COLUMNA DE OPINIÓN de Manuel Avilés: «En esta España convulsa»

Me quedé, en el artículo anterior, “Hablemos de las cárceles”, en el Psiquiátrico Penitenciario. Me pasé en la extensión y no pude completar todo lo que quería decir. Hasta ayer mismo, hace solo unos cuantos años, la demostración de que a los enfermos mentales – acuérdense de los argumentos de la Escuela Crítica de Criminología sobre cómo la sociedad hospitaliza, encarcela o psiquiatriza a lo que molesta, es feo o es inútil- era evidente en los psiquiátricos. Una persona llevaba a cabo una barbaridad – incluso algo más leve que una gran barbaridad- y, al comprobar que estaba loco, sin siquiera celebrar el juicio que es el lugar y el momento en el que se ponen sobra la mesa pruebas, testimonios y argumentos sobre el hecho que se juzga, sin celebrar juicio se ponía sobre el papel timbrado de los juzgados una frase lapidaria que era casi una sentencia a cadena perpetua. “Se decreta el internamiento en un centro para los enfermos de su clase del que no podrá salir sin autorización del tribunal” – o algo así, que yo ya he olvidado que trabajé en esos sitios, cárceles y psiquiátricos penitenciarios.

Tuvo que llegar – casi siglos después de que esa norma estuviese vigente- un gran ministro y mejor persona, Juan Alberto Belloch, para mandar al baúl de los recuerdos  esa norma antediluviana – creo que venía desde la Ley de Enjuiciamiento Criminal del siglo XIX-  y muy poco respetuosa con los derechos humanos en general, con los del enfermo en particular y con cualquier garantía jurídica.

Juan Alberto Belloch – ¡cuánto tendrían que aprender de él gentes que han sido y son ministros y no habrían aprobado ni una oposición de nivel C!- creo que en al año 1995, dio a luz el llamado Código Belloch o de la Democracia. En ese código demócrata quedó clara una norma necesaria: “No podrá ejecutarse medida de seguridad sino en virtud de sentencia firme” y empezaron a salir enfermos  -locos, loquísimos de remate- del psiquiátrico que estaban allí internados desde que Franco era cabo y sin que se hubiese celebrado juicio alguno ni sentencia que declarara su inimputabilidad y ordenara su internamiento. Belloch cambió el código y los internamientos empezaron a serlo  “por el mismo tiempo que le habría correspondido de pena, si en lugar de absuelto por enfermo mental, hubiera sido condenado siendo responsable de sus actos”.

Empezaron a salir entonces y la institución penitenciaria se encontró con el problema eterno: a los locos no los quiere nadie  en ningún sitio. Siempre lo he dicho: cuando a uno no lo quiere nadie, tiene grandes posibilidades de acabar en la cárcel. Si no te quieren ni en la cárcel, lo más probable es que vayas al psiquiátrico penitenciario.

Todo el mundo se escaqueaba antes esas salidas para que el enfermo no acabara en su pueblo, porque todos – pueblos, ciudades, autonomías concretas- estaban muy a gusto con el loco alejado, en el psiquiátrico penitenciario, o sea, en la cárcel. Los derechos humanos deberían agradecer a Belloch ese gran gesto en favor de la humanidad, porque un loco, aunque a veces cueste creerlo, también es un ser humano, salvo para los que militan en el nazismo.

Terminado esto, voy a hacer hoy un paréntesis en la historia penitenciaria, que estoy a punto de finalizar, para detenerme, aunque sea en cuatro detalles, en la situación convulsa de la España de 2020. Si viviera hoy Estanislao Figueras, presidente de la primera república a finales de siglo XIX, pronunciaría con toda seguridad la frase que lo hizo famoso en el parlamento antes de dar un portazo y largarse para no volver: “Señores, estoy hasta los cojones de todos nosotros”.

A ver si me aclaro intentando ser objetivo y desapasionado. Pedro Sánchez ganó unas elecciones, pero sin capacidad suficiente para investirse y gobernar solo. Sus ansias de poder sobrepasan a cualquier otra consideración. No me creo que piense todo el día en el bien de España, el progreso, el bienestar de los españoles y demás monsergas que suelta para que le votemos; piensa más bien en sobrevivir y persistir en su estatus, o sea, lucha para seguir siendo presidente. Tampoco creo que piensen en el eterno bienestar del pueblo Iglesias,  Casado,  Rivera-Arrimadas, Garzón,  Abascal o cualquier líder local, autonómico, nacionalista, separatista o lo que sea. La única verdad universalmente válida es el egoísmo. La voluntad de mandar, de estar en la pomada, en el sillón, en el coche oficial, en la moqueta o donde quiera que sea, prima sobre cualquier otra consideración.

Tras esta primera e ineludible verdad entran en juego los estrategas: las ejecutivas de los partidos, los comités,  las camarillas,  los Arriolas, los Iván Redondo, los Smith, los Tezanos y todos los psico-socio-econo-juristas, que se pegan a los partidos – y cobran generosamente de ellos-  y les prometen un programa imposible de superar, que hará que los votantes abran ojos como platos y tengan orgasmos interminables pensando lo bien que van a estar con los que llegan y con lo que prometen. Mucho prometer hasta…

Entrar en política y lograr un cierto nivel es mucho mejor que un seguro de vida porque no necesitas morirte para disfrutarlo. Cuando ejerces de líder popular, los escraches son jarabe democrático, cuando pillas cacho y te instalas en el sillón, son una intromisión inadmisible en la intimidad familiar

Los líderes, ante los orgasmos supersónicos de los enfervorizados partidarios, babean como lebreles ante un plato de carne en salsa y se ven ya tratados de excelentísimos, con coche de escolta delante y detrás y con gastos pagados de manera casi indefinida porque – si algún día se acaba el chollo, siempre habrá una puerta giratoria por la que colarse para vivir como Dios-, vean a Felipe, Aznar, Guindos, Arsenio de Mesa, Acebes, Santiago Cobo, Folgado, Hernández Moltó, López del Hierro, Nemesio Fernández Cuesta…. Y no sigo porque sería una lista larguísima – algunos ya no están o están en otros sitios, porque nada es eterno-  aunque no puedo evitar citar a los últimos, recién incorporados: Montilla y José Blanco, Pepiño. Vean Hemeroteca: Dirigentes digital.

