Columna de opinión de Sonia Gonzálvez: «La clase de piano»

Una vez más la crítica cinéfila y yo no nos ponemos de acuerdo. “Los expertos” tachan de mediocre, previsible, poco original y monótona —trillada— a esta historia cuyo argumento defiendo y comparto en mi novela inédita El diablo canta blues. El ser humano no es como la flor de loto, que crece en lugares pantanosos, rodeada de fango y cuanto más barro la rodea se alza sobre él elegante, hermosa, impecable y con una belleza incuestionable. Se protege durante la noche y bucea bajo el agua pero cuando amanece se abre al sol y brilla cada día, por eso simboliza la pureza, representa la salud, el honor que permanece intacto pese a toda la porquería que la rodea… pero, como ya he mencionado, el ser humano no es como esta flor y, para desarrollarse y elevarse, explotando todo su potencial, necesita de un entorno algo más favorable y —en muchos casos— de alguien que le apoye y, en ocasiones, que alguien crea en él para poder creer en sí mismo. ¿Qué es un genio? El que sabe sin aprender, el que de un modo innato dispone de ciertos recursos para desarrollar determinadas actividades con las que otros ni sueñan. Siempre he sostenido que la capacidad creativa se puede pulir, pero que se tiene o no se tiene. ¿Cómo se aprende a escribir? Del mismo modo que a leer, leyendo. Pero la diferencia entre un escritor incapaz de controlar su pulsión y el que escribe pensando en quién va a leerlo es notoria. En los talleres literarios, estudiando filología, normativa y literatura se puede mejorar —y mucho— la calidad de un escrito pero nunca se podrá dar al alumno ese “no sé qué” que hace que unos necesiten del folio en blanco para comunicar y a otros le suponga un suplicio concluir el más mínimo párrafo.

Es imperdonable que quien pueda no potencie el talento en el que lo tiene y deberíamos iniciar una Cadena de favores haciendo por otro lo que quizás se revierta y cambie también nuestra existencia

En la película que hoy me atrevo a recomendar —porque a mí me ha aportado algo positivo y prometí compartir, en estos días tan críticos, solo lo bueno— Mathieu es un adolescente que vive, —malvive— en un barrio desfavorecido, víctima indiscutible del círculo de la pobreza y la delincuencia, con un talento desmesurado para tocar el piano por motivos que dejo en el aire, y nulas posibilidades de cambiar su realidad y salir de ella hasta que la casualidad hace que alguien crea en él y luche por mostrar al mundo entero —incluso al propio Mathieu— lo mucho que vale como para desperdiciar su vida trapicheando.  ¿Previsible? Puede… pero creo que a todos nos iría mucho mejor si no fuésemos por la vida sin visión periférica. Es imperdonable que quien pueda no potencie el talento en el que lo tiene —independiente de la disciplina— y deberíamos iniciar una Cadena de favores —una de las películas más vistas en la última semana— haciendo por otro lo que quizás se revierta y cambie también nuestra existencia.

Recomiendo a todo el que lea este artículo dedicar un ratito en este confinamiento impuesto a disfrutar de esta historia. Puede que a mí me haya llegado de un modo muy intenso porque comparte la tesis que defiendo en mi novela El diablo canta blues en la que se describe el círculo, del que es prácticamente imposible escapar, de la pobreza, la marginalidad y la falta de oportunidades. Es una novela realista que reflexiona sobre el hecho maternal y una crítica social y espiritual a esta sociedad nuestra cada día más falta de valores y confundida ante lo que es realmente importante en la vida. Ya nada volverá a ser como antes, como antes de este encierro que nos va a hacer —obligatoriamente— replantearnos nuestros esquemas y prioridades. Me prometí no hablar del “maldito” —ese que ha cambiado la vida de todos porque nos ha privado de libertad y capacidad de decisión— pero después de esta fase nada será igual. Unos habrán perdido todo, algunos solo mucho. Otros se habrán dado cuenta de que les sobraba… mucho. Cada día es más difícil mantener la mente serena y no caer en el catastrofismo por eso —pese a no negar la realidad ni a querer mostrarme superficial—, insisto: la literatura y el cine son dos magníficas formas de mantener la mente sana —en otro artículo me centraré en el poder del deporte y la buena alimentación para canalizar la frustración porque otorgan sensación de control.

¿Cuál es tu propuesta?

Comparte lo bueno… y apaga la televisión.

Sonia Gonzálvez

 

 

 

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