COLUMNA DE OPINIÓN de Manuel Avilés: «Yo me declaré a un negro»

Aquí me tienen, alarmado como todos, aunque como dicen los de mi quinta en las redes sociales, que obliguen a estar en casa de doce de la noche hasta la seis de la mañana, nos trae al fresco a estas edades. Cenamos un yogur y una manzana y ese no es menú para trasnochar ni montar cenas románticas y desmadradas. A ver si los practicantes del botellón y las juergas nocturnas se cortan un poco porque no tenemos prisa en ir a ver  “Mulana” a las profundidades del averno, pasando antes por el crematorio, un anticipo del infierno.

No me he olvidado. Tengo pendientes dos capítulos sobre los borbones, la dinastía reinante – con mínimas interrupciones republicanas y una muy larga franquista- que empezó en los primeros años del siglo XVIII impuesta por un rey, al que llamaban el Hechizado, porque era medio gilip… Me callo. Lean la descripción que hace de él mi amigo Eslava Galán en “Historia de España contada para escépticos”. No olvido mi compromiso con las monarquías y la continuidad histórica de Casado, pero a la fuerza ahorcan y los acontecimientos empujan a tocar otros temas.

No me importa pedir perdón cuando me equivoco. En estas página he cuestionado el ministerio de igualdad, su necesidad y sus obligaciones, dando a entender que es un huerto en el que viven del postureo inútil, todo el día paseando el folio y pontificando sobre “gilipolluás”. Me decía yo a mí mismo: Mi mismo, si tú eres piel roja ¿en qué has notado la existencia de una dirección general que se ocupa de la diversidad racial? En nada.

Me caigo del caballo como el apóstol Pablo camino de Damasco. He leído una noticia que ha disipado la zozobra que me corroía hace muchos lustros y me he convertido. ¡Viva el ministerio de igualdad y todas las direcciones generales que lo integran! ¡Vivan Montero, Beatriz Gimeno y Boti García!

El rosa es un color que oprime y reprime a las niñas – leo en un medio nacional-. Es una absurda imposición urdida desde el marketing de género. Publica el ministerio tras una investigación concienzuda que ya querrían los que andan persiguiendo al coronavirus.

Cuando recitaba, vestido de rosa con caídas de ojos, tenía enfrente y hacía manitas con él, un negro guineano que se llamaba Acacio Nguema

Leyendo esta epopeya, honor de la ciencia sociológica, me ha venido a la memoria mi juventud desgraciada. Estudiaba COU en el sector pobre de los padres claretianos. Aún no imperaba la ministra Celaá y había que estudiar para aprobar. No existían las amnistías generales que entregan títulos de bachillerato sin tener ni puta idea. Existía  -época reprimida y casposa, la caspa se la perdono a los claretianos pero la represión no- una galería salesiana que amoldaba obras de teatro para que fuesen representadas por personas de un solo sexo. Ya lo saben, había que evitar el pecado.

El prefecto –noten lo romano del término- tuvo la ocurrencia de representar – con la adaptación salesiana – “La venganza de don Mendo”. Un servidor, con capa, jubón y un jersey de cuello alto color rosa, era don Mendo. Cuando transido de amor, recitaba aquello de: ¡Mora de la morería/mora que a mi lado moras/mora que ligo sus horas a la triste suerte mía/ Mora que a mis plantas lloras/ porque tu pecho desgarro/Alma de temple bizarro/Corazón de cimitarra/ Flor, la más bella del Darro/ orgullo de la Alpujarra!

Cuando recitaba, vestido de rosa con caídas de ojos, tenía enfrente y hacía manitas con él, un negro guineano que se llamaba Acacio Nguema.

