Día mundial de las bibliotecas

He hablado en este mismo medio y en varias ocasiones, de una biblioteca singular, única, que existe en Alicante. La biblioteca de los libros felices alberga más de cuatro mil volúmenes, desde el siglo XV hasta el XIX. Libros felices porque, a pesar de que son auténticos tesoros, muchos de incalculable valor, son puestos a disposición de quienes los visitan y pueden ser acariciados. No viven en una cámara aislada en condiciones de temperatura y humedad ideales y sin que nadie los toque, libros tristes, que atesoran saberes antiguos y distintos pero tristes. El profesor Manuel Desantes, catedrático de Derecho Internacional de la Universidad de Alicante, bibliófilo, bibliómano y bibliópata, como él mismo reconoce abiertamente, ha hecho posible que esta gran biblioteca, vigilada y cuidada por Don Biblio, su jefe máximo, se haya implantado en Alicante. Él lo ha hecho.

¿Por qué existen las bibliotecas? Porque desde que el hombre comenzó a tener conciencia de sí mismo, desde que se preguntó por el origen y el porqué de las cosas que le rodeaban, desde que reflexionó sobre la vida, la muerte, la enfermedad, las relaciones humanas, la guerra, las conductas sanguinarias, la bondad, la familia, la ambición, el poder,  el odio o el amor, desde que empezó a pensar, sintió la necesidad de transmitir su pensamiento y sintió la necesidad de que esa transmisión fuese trascendente, más allá de las frágiles tradiciones orales. Desde las primeras tablillas de barro, con escritura cuneiforme que usaban los sumerios cuatro mil años antes de Cristo, hasta hoy, la capacidad del hombre de comunicar ideas, pensamientos, proyectos, enseñanzas, imaginaciones, normas o revoluciones en cualquier terreno, ha aumentado y cambiado inmensamente.

El 22 de octubre ha sido el día mundial de las bibliotecas y dos días después, en Alicante, un grupo de bibliófilos-bibliómanos-bibliópatas, celebramos que, bajo la custodia de Don Biblio, en la biblioteca ya citada  – cerca de la zona de  marcha, de la zona de tardeo, de copas y de tapas, también de libros- un libro excepcional cumple quinientos treinta y siete años. Esa celebración es una demostración patente de que la inmortalidad existe. No existe la resurrección de la carne que nos enseñaban aquellos curas franquistas en mi pueblo de la Andalucía profunda, curas berlanguianos, con novia formal, amantes del dinero y de la vidorra contraria al evangelio. No existe la resurrección para ir al infierno o al cielo, dependiendo de que hayas cumplido o no las normas que ellos han ido inventando y cambiando según los años y la situación social del país donde desarrollan su actividad. No me diga nadie que la moral católica de hace solo treinta años tiene algo que ver con la de ahora, por ejemplo. ¿Unos, incumpliendo unas normas iban al infierno antes y ahora van al cielo o viceversa? No existen esas quiméricas resurrecciones, ni esos paraísos -con huríes o sin ellas- ni esos infiernos en los que reinan y torturan a sus habitantes aquellos ángeles rebelados y caídos ante un Dios tan omnipotente como ilusorio.

Celebramos el cumpleaños de un libro que se escribió cuando aún no se habían escrito los Evangelios y se editó, para que todos pudiesen acceder a él, cuando aún no se había descubierto América

No existen las resurrecciones pero existe la inmortalidad. Hoy celebramos el quinientos treinta y siete cumpleaños de la obra magna de Quintiliano: “Institutio oratoria”. Una obra que, como su autor, está tan viva como el día en que, hace casi dos mil años, fue escrita y hace quinientos treinta y siete fue editada. Podríamos traducir ese título como “Manual de oratoria” o “Curso de oratoria” o “Cómo hablar y argumentar bien, explicando nuestra postura y consiguiendo lo que queremos de nuestro auditorio”.

¿Acaso no son inmortales Marco Fabio Quintiliano y su Institución oratoria?  Buena prueba de ello es que gentes que hemos nacido dos mil años después de él, lo recordamos y celebramos su existencia, su trayectoria intelectual y la edición de su obra en mil cuatrocientos ochenta y dos. Celebramos el cumpleaños de un libro que se escribió cuando aún no se habían escrito los Evangelios y se editó, para que todos pudiesen acceder a él, cuando aún no se había descubierto América. Marco Fabio Quintiliano nació en la actual Calahorra, hacía el año 35. No era español porque España no existía entonces. Era ciudadano romano de la provincia tarraconense, hijo de una familia con posibles lo que le permitió estudiar en Roma.