Entrar en política y lograr un cierto nivel es mucho mejor que un seguro de vida porque no necesitas morirte para disfrutarlo. Cuando ejerces de líder popular, los escraches son jarabe democrático, cuando pillas cacho y te instalas en el sillón, son una intromisión inadmisible en la intimidad familiar y el coronel De los Cobos, o el capitán competente, manda que despejen el panorama.

Pedro Sánchez gana, pero no puede gobernar solo. Las derechas en bloque se niegan a facilitar la investidura y se lo ponen a huevo al señor Iglesias.

Este, demagogo y mitinero, consigue fidelizar a una caterva importante y entusiasta: los descamisados que diría Alfonso Guerra – he ahí otro hombre honesto y gran político, a pesar de su hermano, el de los cafelitos en la delegación del gobierno sevillana-. Facilita el gobierno a un altísimo precio y se encuentra en un tiempo récord con que pasa, del mitin callejero, de la manifestación alternativa, de la ilusión del 15 M, de la credulidad en la revolución de los pobres, al chaletazo en la sierra madrileña con decenas de guardias civiles que velan día y noche para que nadie entorpezca su paz familiar.

¿No era este el líder del pueblo que afirmaba que los políticos “deben vivir en un lugar en el que sepan qué es coger el transporte público”? ¿No consideraba este señor que lo realmente peligroso “es el rollo de los políticos que viven en chalets”? ¿No era pública y expresada con altavoces la vergüenza que sentía Iglesias, la barbaridad de que un diputado se metiera seis mil euros de nómina cuando la mayor parte de los ciudadanos no llega ni a mil? Maldita hemeroteca.

Ya los tenemos a todos instalados en la casta. Gobierno coaligado y oposición, felices sin ertes y sin problemas de liquidez. Oposición, digo, que no hay que olvidar el curriculum laboral de Abascal, por ejemplo.

La mala suerte – no creía hasta ahora en la maldición de los años bisiestos- ha sido el coronavirus que nos tiene machacados aunque el encierro es más llevadero en los jardines de la Moncloa y en los chalets de Galapagar que en un cuarto sin ascensor en las Carolinas altas, en el Zaidín granadino o en el barrio mallorquín de Corea.

Se ha derrumbado la creencia de que teníamos la mejor sanidad del mundo y que hasta los guiris venían a operarse aquí, cuando hemos visto a los médicos,  protegidos con bolsas de basura y cinta aislante. Se nos ha caído la imagen de un gobierno progresista, honesto y de claridad libre, cuando hemos oído a una ministra – Jo, tía. Mogollón de peña volcada. Un movimiento fuerte, tía. No voy a decir que la bajada de cifras se debe al coronavirus porque, tía, porque quiero ser muy prudente…no tomar decisiones por el sentimiento de pánico un poco generalizado, tía….- Una señora, que con este discurso no habría aprobado los exámenes de policía local básico es ministra. Un nivelazo.

La ecuación es muy fácil: si no hay trabajo, no se crea riqueza. Si no se crea riqueza, el estado se empobrece y no hay de dónde sacar

En defensa por el despropósito dicen que estaba hablando “off the record”. En primero de todos los cursos de directivos del mundo se explica que el “off the record” es lo primero que sacan los periodistas. Ahí es donde está lo suculento porque, cuando uno se pone en plan declaración oficial,  solo dice obviedades y cosas que se saben hace meses. No sería tan “off the record” cuando en el video que circula por las redes, por dos veces, dos pelotas distintos  -uno y una- arreglan el pelo a la señora ministra para que luzca con todo su esplendor.

En medio de este sarao, la oposición ve esbozos de golpes de estado, episodios conspi-paranoicos, depuraciones al estilo Ceaucescu – como si la derecha cuando gobernaba y organizaba la policía patriótica, mientras el ministro Fernández Díaz rezaba devotamente en la Orden Militar Constantiniana de San Jorge, no hubiera depurado a nadie. Por lo que yo he visto, con estos ojos que se va a comer la tierra dentro de nada, les ha faltado por depurar y cesar por falta de confianza a la cabra de la legión. ¡No me toquen los cojones! No conozco al señor De los Cobos pero es uno de tantos cesados como ha habido en este país desde hace siglos.

Señor Iglesias, señor Sánchez, que tanto monta porque se sostienen y se necesitan uno a otro, déjense de monsergas, pónganse manos a la obra para levantar el empleo y hacer que la gente tenga un sueldo – no una prestación limosnera- para vivir con dignidad. Parece que lo más gordo del virus cabrón ya ha pasado. Luchen para levantar la economía y olvidarnos de los que es un paro cercano al veinte por ciento porque eso es inasumible por mucha renta vital mínima que se inventen. ¿De dónde la van a pagar? ¿Y las pensiones de quienes hemos cotizado cuarenta años? La ecuación es muy fácil: si no hay trabajo, no se crea riqueza. Si no se crea riqueza, el estado se empobrece y no hay de dónde sacar. ¡No hay cama pa tanta gente!, como cantaba aquella cubana salsera. Hagan que la gente viva de su sueldo y su trabajo. Sin limosnas. Todo lo demás, como dicen en mi tierra, Granada, son pollas.

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