COLUMNA DE OPINIÓN de Pedro Nuño de la Rosa: «No es país para viejos»

Ya han pasado dos meses desde que China anunciase que había un virus suelto, pero que no era más peligroso de lo aconsejable para mantener la calma. A estas mismas horas en el palacete de La Moncloa, que inventó Suárez, mudaba decoración para recibir al nuevo inquilino Pedro Sánchez, mientras Mariano Rajoy salía por la puerta de servicio a tomar el viento fresco de Santa Pola replanteándose su vida como «ex».

Las Españas se debatían entre una Catalunya yéndose, un País Vasco entre el me voy y me quedáis, presidentes autonómicos resituando apoyos ante el nuevo equilibrio de fuerzas, y los Estados Mayores de los sindicatos y la patronal reunidos con sus asesores del deber y el haber para calcular un posible resultado final con el cambio de Gobierno progresista para unos social-comunista para otros.

Los medios de comunicación se debatían entre la utopía progresista de 2036 y el trágico pasado de 1936, desenvainando de nuevo las dos Españas

Al poco empezamos a recitar los muertos con DNI celtibérico. Y eso que todavía no sabíamos de los varios que ya llevamos por contabilizar con la etiqueta gripal de la morgue. Los medios de comunicación se debatían entre la utopía progresista de 2036 y el trágico pasado de 1936, desenvainando de nuevo las dos Españas. Pero el pueblo seguía a la suya del pan nuestro de cada día, permitiéndose el solaz de un partido de fútbol del Valencia Cap i Casal contra los tifosi, o una manifestación feminista capando en grito al macho finisecular; incluso la fachenda de Vox se reagrupaba con un renovado prietas las filas, celebrando por todo lo alto la presencia de sus líderes en el putrefacto Congreso de los Diputados, donde ajustarían las cuentas a tanto vendepatrias.

Hoy todo parece distinto: la mitad de los normales (es decir, de los no políticos) sufre el síndrome de la cabaña, y la puerta de su casa solo da al infierno ignoto. La otra mitad, desesperada por salir, tiene el síndrome del cautivo especulando sobre si ahí fuera lo cazarán las fuerzas del orden público, o una microscópica, pero letal Covid-gota.

Te asomas a la balconada para contemplar y escuchar lo increíble de la deshumanización en la más trágica de las peleas verbales: una pareja de jubilados, ahora tan unidos como en su noche de bodas, censuran a un grupo de jóvenes su jolgorio con botellón por medio bebiendo al gañote libre, y manoseándose mientras tocan todo lo que pillan como si fueran ciegos necesitados del tacto.

El señor mayor les recrimina su actitud solidaria, y el que parece llevar la voz cantante o mayor contenido etílico en sangre le responde bravucón: «abuelo, tú ya has vivido bastante, pero a mí no me jode la vida este puto virus que se han inventado los chinos o los americanos». La mujer tira del brazo de su indignado marido para retornarlo a casa, mientras la pubescencia celebra y ríe al ocurrente portavoz sin reflexionar siquiera en la bestialidad que acaba de pronunciar. Cuestión de estadísticas: no es país (ni mundo) para viejos.

Dentro de poco volveremos a esa «nueva normalidad» porque según tengo entendido las personas mayores ya están amortizadas por el «fuego amigo» como cualquier otra guerra

Mientras la provecta pareja se aleja paseo arriba, la muchachada les canta desafiante, irónica y vocinglera el » Resistiré» en su versión más actualizada. Esta vez es la mujer quien, bastón en alto amenazante, se para y encara a los provocadores: «Nosotros seremos los primeros, pero después el virus irá a por nosotros», y tras dejar unos jadeantes puntos suspensivos para la reflexión final, suelta, con el jadeo que le va quedando, un sonoro: «¡Cabrones, me cago en vuestros muertos!»

Cerré la ventana y volví al ordenador que ya anunciaba el comienzo de la desescalada, aunque con notables agravios comparativos entre comunidades autonómicas. Ximo Puig, por fin, le había enseñado los dientes a Pedro Sánchez, por dejarlo como moneda de cambio incluyéndonos entre los desfavorecidos, mayormente comunidades gobernadas por el PP. Una bravuconada a la que al día siguiente la propia Consellera de Sanidad, Ana Barceló, pondría paños calientes para no molestar a quien de verdad manda en nuestra Comunitat, y que no es otro que el vicepresidente del Gobierno central Ábalos.

Dentro de poco volveremos a esa «nueva normalidad» porque según tengo entendido las personas mayores ya están amortizadas por el «fuego amigo» como cualquier otra guerra. Pero también, y por aquello de mi profesión, hago la repregunta: – ¿y si llevaba razón la buena mujer con su pronóstico sobre el vampírico Covid-19 cuando se le acabe la sangre vetusta?    

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