COLUMNA DE OPINIÓN de Manuel Avilés: «Me salva la literatura»

Vivimos en una sensación general de acojono o de… desconcierto acojonado. Me dice una amiga – una mujer genial, inteligente, guapa, buena persona y hasta famosa- que no diga tacos, que no les hacen falta al artículo, pero es que no encuentro otra palabra que defina mejor los estados de ánimo en los que estamos inmersos. Todo el mundo está asustado con las consecuencias económicas y clínicas del puñetero coronavirus que se enseñorea del mundo en este año maldito. Todos hablan de un otoño catastrófico y todo el mundo sueña con una vacuna que nos libere y nos haga retornar a la normalidad, aunque sea suavemente y con los reparos precisos. Los rusos dicen que la han encontrado, pero todos los miran desconfiados diciendo que no vayan tan deprisa, que una vacuna solvente es algo mucho más laborioso.

Aviso a quien corresponda, de que me pondré la vacuna tan pronto esté disponible – aunque sea la rusa- porque estoy hasta los moños de la jodida mascarilla

Se multiplican las teorías conspirativas: los chinos que buscan un nuevo orden mundial en el que sean ellos los que manden – teoría del genio Trump, que espero que pierda las elecciones y se vaya a su mundo de lujo, de laca y de gilipollez-. Los grandes financieros buscan los mismo que los chinos. Todos hablan de un virus de laboratorio, a través del cual se busca el poder omnímodo. También hay -¿charlatanes?- que recurren una y otra vez al dióxido de cloro como Bálsamo de Fierabras– incluido Trump que, por lo visto, sabe mucha química-. Mi conocimiento  de los dióxidos, los bicarbonatos y los ácidos acetiles salicílicos no me permite decir ni pío – yo era un zoquete en ciencias, además de en otras muchas materias-.  Aviso a quien corresponda, de que me pondré la vacuna tan pronto esté disponible – aunque sea la rusa- porque estoy hasta los moños de la jodida mascarilla y de estar pendiente del contagio. Incluso quiero dejar clara mi disposición a ser conejillo de indias – hasta con la rusa-   si necesitan alguien que pruebe el potingue antes de ponerlo a la venta en las boticas.

Para acabarlo de arreglar, en la línea de estar todo el mundo pendiente y opinando sobre el bicho, mis colegas del Coro del Colegio de Abogados de Alicante – a ver si es posible que volvamos a cantar algún día, Dios lo quiera y la Virgen y todos los santos-, me mandan el estudio de unos científicos genetistas argentinos. ¿Estos no eran especialistas en psicoanálisis lenguaraz?  El estudio apunta una posibilidad terrorífica, una catástrofe a nivel mundial:  la vacuna del coronavirus podría causar la esterilización de la población. Eso, visto lo visto y lo que somos capaces de hacer, no sé si hay que definirlo como catástrofe o como una suerte.

Lord Byron, preso en una cueva que hay cerca de Lausana y de Ginebra, junto al lago Leman – que un servidor ha visitado, aunque sin maletines de dinero-  dijo: Cuanto más conozco al ser humano, más quiero a mi perro. Esta sentencia, junto al Homo homini lupus de Hobbes y  junto a otra, también de lord Byron: Solo salgo a la calle para renovar la necesidad de estar solo, describen perfectamente al género humano que, invadido por un virus – Dios sabrá quién lo fundó- se preocupa más de las consecuencias económicas, de los beneficios bursátiles estratosféricos que logrará el laboratorio que patente la vacuna, de los grandes movimientos monetarios y las ruinas que conllevan, que de los millones de personas que sufren y mueren por ese microorganismo proteínico y cabrón.

