COLUMNA DE OPINIÓN de Manuel Avilés: «La soledad de un número primo»

Hace un calor de tres pares, aplastante. Lo soporto como puedo, con un abanico de mi bisabuela – de antes de la guerra, por eso mismo- de los de varillas de madera esmaltadas y una gitana dibujada a pincel en la tela, y con los pies metidos en una palangana, al viejo estilo porque hoy, toses dos veces con el aire acondicionado, y los vecinos llaman a la policía para que te desalojen. Me llama un policía local amigo. “Oye, capullo, no escribas más sobre esos perros torturados porque no se puede hacer nada. Y tú…siempre echándole la culpa a la policía local”. Como es amigo no me voy a tirar al cuello. Podíais, por ejemplo, levantar acta de la tortura a los perros – maltrato animal artículo 337 del código penal- y tortura  para los ciudadanos que soportan los ladridos día y noche – contaminación acústica artículo 325 del código- y podíais llevar el acta al juzgado que corresponda para que actúen.

Con dieciocho años puedes y exiges volver a casa sola y borracha y, con veinticinco, te quieren proteger y no puedes conservar tu propia tarjeta del móvil. No entiendo esta concepción del patriarcado

En fin, veo que aquí, el Estado de Derecho del que tanto  nos jactamos sacando pecho, no  es tan perfecto como quieren pintarlo: siguen las andanzas de Dina Bousselham y no pasa nada. Hasta algún tabloide habla de espionaje y de no sé que películas del 007 y servicios secretos morunos. Con dieciocho años puedes y exiges volver a casa sola y borracha y, con veinticinco, te quieren proteger y no puedes conservar tu propia tarjeta del móvil. No entiendo esta concepción del patriarcado. La ultraderecha mañanera quiere sangre.

Sigue Corinna diciendo que el emérito le dio 65 millones de euros, por amor y gratitud, y no pasa nada. Demasiado amor me parece eso, nunca me han querido a mí ni la milésima parte y me han puesto todos los aditamentos lo mismo que a esa duquesa de hojalata.

 Voy por la noche en moto, por la gran vía cerca del puente rojo, y se me atraviesa un tío con un patinete negro, él vestido de negro y sin luces…y no pasa nada. Alicante, ciudad sin ley.

 Estoy viendo el Bilbao contra el Real Madrid y veo una pancarta que coge un fondo entero de San Mamés. “JoTaKe Irabazi Arte” que en euskera significa “Golpear hasta ganar”. Ese es el lema que usaron los etarras – me reafirmo en que hoy la dispersión no tiene sentido-.  La señora Irene Lozano, antes de UPyD, antes de Ciudadanos, hoy del PSOE, que dicen que escribe libros a gente importante…¿No se entera en su secretaría de estado para los deportes? ¿Tampoco Tebas ni Rubiales? Ahhh, es que se toma como un grito de animación para luchar deportivamente. Pues yo lo leí miles de veces en las cartas de los etarras como lema propio. Creo que voy a echarme al monte disfrazado de jubilado indigente para confundirme con el terreno.

Me salva una amiga – de la que tenía que haberme enamorado en su momento y no a destiempo-. Enamorarse fuera de hora es una tragedia griega porque todo el mundo anda con mil achaques, con compromisos, con cuentas conjuntas, niños que no han acabado la carrera…y se genera un follón, que ni el golpe de Tejero: todos contra todos y ni con dos docenas de condenas de treinta años y tres centenares de abogados, se arregla el desaguisado.

La obra de Paolo Giordano es una delicia absoluta y, a la vez, un profundo tratado de filosofía pura

Me viene a las manos “La soledad de los números primos”, un obrón como un piano de cola. Me salva la buena literatura. Nada de una tontería de esas que escribe un negro por compromiso y por tres mil euros y firma un famosillo de la televisión. Paolo Giordano se ha convertido en un clásico. Tiene apellido de hereje, como Giordano Bruno, quemado por la Santa Inquisición en 1600 por afirmar, de manera contumaz, que la tierra no era el centro del universo. Paolo publicó su libro hace más de doce años y sigue tan fresco y vigente como el primer día.

