COLUMNA DE OPINIÓN de Manuel Avilés: «Tobalín Avilés»

¿Se puede hablar de alguna otra cosa que no sea ese virus cabrón que nos ha puesto a todos contra la pared? ¿Hay algo de lo que escribir que no sean críticas al gobierno –ya se podía haber metido la manifestación del 8M por donde le hubiese cabido-, de estadísticas sobre contagiados, muertos, gentes en la UCI y altas médicas? ¿Hay algo a lo que temer, además de a contagiarse, distinto al batacazo de la economía que nos va a empobrecer, que nos va a dejar en el paro y que va a colocar al borde del precipicio a miles de familias que van a tener que hacer malabares para llenar los platos de comida cada día?

Sí, se puede hablar de otra cosa. Sí, se puede escribir de otra cosa además de la crisis económica. Sí, hay alguna otra cosa a la que temer.

Hoy es un día gris, lluvioso, confinado, feo de cojones. Las calles están desiertas, como corresponde a la situación de grave peligro sanitario en que nos encontramos. Yo he tenido que salir temprano. Mi perro, Tobalín Avilés, mi compañero del alma durante los últimos catorce años, daba señales clarísimas de no estar bien. En la Clínica Siete Vidas de San Juan –en la que lo han tratado, vacunado, curado… desde pequeñito- han hecho todo lo posible. Carmen, la veterinaria, me ha dicho: es un perro muy mayor, le hemos puesto un respirador –ese aparato imprescindible hoy en tantos sitios- para ayudarle, pero tiene el corazón muy débil y se está muriendo. He estado abrazado a él –ya tengo dos muertos a mis espaldas, dos que han expirado abrazados a mí: Antoni Asunción y Tobalín Avilés-. Le he dicho al oído que fuera fuerte, que lo necesito,  que sé que algunas veces es un perro pelmazo y cabezón pero que me hace falta en mi vida.

Tobalín: mi nene cabezota. No lo había más cabezota, más tragón, más empecinado cuando quería hacer algo… tampoco lo había más fiel.

Tobalín podría haber impartido un máster de fidelidad, de estar a tu lado en silencio a las duras y a las maduras, con su antena especial para detectar tristezas, dolores, enfermedades, todo tipo de hundimientos que él hacía más fáciles solo con su presencia peluda. Últimamente, si yo salía a andar a paso ligero – él ya se cansaba en los paseos y no le gustaba alejarse de casa, con lo callejero que ha sido siempre- al volver, muchas veces, no salía a la puerta al oír las llaves y yo tenía que ir hasta su cama y allí estaba durmiendo como un bendito. Don Vagancio –le decía con voz suave para no sobresaltarlo-, ¿cómo no sales a recibir a tu padre? Y don Vangancio se levantaba de un salto como pidiendo perdón por el descuido.

¿Cómo voy a escribir artículos si no lo tengo a él, empujando y rascando con sus patas de abuelo para subirse al sillón orejero y orientarme en la escritura? ¿Sabes, Tobalín, que eres eterno, que vivirás para siempre porque eres uno de los principales personajes de El barbero de Godoy, esa novela que han escrito muchas manos en un taller literario en la Sede de la Universidad de Canalejas?

Tobalín:  Estoy enfadado contigo. No has sido un perro obediente. Te he dicho que aguantaras, que fueras fuerte, que te iban a poner alguna inyección para curarte y no me has hecho caso. No has tenido espera. Te has muerto y me has dejado tirado en un zulo de dolor y pena.

¿Te acuerdas cuando vivíamos en Mallorca? Yo te llevaba a mi despacho, algunas tardes. Te gustaba estar allí, silencioso y mirándome, subido en los sillones del despacho del señor Director. Un día, saliendo contigo de la cárcel, pasé por el departamento de comunicaciones y una señora que entraba a comunicar con su familiar, al verte, se dirigió a mi diciendo: ¡Payo, te compro el perro! Porque tú eras un perro guapo, un Shih Thzu precioso, como un peluche de bebé. Yo – sonriendo- le dije a la señora-: No hay dinero en el mundo para comprar este perro.

Y el día que no te llevaba al despacho, antes de que yo llegara, cuando andaba a más de cien metros, tú ya salías al jardín y me esperabas firme y ansioso junto a la puerta.

No soy creyente, pero sé que hay un paraíso para los perros buenos y fieles como tú, Tobalín. Espérame allí porque allí iré para estar siempre contigo.

PD: Durante estos días de encierro he leído noticias sobre humanos que “aprovechando la coyuntura” abandonaban a sus mascotas en la calle, dejándolos desamparados, tirados y condenados a la peor de sus suertes. No lo concibo, ni hoy, ni nunca.

4 thoughts on “COLUMNA DE OPINIÓN de Manuel Avilés: «Tobalín Avilés»

  1. Comprendo perfectamente el sentimiento y el pesar tan grande que estás sintiendo, te lo digo porque hace unos años perdí yo al mio era un pastor alemán,era un perro listo,bueno y cariñoso pero por la edad y problemas de corazón lo tuve que sacrificar fue para mí de lo más doloroso, mucho ánimo Manuel no lo vas a olvidar Toda mi comprensión y cariño

  2. Lo siento Manuel, los animales de compañía nos dan lecciones a los humanos que deberíamos aprender, fidelidad cariño y momentos que recordaremos siempre.

  3. Sr. Aviles mis mas condolencias para ustet.
    Yo tuve el placer de conocerle a ustet i a su querido y precioso Tobalin.
    La verdad que le sigo a menudo sus publicaciones y reconozco que hoy unas lagrimas me an caido.
    Dios lo tendra en un sitio especial, esperandole.

    Firmado
    2008005906.

    P.s. Gracias por todo.

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