COLUMNA DE OPINIÓN de Manuel Avilés: «Hace viento en la sombra»

Voy a meterme en un charco. O en tres o en cuatro o en un charco tan grande como un pantano. Me he comprometido durante el verano, con la calima, con el coronavirus de los cojones que nos trae a mal traer, con la gente – los que pueden, que son pocos- de vacaciones con miedo, vigilando a los niños,  no sea que se  metan en algún sitio inadecuado y salgan con síntomas como para confinar a la familia entera. Me había comprometido a escribir solo de literatura porque la ficción esponja el alma y distrae el espíritu, pero a la fuerza ahorcan. La realidad no para de presentarnos, pateándonos la cara, realidades que cabrean, sobresaltos políticos, chorizos de todos los colores y sinvergüenzas con carnet que, enchironados una temporada larga no pagarían la jeta que manejan, engañando al personal un día sí y otro también. Viven como Dios  sin dar golpe, mientras más de cuatro se las ven y se las desean para comer caliente.

Pedro Sánchez – con Iglesias en la retaguardia intentando dar una imagen de fuerza- anda mendigando por Europa y ahora resulta que, con los holandeses a la cabeza, los países del norte le han contestado como si se estuvieran dirigiendo a Ximo Puig: “Ni hablar del peluquín”. Hay setecientos cincuenta mil millones de euros con los que la Unión intenta hacer frente a la gran ruina del virus. Todavía no sabemos si el hijo puta este es de generación natural o invento de un laboratorio. El caso es que nos ha sumido en el pozo de la miseria y, para salir, hacen falta los ciento cuarenta mil millones que nos tocan en el reparto. Me explico para los que no estén puestos: Europa se ha partido en dos grupos y, los que se llaman frugales, se niegan a que esos fondos se repartan sin unas condiciones y una vigilancia intensa. Dicen que son préstamos y nada de subvenciones.  Quieren saber a qué se dedican porque caben dos posibilidades según ellos: dedicarlos a crecer y a enmendar la economía o emplearlos en el clientelismo por el que presiona Iglesias que, después del batacazo en Galicia y Euskadi, busca votos porque no quiere dejar el casoplón de Galapagar ni enfrentarse a la que le viene encima tan pronto deje el mando en plaza.

Los jubilados andan – andamos- mosqueados como un pavo en una rifa navideña, porque ya se ha oído que hay que repensar las pensiones y que los fondos europeos hay que gastarlos en otras cosas que no sean solo “gastos sociales”. Quieren atarnos corto a los de siempre.

La derechona que no ande sacando pecho ni yendo de patriota por la vida porque ellos han sido los primeros que han torpedeado el nombramiento de Nadia Calviño – me gusta esta mujer, sensata, seria, formada- y han facilitado que salga el irlandés, uno de los frugales que anda tocándonos los cojones. Dice la derecha que ellos defienden las condiciones para la entrega de los ciento cuarenta mil kilos porque quieren que vayan a la reconstrucción tras la pandemia y se alinean, patrióticamente, con quienes piden controles estrictos. Llamen a Bárcenas, a Naseiro, a Alvaro Lapuerta, a Zaplana, a Romay Becaría, a Ángel Sanchís… que tienen una cantera amplia y experta en cuestiones de economía. Todos los citados sabrían ejercer los controles  de la pasta perfectamente.

Los de Podemos se ven en la puta calle en menos de lo que tarda en persignarse un cura loco. Se han dado un buen leñazo en las gallegas y las vascas, porque la gente no se cree al que se predica proletario a tope y lo primero que hace es agenciarse un casoplón con piscina en la sierra de Madrid

En las puertas del averno, como me encuentro, y después de cotizar cuarenta años, uno detrás de otro, jugándome el pescuezo por este país, si después de eso me hacen pagar otra vez la pésima gestión y tengo que mendigar en Maissonave, me ofrezco para, con otros ocho o diez jubilados en idénticas condiciones, quemarme a lo bonzo en la puerta de Hacienda y la Subdelegación del Gobierno e iniciar así una primavera europea para darle en los morros a tanto gerifalte inútil y vago. A ver si se enteran de que las pensiones no son una limosna sino un derecho adquirido con dinero pagado contante y sonante. No es algo negociable y cambiable por veleidades de genios que en su vida han aprobado una oposición ni han doblado el espinazo.