Yo, en mi colegio de los claretianos – sector pobre, con beca, con libros de segunda mano y sin derecho a rotuladores de distintos colores ni libretas que me hacían nacer una envidia negra como el sobaco de un grillo- estuve castigado desde primero hasta cuarto de bachiller. No llegué a disfrutar en cuatro años ni media docena de recreos. No me tiraré faroles que a estas alturas no proceden, pero sacaba sobresaliente en todo y suspendía la conducta, la aplicación y la piedad. Sí señor, los curas daban notas en piedad y yo suspendía.

Mire usted padre –le decía al cura intentando hacerle la rosca porque estaba hasta los huevos de castigos en el rincón húmedo- yo intento rezar, lo mismo que todos pero se ve que Dios a ellos les habla y a mí no me dice nada. ¡Cojones! Ese es el fallo, por eso mi piedad renquea como un motor gripado. Y ya estaba suspenso otra vez al mes siguiente porque el cura achacaba el silencio de Dios a una soberbia incipiente que el tal señor de barba larga ya había calado.

En aquellos recreos gélidos granadinos, compartía rincón húmedo – desde entonces me duele el hombro derecho- con otros dos o tres desgraciados y recuerdo cómo un día, el tema de conversación fue el misterio de los números primos.

Un cura sobón, gordo y con gafas de culo de vaso nos daba clase de matemáticas, el padre Arcadio.  También acostumbraba a acojonarnos por las noches, en una capilla tétrica, avisándonos de una muerte y una condenación inminente por las ofensas que habíamos hecho a Dios. Yo, con nueve y diez años, no alcanzaba a equilibrar la gravedad de mis ofensas con la certeza de arder eternamente en el infierno. Desde pequeño me gustaba el equilibrio entre la ofensa y el castigo.

Este cura, sobón y amenazante, nos hablaba de “La criba de Eratóstenes”. Ese es el griego que inventó la tabla – su criba- en la que se van tachando números hasta que solo quedan los que son divisibles por sí mismos y por la unidad. Esos son los primos. ¡Leches! A ver si a la vejez voy a ser un genio matemático y no me he enterado a lo largo de toda mi desastrosa carrera profesional.

La obra de Paolo Giordano es una delicia absoluta y, a la vez, un profundo tratado de filosofía pura. Los protagonistas –saben que soy alérgico a reventar las novelas- Alice della Rocca y Mattia Balossino son dos seres peculiares. Un psicólogo actual les llamaría autistas con toda seguridad, dos asperger – mi máximo respeto a estas personas-. Incapaces de relacionarse con nadie, ensimismados, aislados del resto del mundo, encuentran un nexo de unión muy particular. Mattía es un matemático genial – algo así como Russelll Crowe en Una mente maravillosa- pero, incluso las matemáticas las mira con la indiferencia del existencialista pasota. Ella no es nada. Una chica, que cojea ostensiblemente por un antiguo accidente de esquí y que sueña con el único ser con el que puede tener un contacto mínimamente gratificante, aunque cada vez que están juntos es como si estuvieran solos.

La novela deja meridianamente clara la esencial soledad del ser humano. Esta novela la podría haber escrito perfectamente Ortega y Gasset, con ese toque existencialista entre Camus y Sartre que nadie le ha dado, o yo no lo he visto: La vida humana ese radicalmente soledad. La vida, siempre y solo, es la de cada cual. Nadie vive mi vida, nadie muere mi muerte. Y la vida de los otros, incluso de los más cercanos, no deja de ser para mí un espectáculo externo. Mi vida no es sino un chocarse y enfrentarse continuamente con todo aquello que integra el mundo que, inevitablemente, me es ajeno. El mundo externo no es yo.

Bueno…me he pasado con la filosofía Orteguiana pero esas son las tesis esenciales que en este magnífico libro –a mi entender- se contienen, expresadas a través de la vida de estos dos protagonistas que, evidentemente, son dos solitarios. Lectura recomendadísima para huir de la estupidez reinante.

 

 

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