Hacia el año 61, con una sólida formación jurídica – no olvidemos que Roma es la cuna del Derecho- y dependiendo intelectualmente del gran Cicerón vuelve a la provincia tarraconense. Conoce entonces al gobernador de esa provincia, Servio Sulpicio Galba, que lo nombra abogado del Tribunal Superior de esa misma provincia. Roma vivía una época convulsa, imperial, expansiva y de sangrientas luchas intestinas por el poder – la condición humana no cambia y esas peleas son permanentes-. Tras el suicidio del emperador Nerón, Galba se proclamó emperador en Clunia – una ciudad romana cercana a la actual Aranda de Duero- a finales del año 68 y se llevó a Roma a su jurista preclaro. Antes, como ahora, los que mandan han intentado rodearse de gente de su confianza. Como Sánchez, como Casado, como Abascal, como la reprobada alcaldesa de Móstoles acusada de nepotismo por querer colocar a media familia en puestos de privilegio de su ayuntamiento. Galba duró muy poco como emperador – hubo cuatro en un año- y murió asesinado por su propia guardia pretoriana a la que no pagaba todo lo bien que debía o que ellos pretendían. Matadme, dijo con casi setenta años, si de ello depende el bien de Roma, en un gesto de dignidad para quedar bien ante la historia. Las guardias pretorianas asesinaban con frecuencia a los emperadores  – los defendían y por esa misma cercanía podían atacarlos- fundamentalmente cuando no se sentían todo lo bien pagadas que esperaban, siempre el dinero de por medio. Quintiliano, aunque había sido aupado por Galba, no cayó con él. Lo sobrevivió largamente. Vespasiano le creó una cátedra. Domiciano, otro emperador posterior, lo nombro cónsul con la obligación de dedicarse solo a la docencia porque su fama ya había crecido entre el mundo intelectual romano y era reconocido su trabajo como educador de jóvenes talentos, Plinio el joven, Tácito y Suetonio, por ejemplo.

La organización de lo que se quiere decir de la manera más conveniente. El escoger de la mejor manera las palabras que se utilizarán y el estilo para seducir, aprendan los abogados de los juicios con jurado en donde es fundamental esta técnica

Resulta increíble que de Cicerón, su maestro de cuya ciencia bebió, o del propio Quintiliano, que fueron prácticamente coetáneos de Jesús de Nazaret, se sepa absolutamente todo y de Jesús solo haya noticias vagas, como de pasada, en las “Antigüedades judías” de Flavio Josefo, aunque algunos atribuyan esa referencia a interpolaciones posteriores. Cuando Quintiliano dejó su obra escrita y cerrada – hacia el año 88-, los Evangelios aún no se habían escrito. Circulaban tradiciones orales enriquecidas por la imaginación, cuentos piadosos acerca de un hombre que hacía milagros, que fue asesinado y que resucitó –germen de lo que ya empezaba a ser una secta cristiana- y, como mucho un “Protomarcos” y un “Mateo aramáico”, gérmenes de los dos sinópticos que ahora conocemos.

En esa fecha, la Intitutio oratoria de Quintiliano ya era un texto de estudio para los oradores, políticos y abogados romanos. Quintiliano fue un hombre adelantado a su tiempo, defendía la capacidad de aprendizaje de los niños, la necesidad de la lectura y del conocimiento de la gramática – ¡Cuánto deberían aprender de él, políticos, abogados y periodistas de hoy que dan patadas al diccionario en sus discursos!-. Sistematizó en su obra, cuyo quinientos treinta y siete cumpleaños celebramos, el estudio de qué decir y el seleccionar lo más conveniente – Inventio-. La organización de lo que se quiere decir de la manera más conveniente –Dispositio-. El escoger de la mejor manera las palabras que se utilizarán y el estilo para seducir –Elocutio-, aprendan los abogados de los juicios con jurado en donde es fundamental esta técnica. El aliar las palabras escogidas con el tono y el gesto adecuado y el tener memoria de lo que se va a decir, porque ya entonces – hace dos mil años- aburrir al auditorio era un camino cierto al fracaso. Añadió en su obra la referencia a una cuestión esencial y de innegable calidad pedagógica: además de ser educado en leyes, en gramática, en música o literatura, el orador – el abogado, el político…- debe ser educado en profundas convicciones morales. Quintiliano, un genio.

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