Hasta que he leído la teoría de la opresión del ministerio de Montero, no he conseguido desechar de mi inconsciente aquel trauma de juventud. Me atreví, dirigiéndome al prefecto: ¿No cree usted, padre, que esta poesía se la tendría que decir a una mujer? Si ustedes adaptan la obra para evitar el pecado de la carne, me da la impresión de que aquí existe el mismo pecado pero un poco más maricordiano. El cura montó en cólera y espetó: te falta la virtud de la humildad – a mí, que estaba en aquel colegio de limosna, gracias a las becas de Franco y pasando más hambre que un caracol en un espejo-. Te falta la virtud de la obediencia y debes saber que, aunque el que manda esté errado, tú, obedeciendo no te equivocas nunca. Esto deberían grabárselo con un punzón en el rabillo del ojo los que critican a este magnífico, inconmensurable, excepcional – no sigo para no parecer Ruiz Mateos acumulando adjetivos- gobierno de coalición.

Allí acabó mi gusto por el teatro aunque soporte a regañadientes –  no por la intercesión de este ministerio esclarecedor de traumas- que mi señora me haga llevar a veces camisas color rosa y que mi amigo Santiago, con el que pateo Alicante a diario, lleve pantalones rosa sin temor a ser etiquetado de moñas, que eso ya no es un insulto como en la época de la ley de peligrosidad y rehabilitación social.

Desde Mallorca hasta Alicante; desde Granada a Cataluña; desde el Campo de Gibraltar hasta Galicia pasando por Madrid, siguen todos idénticos patrones de conducta: compro, vendo más caro, soy inmisericorde con los impagos e intento que paguen con sangre cualquier traición

Acabó mi gusto por el teatro – de la galería salesiana- pero no por la literatura que me ayudó a superar el trauma sin recurrir a ningún psicoanalista argentino. Aprovecho este espacio para invitarlos. El próximo viernes – con todas las cautelas que impone el coronavirus- presento en la Sede de la Universidad de Alicante “En la cuerda floja. Narcotráfico en Mallorca”. Es una novela policial, histórica y negra. Todo lo que se cuenta en ella es tan verdad como que aquel a quien me declaraba en “La venganza de don Mendo” era negro  de Guinea. No he pretendido injuriar a nadie, calumniar a nadie ni cebarme en ninguna desgracia. Es novela negra porque hay delitos a mansalva, incluida alguna muerte real. Cuento – documentado extensamente por medio de cuanto se ha publicado durante años a ese respecto- el fenómeno del narcotráfico en Mallorca, exactamente igual al que tiene lugar en tantos otros lugares del mundo. Los clanes de La Paca, la Jesusa, la Vizca, los Farrucos, los Mararas, los Panas, los Capitos o los Pachangas, los Mocos o los Castañas. Desde Mallorca hasta Alicante; desde Granada a Cataluña; desde el Campo de Gibraltar hasta Galicia pasando por Madrid, siguen todos idénticos patrones de conducta: compro, vendo más caro, soy inmisericorde con los impagos e intento que paguen con sangre cualquier traición. Es el método para enriquecerse y no saber qué hacer para blanquer el dinero.

El tráfico de drogas mueve billones de euros al año y los narcotraficantes – he conocido en las cárceles a miles de ellos- como los macarras tratantes de blancas se agarran como un clavo ardiendo a una justificación: Si no lo hago yo, lo hará otro. El mercado lo exige.

El narcotráfico tiene un poder corruptor inmenso por aquello de que “todo el mundo es corruptible, solo se trata de añadir un cero a la cifra y que, en lugar de quince mil, sean quince millones”.

Los estados – habría mucha tela que cortar- pelean contra los narcos y parece que tienen la batalla perdida. Muchos servidores públicos están permanentemente “en la cuerda floja” – de ahí el título de la novela y el de esta columna- porque cuando uno inicia una guerra contra alguien, más aún contra los narcos que disponen de fondos casi ilimitados, siempre está expuesto a ser el objetivo de sus iras y sus reacciones.

No cuento más. Las novelas no se cuentan, se leen y luego se critican. Entren en la página de la Editorial Club Universitario si quieren hacerse con ella. Por las limitaciones del covid 19, cabrón, no cabremos todos en la Sede de la Universidad. Pueden vernos en este enlace  https://vertice.cpd.ua.es/230558

La Universidad lo retransmite por streaming. Nos vemos el viernes 6

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