COLUMNA DE OPINIÓN de Olga Avellán: «21 días»

Hemos alcanzado una meta clave en este confinamiento. Al menos tres semanas son necesarias para que las personas conviertan algo nuevo en un hábito. Esta teoría de los 21 días fue impulsada por el cirujano Maxwell Maltz en los años 60, la que desarrolló años más tarde William James, uno de los padres de la psicología moderna. Cambiar de alimentación, practicar un nuevo deporte, mudarse de casa o empezar en un nuevo trabajo. Para acostumbrarse y que se convierta en un nuevo estilo de vida deben transcurrir al menos 21 días.

Esto nos ocurre solo a los adultos, porque los niños tienen una resiliencia que les permite adaptarse en cuestión de un par de días a cualquier situación. Por mucha montaña que parezca. Mi hijo de tres años se ha creado su pequeño mundo entre el piso y la terraza. Ya no existen más espacios para él. Los primeros días preguntaba si le tocaba ir al colegio, pedía por las tardes ir al parque, quería ir a ver los abuelitos. Hablo en pasado, porque ya ha dejado hasta de preguntar. Es tan sorprendente su capacidad de adaptación que está conforme de jugar o hablar con sus primos a través de la pantalla del móvil. La comunicación digital ya forma parte de su ecosistema. Los mayores deberíamos aprender de ellos y dejar de quejarnos tanto por tener que estar en casa una temporada.

Esta experiencia vivida debe servirnos para dar el paso al cambio que siempre posponemos. Ha sido como un reseteo físico y mental que nos deja preparados casi para cualquier cosa

Llevamos 21 y nos quedan otros 21 para que nos dejen libres. Podremos volver a salir a hacer vida a la calles. Aunque -en teoría- nos volverá a costar otros 21 días acostumbrarnos de nuevo a ir de compras a un centro comercial, salir de tapas con los amigos, ver una película en el cine, dar un paseo por la playa o practicar deporte. O quizás no, quizás nuestra adaptación sea mayor en sentido inverso. Esta experiencia vivida debe servirnos para dar el paso al cambio que siempre posponemos. Ha sido como un reseteo físico y mental que nos deja preparados casi para cualquier cosa. Es el momento de explorar nuevos horizontes. Montar ese negocio que siempre has querido, comenzar un nuevo deporte, aprender un idioma, sumergirte a descubrir nuevas aficiones. Lo más difícil está hecho, ya te has demostrado a ti mismo que nada puede pararte.

Estudiando las fases del proceso de una crisis, estamos en el ecuador. Primera fase: apenas se da importancia a lo que sucede pese a las evidencias. Segunda fase: todo el mundo le da mucha importancia y se siente muy afectado. Es un momento complejo y que afecta doblemente a nuestra salud y a nuestra economía. Tercera fase: superada la crisis la situación vuelve a normalizarse; pero siempre con cambios latentes.

Si no fuera por los fallecidos y el sufrimiento de las personas, esta crisis sanitaria nos ha venido bien para hacer un viaje hacia el interior de uno mismo, y conocernos un poco más. Ha situado en la primera fila de las prioridades a las personas que cobran infinitamente menos que los futbolistas que salen en los cromos de mi hijo, y que ahora valoramos que son imprescindibles –el personal sanitario-.

Para Aristóteles, “El conocimiento de uno mismo es el primer paso para toda sabiduría”. En el futuro deberíamos autoconfinarnos más veces y poner en marcha otras habilidades –al menos- durante 21 días. Seguro que descubriremos el gran potencial que vive en cada uno de nosotros.

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