Los de Podemos se ven en la puta calle en menos de lo que tarda en persignarse un cura loco. Se han dado un buen leñazo en las gallegas y las vascas, porque la gente no se cree al que se predica proletario a tope y lo primero que hace es agenciarse un casoplón con piscina en la sierra de Madrid, pasando en unos meses del lumpen de Vallecas a la gente guapa de El Viso,  Pozuelo, Somosaguas y Galapagar.

Iglesias ha tenido una idea genial y se ha buscado a otro que tal baila: Monedero, cuyo apellido  lo delata. El vicepresidente ha encargado a uno de los fundadores podemitas que organice una nueva FAES. ¡Tócate los pies! Por no decir otra parte del cuerpo. La Faes, ese laboratorio de ideas que dirige Aznar y al que sigue fielmente Casado, lo quieren recrear los que nacieron del 15 M. Quieren darle un barniz de rojerío y la van a llamar Fundación Instituto 25 M. A ver qué proponen y qué reflexionan para que vivamos mejor, porque yo estoy ya – después de tanta decepción- por coger una patera y emigrar en sentido contrario hasta Mauritania.

Les voy a dar unas cuantas ideas para equilibrar el gasto y que no tengan que echar manos de los más vulnerables con los que tanto se llenan la boca: dicen que en España hay más del doble de políticos que en Alemania, teniendo Alemania casi el doble de habitantes. Reduzcan a la mitad diputados y senadores. Supriman las Diputaciones. Reduzcan a la mitad los parlamentos autonómicos y las concejalías parásitas con sus coches oficiales y sus ordenanzas. Reduzcan a la mitad los ministerios, las secretarías de estado, las direcciones generales y los “staffs” que conllevan. Querría saber, por ejemplo, qué han hecho hasta ahora la dirección general de diversidad  étnico racial, o la de diversidad sexual porque yo, piel roja y hetero, no he notado nada en los últimos meses y en algo me tendrían que haber repercutido. Digo yo.

Hagan un mapa real del gasto público especificando qué rinde cada funcionario y para qué ocupa una mesa, porque yo estoy hasta  los cojones – en el bar donde tomo mi café y mi media tostada cada día- de que ocupen mi sitio, durante más de una hora cada día, dos tipos que, en teoría debían estar dando el callo.

¡Menos mal que nos queda la literatura! Lo mismo que Boecio, en el siglo VI, escribió “La consolación de la filosofía”, estoy a punto de plagiarlo sustituyéndola por la literatura. Ha muerto hace poco – ese cabrón de cáncer se lleva a los mejores y conozco más de media docena a los que no hay manera de quitarlos de en medio- Ruiz Zafón.

Lo tenía aparcado en una estantería, como si fuera “El Cementerio de los Libros Olvidados” y, en medio de esta vorágine vomitiva, lo he cogido para bebérmelo en dos noches, a falta de otra cosa mejor que hacer.

Ruiz Zafón – siempre se mueren pronto los mejores- maneja una prosa poética y exquisita, le nacen metáforas innumerables y suelta imágenes gloriosas como el que suelta pétalos desde el balcón en una procesión del Corpus.

Los personajes están extraordinariamente dibujados – ¡qué envidia genera más cochina!- : Julián Carax, el autor desconocido de “La sombra del viento”. Daniel, el hijo del librero que lo busca afanosamente. El padre de Daniel, librero de viejo y de rarezas. Su criada, de uniforme y con una vaga expresión de legionario. Fermín Romero de Torres, vagabundo, estafador, delincuente presunto y librero entregado y conquistado por la escritura. El inspector Fumero, policía franquista que lo persigue como persigue a mariconas y travestís en las calles oscuras de la Barcelona de la dictadura. Beatriz una chica de un mollar enciclopédico como para “inflamar el cañamazo”.  Don Federico, un relojero moñaza que gusta de vestirse de faralaes y es perseguido con saña por los guardianes de las esencias patrias. Kiko Calabuig al que llama el  “remenamerda”, periodista de El Caso que me recuerda a mí a un pseudoperiodista  experto en publicar falsedades porque hay que llenar la página, haciendo de “remenamerda”, sin contrastar lo que escribe y sin tener puta idea de lo que cuenta como si fuese el evangelio.

Olvídense de la jerga de los políticos que, un día sí y otro también,  viven por y para sí, simulando que se preocupan mucho de nosotros. La sombra del viento es una manera impecable de hacerlo.

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