COLUMNA DE OPINIÓN de Pedro Nuño de la Rosa: «El divorcio no es la solución a la pandemia»

Si ya estamos jodidos, y el Presidente de Gobierno ha dicho que «lo peor está por llegar», no quiero ni imaginarme nuestra precaria situación, quizá poco menos que imposible, cuando lleguemos al pico o cima de este Everest maldito.

Cuentan los ingleses una anécdota que ejemplifica los inicios del divorcio: De todos es sabido, y aún mejor por quienes siguen la serie televisiva «Los Tudor», que Enrique VIII repudió a su primera esposa Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena; pero parece menos sabido, fuera de la «pérfida Albión» que se decía entonces, cómo el lascivo y gordinflón rey inglés contestó con un ejemplo práctico al enviado por el Papa Clemente VII ante la Corte británica. Cuando llegó el Nuncio de Su Santidad a Londres le advirtieron que el rey había tenido que correr hasta Escocia para reprimir una sublevación, y que tuviese la comprensión y amabilidad de esperar el regreso de Su Majestad. Sabedor Enrique VIII de la afición del Nuncio por el faisán, aquella noche se lo sirvieron bien asado para cenar. Al día siguiente y en la comida el ave fue guisada con frutas; por la noche llegaba a la mesa rellena de tordos; en el segundo día de espera y con distintas formulaciones culinarias se repitió el bello volátil cinegético; y así sería servido tan carísimo animal, con y sin plumas de adorno, una semana entera.

Cuando por fin apareció el monarca y en entrevista privada le preguntó al nuncio por cómo había sido su estancia, y si el trato recibido era de su agrado, el cardenal contestó rápidamente que estaba muy reconocido pero, pero, pero…todo resultó perfecto a excepción de la insistencia con el faisán. Enrique puso mueca de asombro  (bien preconcebida), para después preguntar: «teníamos entendido que era el plato predilecto de su eminencia», a lo que el alto dignatario eclesiástico contestó: «Sí, pero tanto majestad, harta. Le he acabado cogiendo animadversión». La respuesta del rey no se hizo esperar: «¿Veis?, Eminencia. Lo mismo me pasa a mí con la reina Catalina, estupenda esposa y gran mujer, pero un día tras otro, años…, no como a vos empachado en apenas una semana, los afectos en la comida y en la vida pueden llegar a ser insoportables por reiterativos. Ese es el motivo por el que creo que el divorcio pueda solucionar la vida de hombres y mujeres saturados por la convivencia».

Quizá hemos estado demasiado acostumbrados al bienestar occidental y a la democracia felizmente cuarentona. Solo los muy viejos recuerdan la Guerra Civil como último jinetes del apocalipsis

Ya saben cómo acaba la historia, el Nuncio volvió a Roma aquejado de impotencia diplomática y teológica; el rey tuvo otras cinco esposas, empezando por Ana Bolena a la que al final decapitó; y los ingleses, tan suyos ellos, acabaron separándose de la autoridad papal.

Cuento esto por lo que debe estar suponiendo para muchas parejas la convivencia obligada y obligatoria. Tanto tiempo encerrados en el mismo juguete domótico, aunque la casa sea el producto de sus mejores sueños, se debe hacer inaguantable; los niños, tan queridísimos, ocurrentes y guapos, mutan a veces en la insoportabilidad de negativas y hartazgo a todo cuanto se les propone; la televisión, aunque cambies de cadena, gotea con el martirio chino (gota malaya) insistiendo las mismas noticias, las fatídicas estadísticas y que otros están peor que nosotros. Pero nadie cierra el grifo cansino y desesperanzador.

Quizá hemos estado demasiado acostumbrados al bienestar occidental y a la democracia felizmente cuarentona. Solo los muy viejos, ahora con más papeletas letales para revivir lo peor, recuerdan la Guerra Civil como último jinetes del apocalipsis; al resto de generaciones vivas nos ha tocado coexistir sobre este otro caballo desbocado en forma de pandemia. Ahora sabremos del execrable rostro de la historia. Pero recuérdese cómo después de la peste negra que mató a un tercio de europeos, nada menos, y lo que hoy equivaldría a cientos de millones de personas, llegó el Renacimiento.

Y para eso también hay que prepararse, la solución no viene de Enrique VIII, sino del renacer de cada uno de nosotros.

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