COLUMNA DE OPINIÓN de Manuel Avilés: «Gestionemos el desastre»

Yo era uno de los que, cuando mataron a Miguel Grau de un macetazo en la cabeza en la Plaza de los Luceros de Alicante, me manifestaba – con mi ignorancia y mi efervescencia juvenil- pidiendo a gritos: “Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía”. Los años, además de canas y unas cuantas goteras importantes – ahora me está haciendo efecto el bromuro que nos daban en la mili- me han aportado la certeza de la inutilidad autonómica. Las autonomías son un huerto en el que pacen a todo confort colegas, enchufados, apesebrados, pegadores de carteles, aplaudidores oficiales y demás fauna. No he visto un solo problema que resuelva una autonomía – quitando a vascos y catalanes que son unos linces-.

Por ejemplo, la autonomía valenciana, como la madrileña y como todas las demás, gestiona la sanidad. Los centros de salud están cerrados y no cogen el teléfono. Conozco una persona que lleva más de dos años esperando a ver si la reciben en Trauma y en Circulatorio, y le tratan lo que parece una fibromialgia seria. Otro ejemplo: dicen que dan ayudas para reformar casas con una edad. Ya saben, baños, ventanas, cocinas… Nada. No saben no contestan.

Ayuso, sus adláteres y sus jefes, piden auxilio a Sánchez – Iglesias anda detrás que para eso es el que lo sostiene- para hacer frente al gran desastre que estamos padeciendo. Todo el mundo anda sin acercarse, sin hablarse, sin querer tomarse ni una miserable caña con la mierda del coronavirus, que antes nos dábamos al menos con el codo y ahora nos saludamos haciendo reverencias, como los chinos que son los inventores del microbio.

Soy un tuercebotas en esto del internet. Intento encontrar, para apuntarme y que sea el bálsamo de mi jubilación, la Sagrada Orden Militar Constantiniana de San Jorge

¿Para qué queremos la autonomía? ¡Ahhhhhhh! Para colocar amiguetes y colegas de partido y si no, que se lo pregunten al director de emergencias, por  decir uno y hacer crítica política. En las autonomías… y en el gobierno central, que ya ven los huertos que se ha inventado la señora Montero, esa que luce tipo y trajes de brillos como la Preysler, que parece cualquier cosa menos una proletaria salida de las tiendas de campaña  y las manifestaciones antisistema del 15 M.

La realidad diaria me tiene alucinando por un tubo – adoptemos el lenguaje de los chavales para hacernos entender-.

Soy un tuercebotas en esto del internet. Intento encontrar, para apuntarme y que sea el bálsamo de mi jubilación, la Sagrada Orden Militar Constantiniana de San Jorge. No la encuentro ni para atrás. ¡Cojones!  Quiero apuntarme a esa orden como otros se apuntan a los viajes del Imserso, pero  yo soy más guerrillero y no quiero acabar mis días bailando los pajaritos con abuelas en Benidorm que solo preguntan – en “los bailes agarraos”- si el piso en que vives es tuyo y cuanto cobras de pensión. Estuve hace unos domingos por la tarde en uno de esos sitios y, más que a bailar y a pillar cacho con carne de mi quinta, parece que iba a que me hicieran la declaración de la renta.

Quiero ser de esa Orden, sagrada y militar, para prestar apoyo moral a un tipo que me caía como una patada en los mismísimos – solo hay que echar un vistazo a los secretarios generales que nombró en Interior- y ahora incluso conecto afectivamente con él.

Situémonos. Jorge Fernández Díaz, constantiniano de San Jorge, en los días de vino y rosas, era Ministro de Interior. Fardaba, ultracatólico él, de que su ángel de la guarda, un espíritu alado llamado Marcelo, lo cuidaba hasta el punto de encontrarle aparcamiento. Eso no deja de ser una mentira piadosa, como las vidas de santos que empezaban a hacer milagros cuando aún no habían empezado a andar, porque yo he trabajado con algunos ministros de Interior y jamás he visto a uno que se tuviera que preocupar por encontrar un hueco donde dejar el coche.

El ángel de Fernández Díaz – estamos a punto de los Custodios, patronos de la Policía- estaría de baja o de vacaciones porque ni se le pasó por la cabeza avisarle de la metedura de pata que perpetraba con los espionajes a Bárcenas. Y eso es bastante más importante que aparcar.

Llega Fernández Díaz a Interior – hace nombramientos nefastos que delatan la inutilidad de ese Ángel, véase por ejemplo alguno que hizo en prisiones- y Bárcenas pega el pelotazo de la financiación ilegal de su partido.

Rezando en su despacho de Castellana tres llega la iluminación del ángel  – presuntamente- y se monta la “Operación Kitchen”. ¿Quién es el cocinero? Un tal Sergio, el chico para todo de Bárcenas, a través del cual  – presuntamente otra vez- ven los hombres preclaros de la derecha la oportunidad de salir de la persecución judicial y que todo quede en nada. ¡Que nadie se ponga nervioso, que está todo controlado! El cocinero nos va a informar hasta de la marca de laca que usa “la rubia”, nos va a traer los discos duros – presuntamente- y hasta las maquetas que está grabando “Taburete”, grupo de rock de Bárcenas junior.

En los despachos enmoquetados cercanos a la plaza de Colón – donde el trío- hay aplausos cerrados para el héroe salvador.

Todos los que delinquen, presuntamente repito – recuerden que los conozco bien, que me he tirado cuarenta años en la cárcel- cuando andan en el contubernio se juramentan: esto no sale de aquí, somos todos hombres y nos vestimos por los pies, esto es secreto y no se lo cuentas ni al cuello de tu camisa… Y otras obviedades similares. Pero…¡ ay, señor! Cuando las cosas empiezan a ir mal dadas todos cantan más que Pavarotti. Vean si no, la frase textual de Martínez, el segundo de Fernández Díaz: “Voy a contarle al juez todo lo que sé”.

Ya tenemos continuación del culebrón para empezar el otoño. No puede ser que lo que eran aplausos cerrados, abrazos eléctricos, parabienes por la valentía y la sagacidad para resolver el problema Bárcenas, ahora se torne en apertura de expedientes y miradas para otro lado como de no haberse visto nunca. Todo para limpiar el partido de cualquier cosa antigua que empañe su pulcritud.

Por eso quiero hacerme Constantiniano de San Jorge y lo que haga falta, porque hay que estar a las duras y a las maduras y explicarle a Marcelo que un ángel como tiene que ser, debe estar a las cosas importantes y no a la gilipollez de encontrar aparcamiento a un ministro del Interior. Marcelo, de camino tírate el rollo y aguántame el coronavirus que hoy le he dado la mano a dos miembros del Coro del Colegio de Abogados – las mujeres ni se han querido acercar- y no puedo jurar si no habré pillado algo. Imprudente.

2 thoughts on “COLUMNA DE OPINIÓN de Manuel Avilés: «Gestionemos el desastre»

  1. Yo también estaba en la calle General Mola ahora Avenida de la Estación, que equivocados estábamos, prefiero el centralismo Madrileño que el Valenciano

  2. Olé tú cuando llevaba un poco leyendo pensaba que leía «ÁNGELES Y DEMONIOS» pero verdaderamente me ha parecido una verdadera historia bien contada como también bien vivida .Te felicito por ello Manuel.
    😀😀

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