Una micra de lo obvio

Por un retruque de imposibilidades organizativas y económicas en Chile, España y más concretamente Madrid, se ha convertido esta semana en la Cumbre del Clima de las Naciones Unida COP25, como ustedes habrán podido comprobar en los mass media. Por seguir con la terminología de Umberto Eco, aunque no a pie de semiótica, como por resorte han saltado todos los «apocalípticos» anunciando con trompetas de Jericó y sirenas de la Segunda Guerra Mundial que, o ponemos remedio, pero ya, o nuestros nietos, quizás biznietos van a tener que respirar gaseados, el mar subirá a los niveles del diluvio universal, y parte del planeta se hará inhabitable, amén de hambrunas generalizadas provocando no solo el descenso poblacional, sino perdiendo calidad de vida quienes queden vivos, que no sanos.

Por otra parte, los «integrados» (que son los muchísimos más) y cuyo consumismo televisivo se vuelca a no complicarse la vida, pues bastante problema les da la cotidianidad propia, gastan el ocio atendiendo a la caja tonta para desenganchar a costa de otros/as muy bien pagados, sobreactuando para contarnos sus éxitos y miserias fabulosamente (cuando no manipulados por arteros y mendaces). Con lo cual el resultado, es decir lo que al final queda del mensaje cañoneado en rosa son los cuernos de fulana y mengano, estafas y sablazos de personajillos, «pilladas» indiscretas, verborrea verbal y hortera, cacumen social, en definitiva.

Quizás parezca difícil imaginar Alicante capital bajo las aguas; a los ilicitanos con una mascarilla puesta para salir a la calle; o a toda la Vega Baja bajo un grandioso invernadero repleto del aparataje necesario para evitar la más mínima contaminación hortofrutícola

Mientras, de la nube tóxica tan noticiada por amenazante, nadie se preocupa bajo el egoísta consuelo de a nosotros no nos tocará y el que venga detrás que arree; o la falsa antítesis protohistórica de cómo el hombre ya ha pasado por glaciaciones, olas de calor sahariano y muchas pandemias, a pesar de lo cual sobrevivimos. Quizás parezca difícil imaginar Alicante capital bajo las aguas; a los ilicitanos con una mascarilla puesta para salir a la calle; o a toda la Vega Baja bajo un grandioso invernadero repleto del aparataje necesario para evitar la más mínima contaminación hortofrutícola. Pero, con mayor o menor prospección futurista, ese es el grave aviso de científicos desde climatólogos a ingenieros proyectistas de nuevos productos para la supervivencia alimentaria.

La gran duda que nos asalta, es cómo y qué podemos hacer desde esta encantadora capital y provincia del Mediterráneo, aparte de las recomendaciones que vienen en cualquier programa de mano, cuáles son: reciclar convenientemente la basura, utilizar el mínimo plástico posible de usar y tirar (en todo caso reutilizable), consumir productos elaborados sin pesticidas ni contaminantes de cualquier tipo, y, tarde o temprano empezar a ahorrar para un coche eléctrico.

Muy bien: pongamos que usted «sufrido lector/a», y un servidor, cumplimos lo recomendado desde el ecologismo más severo. Sin embargo, y que uno sepa el aire no tiene fronteras, las aguas marinas y fluviales, incluso las subterráneas, tampoco respetan lindes de una a otra patria o continente.

Estados Unidos, China y Rusia, amén de la India, no están por la labor (leyes y sus reglamentos de estricto cumplimiento) de la cumbre de Madrid, y solo ellos ya son casi la mitad de la humanidad

Entonces, y pongamos por caso que los países desarrollados y otros Estados comprometidos en la famosa cumbre de expiación y enmienda por nuestros pecados medioambientales, empezando por nuestra misma Comunidad Europea y muchas otras naciones del Mapamundi, aceptan apretarse el cinturón sanitario contra la contaminación (a un precio no por más necesario, menos oneroso), y la ONU, comprometida en ello, establece controles rigurosos con consecuentes e importantes sanciones económicas contra los infractores. Todo esto estaría muy bien, pero ahora viene la otra realidad que dinamita nuestra hermosa y solidaria quimera. Estados Unidos, China y Rusia, amén de la India, no están por la labor (leyes y sus reglamentos de estricto cumplimiento) de la cumbre de Madrid, y solo ellos ya son casi la mitad de la humanidad, al menos la mitad más contaminante.

¿Quién los va a forzar a cumplir el estatuto medioambiental acatado por el resto? ¿Les declaramos la guerra? ¿Cuáles son nuestros poderes para someterlos a lo obvio? ¿De qué vale el icono de la adolescente Greta Thunberg, la nueva y verde paseante Juana de Arco, contándonos axiomas climáticos harto sabidos desde el pasado siglo? La supervivencia del planeta será de todos, o no será. A pocas millas de aquí, cruzando el Mediterráneo, se producen tantos gases contaminantes como para que nuestros esfuerzos se pierden en la inutilidad por indefensión. Alicante es una micra bajo la tormenta contaminante que se nos avecina.

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