Para terminar de destrozar mi poca fe en el ser humano, Pedro Sánchez se va de vacaciones y deja el asunto vírico en manos de las comunidades autónomas que demuestran – a la vista de los resultados- una vez más su inoperancia. La derecha no se oye, debe de estar también en Lanzarote o en Sanxexo. Pablo Iglesias nos ha defraudado de nuevo y quienes creíamos ver un rayo de esperanza en aquel movimiento, surgido desde abajo, vemos cómo se ha integrado en la casta a velocidad de vértigo. Eran mentiras piadosas todo lo que predicaban y hasta tienen ya  su caso “Neurona” en los juzgados como antes otros tuvieron sus Bárcenas,  sus Naseiros, sus José María Sala, sus Granados o sus Carlos Navarro – léanse causas, presuntas o demostradas, de financiación ilegal de los partidos-. Leo que el Tribunal de Cuentas pone en duda las que presenta Podemos. Ya están integrados en la casta. Ya tienen casoplón, escoltas, coches oficiales, cargos a dedo, amiguetes colocados… Son tan casta como aquellos a quienes criticaban.  En el colmo de los males, el alcalde Barcala no se pronuncia sobre la aberración tercermundista de la División Azul. Me dice otro colega del colegio de abogados que ese submundo urbanístico depende de la Generalitat. Estamos arreglados. Ahí la preocupación esencial es el tupé, como Trump, la laca, los tintes y los peinados que lleva la dirección general de emergencias junto con los incendios. La Generalitat cuida a sus ciudadanos pero en los centros de salud no cogen el teléfono cuando una persona enferma llama. ¡Viva la sanidad a distancia!  Con el Banco de España tenemos el enemigo en casa. Dice que los pensionistas recibimos un 74% más de lo que cotizamos. ¿El tipo que habla ha trabajado por este país cuarenta años? Señores jubilados somos nueve millones de votos, no hagamos el imbécil. Homo homini lupus. Me salva la literatura.

Siempre arrastré el prejuicio del repelús ante Stephen King. Me contaban que escribía  historias terroríficas y el terror no es mi género. Para aterrorizarme me basta con mirarme al espejo a cualquier hora. He cambiado. Stephen King es un genio a la altura de los más grandes escritores de la historia. Basta leer Misery para convencerse. Como consuelo en el desastre español y vírico he cogido una novela de King para salvarme de la depresión y de la consulta del doctor Modecate a ciento veinte pavos la hora. El cementerio de animales.

Una pareja, él médico, al que el padre de la mujer le ofreció incluso un cheque en blanco para que la dejara porque le parecía poca cosa, se muda a Ludlow en Maine, cerca del Canadá, un sitio con frío pelón. Encuentran unos vecinos encantadores, un abuelo bebedor de cerveza con el que Louis, el médico, gusta de sentarse a charlar de lo divino y lo humano. No  reventaré la novela, tranquilos.

Trata esencialmente de la muerte, de la enfermedad, de la pérdida, de la angustia que generan y del sufrimiento cuando se va un ser querido. Incluso de los inventos de filósofos y teólogos para amortiguar esos sufrimientos. Dos frases de King valen, por sí solas, por toda una enciclopedia. “Las experiencias que cuentan de la vida después de la muerte indican, probablemente, un último intento del ser humano por resistir la acometida de la muerte: la mente humana, con su inagotable inventiva, se sustrae a la desesperación construyendo una alucinación de inmortalidad”.

Leyendo a King descubro, como Descartes, una verdad clara y distinta: los políticos – desde Casado a Iglesias, desde Sánchez a Abascal- nos prometen organizar la vida  afirmando que con ellos viviremos siempre mejor. Son igual que los curas, los pastores, los imanes… pero estos afirman que, siguiendo sus instrucciones, tenemos garantizada una inmortalidad feliz. A ver quién es capaz de mejorar la oferta. Mienten, lo mismo los unos que los otros.

La magistral obra de King plantea ese interrogante filosófico desde el principio. La hija de la pareja protagonista, Ellie, tiene un gato y se planta, rebelándose ante la posibilidad de que muera – los niños descubren la realidad de la muerte en torno a los 7-8 años-. El padre intenta explicárselo todo lo bien que sabe: “Si yo pudiera haría que tu gato viviera cien años, pero yo no mando. ¿Quién manda? – pregunta, enfadada, la niña-. Dios seguramente.  ¡Yo no quiero que Church se muera! ¡No es el gato de Dios! ¡Que se busque Dios otro gato y lo mate! ¡Church es mío!”

En esta discusión niña-padre está la esencia de todas las filosofías, las religiones y las políticas. El hombre busca la felicidad y tiene terror a la muerte. Los curas, los pastores, los imanes…los políticos – que son todos lo mismo, elementos en busca del poder, cada uno a su manera-, se inventan una realidad verborréica e ilusa y con ella nos intentan convencer para llevarnos al huerto.

Miren a su alrededor. En el huerto estamos y ya veremos por donde nos las dan.

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