La monarquía y la cohesión territorial II

Continuo con mi saga sobre la monarquía y la cohesión española porque, cuando uno empieza algo, hay que terminarlo y no dejarlo empantanado, a medias. Soy consciente de que no es el momento de entrar en el gran dilema monarquía o república porque hay cuestiones mucho más urgentes e importantes, en medio de la ruina en que estamos por el covid. Dice Ximo Puig que tiene nueve mil millones de euros para  levantar la comunidad valenciana. Veo asfaltar calles, oigo proyectos telemáticos, de innovación y de investigación de no sé qué, pero veo a la vez cómo el basurero de la plaza de la división azul sigue intocado, ese zulo con infraviviendas vergonzantes en pleno centro de Alicante. Veo que el SEPE, exige a los parados – no sé cuántos parados que dominan la informática- gestionar sus asuntos por medios cibernéticos, a través de la oficina virtual y con firma digital, que ni yo tengo con todo mi golpe de jubilación dorada, estudios varios y analfabetismo enciclopédico. Creo que este distanciamiento y esta montaña de dificultades, oficinas virtuales, citas previas imposibles…, buscan quitarse a los parados de en medio, que es más fácil ser diputado que rellenar los impresos del desempleo. Lo digo por aquellos de la Puerta del Sol “los de abajo que iban a por los de arriba”, que parecen haberse olvidado  fácil y rapidamente. ¿Han llegado ya los fondos de Europa o están en peligro por sus políticas, como oigo y leo a las derechas? Dedíquenlos exclusivamente a crear puestos de trabajo estables y de calidad. Solo eso nos salvara de la debacle.

Pretendo acabar mi saga de monarquías hispánicas y cohesiones territoriales, aunque con el artículo anterior me han dado hostias hasta en el carnet de identidad. ¿Cómo que el emperador Carlos I fue atacado por los asturianos? – protesta una señora enojada e imperialista- Efectivamente señora, el barco en el que venía no atracó en Santander sino en Tazones – precioso sitio- Lea usted el libro que cito abajo, que no me invento nada[1]

 Dejo claro que Felipe me parece un hombre sensato y preparado y, si se presentara a presidente, hasta podría votarlo. Cosa bien distinta es aceptar el trono hereditario como si se heredara un piso en el Postiguet. Tú no tienes culpa de lo que hiciera tu padre – me dice otra lectora cabreadísima-. Claro – contesto suavemente- pero mi padre no me dejó en herencia un estado, un trono, una institución podrida desde hace siglos y un presupuesto millonario con el que, hasta una hija menor, gana más que un catedrático de medicina.

Algo tendría que esconder cuando prohibió que se escribieran sus biografías y mandó destruir toda su correspondencia antes de ser trasladado en una silla hasta el Escorial para morir en el monasterio que había mandado construir

Estábamos con los Austrias y su andadura. Se retiró Carlos I al monasterio de Yuste, por esa manía de los abuelos de encomendarse a confesores y a directores espirituales por lo que pueda pasar y por si es verdad lo del otro mundo, esa idea que tenemos metida en los genes a fuerza de repetírnosla durante siglos. Llegó su hijo Felipe, el rey prudente, ese en cuyo imperio no se ponía el sol. Algo tendría que esconder cuando prohibió que se escribieran sus biografías y mandó destruir toda su correspondencia antes de ser trasladado en una silla hasta el Escorial para morir en el monasterio que había mandado construir. A este le pasó como a los empresarios: el abuelo consolida el imperio, el hijo lo mantiene y los nietos se lo funden.

Lo sucede – ya hemos hablado reiteradamente de la transmisión del poder por vía vaginal- su hijo Felipe III, que heredó el trono – los tronos se heredan como si fueran cortijos- tras la muerte de dos hermanos mayores que lo precedían con más derecho a heredar. España era una potencia hegemónica y tuvo un reinado tranquilo, floreciente desde el punto de vita cultural y del arte: el Siglo de Oro, Cervantes, Velázquez, Quevedo, Lope de Vega, Gongora…, casi nada.

