El gran atraco del siglo

¡Tranquilos! No voy a hablar del asalto al tren de Glasglow, un atraco que tuvo lugar en el 63 cerca de Londres y cuyo botín – cuantiosísimo en la época-  es pequeño comparado con el saqueo que unos políticos de derechas y otros que se dicen de izquierdas, han perpetrado en las arcas de todos. En una cosa es exactamente igual: nunca se recuperó lo robado.

¿He dicho en este medio que andaba buscando un asilo? Ya lo he encontrado. He culminado mi exitosa carrera conforme a las tesis de Groucho Marx: “Partiendo de la nada he alcanzado las cotas más altas de la miseria”. Después de mandar a diestra y siniestra, de aprobar oposiciones, de publicar aquí y allá, de andar en coche oficial y con escolta, con los guardias civiles y los policías que me abrían la puerta – nunca les estaré lo bastante agradecido-, he llegado al tope de mi realización como profesional y como persona: dispongo de una plaza, casi en propiedad y hasta que La Parca venga a llevarme, en el asilo de las “Hermanitas de los ancianos desamparados”. Es lo que tiene haber firmado decenas de talones por miles y miles de euros sin que ni uno solo se te peque a la mano ni al bolsillo, que acabas la carrera funcionarial y, luego de un par de depredaciones, te quedas para depender de una monja sargento con bigote y cofia, que te da broncas y se empeña y ducharte ignorando los posibles pecados contra la castidad porque no le generas excitación de ningún tipo como no sea el cabreo que puede generar un abuelo cebolleta que huye del agua y del estropajo.

Hoy al mediodía me he fugado del asilo, después de comer, como el abuelo que saltó por la ventana, y con lo que me queda de la pensión después de pagar mi spa monjil – vean la foto que adjunto al jefe de digital, que es un antiguo convento, un monumento en toda regla cuyas señas no doy para que las fans no me acosen con correspondencia pidiendo autógrafos ni fotos dedicadas-, me he venido arriba y me he instalado en una terraza de postín. Tiremos la casa por la ventana, me he dicho a mí mismo. Póngame un café solo doble y un güisqui sin hielo para equilibrarme la tensión que la tengo baja.

Televisaban, en horario para ancianos que se acuestan pronto, el Granada contra el Atlético de Bilbao. Chuta un tipo desde la izquierda del área pequeña y atrapa el balón el portero portugués del Granada. A varios metros de la jugada, con la pelota ya en manos del portero y la jugada acabada, dos futbolistas discuten – cosa que sucede mil veces encada partido-. No está el balón en juego. Interviene en la discusión un tipo llamado García – nótese que en el atlético solo pueden jugar vascos de toda la vida- que como futbolista no vale una mierda pero que como teatrero podría interpretar él solo Don Juan Tenorio de Zorrilla, haciendo a la vez de doña Inés y Don Juan sin despeinarse. Se tira  al suelo el tal García, como si un francotirador le hubiera disparado desde la tribuna, y el árbitro pita penalti. Se me desata la taquicardia, me caigo de la silla, tiro el café y el güisqui y tienen que llamar a las ambulancias municipales para que se hagan cargo de lo que parece un infarto. Llegan los sanitarios y me levanto diciendo: ¿Ya me quieren enterrar cuando no he amortizado ni un año de pensión? ¿Quieren provocarle un orgasmo a Cristine Lagarde, esa fea de mi edad que quiere que los ancianos – menos ella- palmemos pronto? No me jodan que no voy a liberar mi plaza para que la monja sargento meta a otro desgraciado tan pronto en mi puesto.

Ni Sánchez, aunque lo invistan la semana que viene, es capaz de parar la potencia de los chinos

Pitan penalti y lo para el portero del Granada. ¡Bravo! Y me chutan otro vial de protector cardiaco para que aguante la emoción. Se nota la influencia del PNV que hasta tiene mano en la Federación de fútbol. Sánchez necesita los votos – los de Cornejo, la faraona y sus secuaces los tiene asegurados- y hasta influye para que Rubiales ordene anotar goles por decreto. ¿Se para el penalti sacado de la manga? No pasa nada. Se repite hasta que haga falta. Alguna vez entrará.  El atraco impune está perpetrado.

A mí el Granada me la trae floja – no me empalma que diría De Manuel-. Es un equipo que de mi tierra solo tiene el nombre porque el dueño es un chino – como de casi todo ahora-, que cualquier día compra también al equipo de Ortiz para resucitarlo. Ni Sánchez, aunque lo invistan la semana que viene es capaz de parar la potencia de los chinos. Hasta en la cola del paro he visto yo a uno. Le preguntan: ¿Tú qué haces aquí si no tienes derecho a paro? Y el chino contesta tan tranquilo: Yo veo que aquí siempre hay cola y vengo por si alquilan el local que aquí tiene que haber negocio. Pues eso.

Acabada la emoción que me causó el atraco futbolero pillo el periódico como puedo y, nada más ver la portada, me pega otro viaje la emoción que casi me deja a punto para el tanatorio. La Zarzuela anda preocupada porque Sánchez está hablando con Esquerra Republicana para investirse. Ya querría yo que todas mis preocupaciones fueran esas. A mí me preocupa el paro –por mis hijos y nietos, que yo ya estoy inútil total para cualquier actividad-. Me preocupa la secularización – por si las monjas estas, incluida sor bigote, deciden casarse y nos dejan en la estacada, en la puta calle con lo puesto-. Me preocupa el calentamiento global – aunque el asilo está alto y no va a llegar aquí el mediterráneo-. Me preocupa que se eternicen los cargos del PP, que ha mantenido el PSOE, porque para eso no hace falta perder el tiempo votando, cuando puede uno estar viendo televisión basura en la mesa de camilla-. Me preocupa que congelen las pensiones y suban los cafés un treinta y cinco por ciento sin encomendarse ni a dios ni al diablo. Menos la Zarzuela y sus actividades, me preocupa todo.

Sigo de cerca las negociaciones de Sánchez – me he comprado un transistor de los de siempre, de dial y ruedecilla para buscar emisoras- escucho las tertulias nocturnas porque los viejos somos de mal dormir. No me pongo nervioso que ya habrá tiempo de hacerlo en la vida eterna,  un sitio aburrido donde el canto de los angelitos te pone la cabeza loca, acabas hasta los mismísimos de la polifonía y deseando irte al infierno porque allí sí me han dicho que hay marcha.

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