es decir, en el parlamento. No vale el curriculum, no vale la historia, no vale la trayectoria… “Conloqueyohesido” solo es un brindis a ningún sitio, un lamento acerca de lo irremediable. Has sido y ya no eres, o eres otra cosa. Esta filosofía es válida desde Heráclito de Éfeso, aquel que decía que todo fluye y que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río. Has sido, no eres, no hay vuelta atrás y solo te queda el voto porque el silbato no sirve para nada.

¿Quiere usted mis votos para sus presupuestos y para seguir en el sillón? Pues pase por el aro.

Ven a Sánchez y a Iglesias sacar pecho, ufanos, porque han aprobado los presupuestos. Con eso se garantizan acabar la legislatura porque unos presupuestos – andábamos aun con los de Montoro- son la piedra angular sobre la que descansa un gobierno que quiere una estabilidad mínima.

Todos –PP, Vox, Ciudadanos…- hablaban del “gobierno Frankestein” y ese gobierno, hecho de trozos, les ha dado en las narices porque parlamentariamente es “intumbable”. Felipe -por eso Lastra, con el atrevimiento que da la ignorancia, se ha enganchado con él- ha dicho que “el acuerdo con Bildu es absolutamente despreciable”. ¿Despreciable? No tenemos tiempo ni espacio para ver cuántos pactos contra natura se han hecho en la política española para salvar legislaturas y gobernabilidades, es decir, sillones y puestos. Acuérdense: estos son los extraños compañeros de cama que hace la política.

Abuelos: ¿queréis pensiones dignas y aseguradas? ¿Queréis residencias con toda la dignidad que merecéis tras una vida de trabajo? ¿Queréis no ser tratados como material de desecho, que solo hay que ver tantos reportajes sobre abandono y maltrato en residencias que buscan ganar dinero y los viejos solo importan por su nómina?

Aprended de Bildu y de ERC. ¿Quiere usted mis votos para sus presupuestos y para seguir en el sillón? Pues pase por el aro.

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