Felipe III era piadoso como su padre, apocado y sin iniciativa. No le gustaba mucho el trabajo y sí el teatro, la pintura y la caza – aunque no tanto como a Carlos IV, que cazaba y cazaba mientras su señora María Luisa disponía en todo, desde la cama, con Manuel Godoy-. España [2]– lean al catedrático que cito abajo- había derrochado sus energías nacionales en la política imperial del padre y el abuelo de este Felipe y, a partir de ahí, todo fue decadencia y agotamiento. Hasta el propio padre, Felipe II, lo veía venir: “Dios que me ha dado tantos estados, me ha negado un hijo capaz de gobernarlos. Me temo que le han de gobernar”. Pero ya saben, pese al hijo inepto, la monarquía se hereda como la sortija de la abuela.   A Felipe III lo gobernaron. El marqués de Denia y virrey de Valencia, más conocido como el Duque de Lerma era el factótum de este Felipe. Nieto de San Francisco de Borja, era un golfo trincón que deja pequeños a los condenados de la Gürtel, de las tarjetas black y de los eres andaluces. Consiguió – un ejemplo de cohesión territorial- trasladar la Corte desde Madrid a Valladolid, pero antes, experto en inversiones inmobiliarias, compró propiedades que subieron como la espuma con el traslado del monarca. Seis años después repitió la operación al contrario porque la avaricia no tiene medida. Además del tráfico inmobiliario manejaba perfectamente el tráfico de influencias, las corruptelas y la venta de cargos públicos. Era un tipo listo. Cuando la mujer de Felipe, la reina Margarita, lo caló y unió a todos los perjudicados, viéndose perdido en sus enjuagues y manejos, se retiró de la escena. Como era poderoso y manejaba pasta a espuertas, consiguió que la Iglesia lo nombrara cardenal. Los españoles, listos para la burla aunque gusten de ser robados, hicieron correr en la época una copla que habla claro: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se vistió de colorado”. ¿Cómo iban a ahorcar a un cardenal por muy ladrón que fuera? La Iglesia, siempre,  echándo un cable salvador a los suyos. Te arrepientes – aunque te quedes con la pasta- y aquí no ha pasado nada.

Castilla pagaba y los demás intentaban escaquearse. Intentó moralizar la vida pública metiendo mano en el peor de los sentidos a todos los trincones anteriores y abolió la prostitución –inútilmente porque hasta Felipe IV andaba todo el día detrás de cualquier falda

Muerto Felipe III, para seguir con la cohesión territorial que dice Casado y la vía genética del poder, accede al trono el IV Felipe, el rey Planeta – o el rey Pasmado como lo llama en su novela Torrente Ballester-. En su primera época el que de verdad mandaba era el Conde Duque de Olivares[3] que intentó imponer las costumbres y leyes castellanas en su propósito de unir la monarquía hispánica y de sacar impuestos para tanto gasto. Ahí empezaron  los follones con los catalanes, que de esa época es el himno Els segadors. Castilla pagaba y los demás intentaban escaquearse. Intentó moralizar la vida pública metiendo mano en el peor de los sentidos a todos los trincones anteriores y abolió la prostitución –inútilmente porque hasta Felipe IV andaba todo el día detrás de cualquier falda a una temperatura similar a los palos de un churrero. Lean el libro que he dicho de Gonzalo Torrente Ballester-.

Este “machoman” del que se calculan varias decenas de hijos extramatrimoniales – algunos de ellos curas, monjas y obispos-, además de sumir a España en una importantísima crisis económica – no sé si peor que la de hoy- no fue capaz de tener un hijo normal que heredara el trono, pero como la vía genética prevalece se lo entregó a un incapaz en todos los sentidos al que etiquetaron como “El Hechizado”. A  los hechizos y a las brujas había que echar la culpa de la costumbre real de pactar matrimonios con primas, tías y sobrinas porque desconocían las leyes de Mendel. Con Carlos II acabaron los Austrias y ese Carlos nos endosó a los Borbones franceses que, para hacerse con el poder que otros Austrias extranjeros querían, montaron la primera guerra mundial que se conoce.

La semana próxima más. Si me dejan.

[1] Carlos V. El César y el hombre. Manuel Fernández Álvarez.

[2] España. La evolución de la identidad nacional. Juan Pablo Fusí. Temas de hoy. 2000

[3] El Conde Duque de Olivares. La pasión de mandar. Gregorio Marañón.

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