Más de lo mismo… o la historia se repite

Me he vuelto de Irlanda. Hace frío, llovía  como aquí cuando hay gota fría, como si la DANA estuviera todo el día sobre tu cabeza. Mi inglés es deplorable por no decir pésimo. He tenido que pedirle a una incauta, que no sabía distinguir a un mendigo de un postmoderno, que me tradujese la canción de Van Morrison, “Someone like you”: “He estado buscando mucho tiempo/alguien exactamente como tú/He estado viajando  por todo el mundo/ esperando a que vengas/ Alguien como tú hace que todo valga la pena”. Vale, muy bonito, pero me gustan más Fito y los Fitipaldis: “Él quería cruzar los mares y olvidar a su sirena/La verdad, no fue difícil cuando conoció a Mariela/ que tenía los ojos verdes y un negocio entre las piernas/ ¡Ayyy que ver qué puntería! No te arrimas a una buena”.

Músicas aparte, arruinado y con los pocos ahorros que me quedaban dilapidados viendo el Museo del Titanic, vuelvo al secano alicantino, a la ciudad cálida, única, sucia y acogedora. La encuentro como si no la hubiese abandonado para malgastar el fruto de mi hucha reventada contra el suelo.

¿He hablado alguna vez mal de la Policía Local de Alicante? Sí, unas cuantas. He pedido desde estas páginas conocer al agente G4XX, que pone multas a su libre albedrío, sin el menor éxito. El alcalde no debe de leer 12 digital o si lo lee no me hace ni puto caso. Hoy tengo que felicitarlos. A la vuelta de Irlanda, andando desde el aeropuerto, para coger el tranvía, con esos billetes gratis que me ha dado Barcala, por mi condición de anciano irreversible y ruinoso, veo un espectáculo digno de alabar. Sitúense. Son las diez menos cuarto de la noche. Un chaval descerebrado con una Kawasaki naked, va follado vivo por la Gran Vía. Me afeita el bigote en seco y me peina a raya – a mí, que tengo el tupé como Santana, el de Corazón espinado-, me pone los calzoncillos al revés solo con el rebufo. Me empalma – como a Juan Carlos de Manuel- esa velocidad por una vía urbana limitada a cincuenta. De cuando yo era potente y tenía una moto ídem solo me queda un casco de Nazario Ibañez, NZI, magnífica fábrica de cascos murciana, de Yecla. Un casco que aprovecho para poner en venta aquí mismo por si me da algún dividendo y puedo comprarme unas camisetas de manga larga en Primark, por si algún día llega el frío, protegerme de las bronquitis traidoras con los sin techo.

Me siento inspirado y comienzo como Fray Luis de León al dar su clase después de tres años en la trena por traducir al castellano un canto de bodas bíblico

Pasa como un rayo el de la Kawa y a los tres segundos, más veloz que él, un municipal con su moto silenciosa pero con los pirulos encendidos. Adivino, me digo a mí mismo: “Mí mismo, ese va detrás del piloto de moto GP”. Vuelvo sobre mis pasos y los veo a los dos en mitad del puente rojo. A ver, los papeles de la moto y los tuyos que esto son seiscientos pavos y cuatro puntos, por lo menos, por triplicar la velocidad permitida. Señor agente: Añádale cincuenta pavos más para agenciarme las camisetas, por los calzoncillos rotos y la melena desguazada, que eso va a costar un huevo repararlo.

Llego como puedo, tras el trauma del tráfico rodado, al tranvía y al Mad Pilot. Vizcaíno comprende mi situación más que precaria. Me fía el cubo de quintos, me regala un bocadillo Indignado de chistorra y me devuelve el colchón hinchable que me ha guardado mientras hacía turismo mochilero por el Reino Unido – con permiso de los independentistas irlandeses-.

Hogar, dulce hogar. Me siento inspirado y comienzo como Fray Luis de León al dar su clase después de tres años en la trena por traducir al castellano un canto de bodas bíblico. A ese fraile lo tuvo que condenar algún antecesor de Ortega Smith. ¡Hay que ser fascista para decir lo que ha dicho este tipo y que veo arrebujado en mi rincón, indignado como el bocata que me ha regalado Vizcaíno!: “Las trece rosas torturaban, violaban y asesinaban vilmente en las checas de Madrid”. Además de fascista hay que ser analfabeto para retorcer la historia de esa forma.

Cuando yo mandaba, cuando estaba en la cresta de la ola – que sí, créanme, que yo no he sido siempre un vagabundo arruinado- se presentó en mi flamante despacho del Ministerio del Interior –  año del Señor de 1993- una señora octogenaria y me pidió que hiciera lo posible porque se supiera ese episodio penoso y vergonzante de nuestra historia. Esta mujer sobrevivió al asesinato de las trece rosas pero compartió con ellas prisión en la extinta cárcel de Ventas. Fue espeluznante oír su relato. La escuché y me regaló una revista de unos años antes, un tesoro que adjunto al jefazo de 12 digital por si quiere unirla al artículo. El único delito de estas niñas – porque algunas eran solo niñas- fue pertenecer a las juventudes socialistas. Cuando los socialistas eran de izquierdas y no unos “blandiblús” que tienen unos principios y si no le gustan a usted, los cambian por otros de inmediato. Tienen unos principios de los que hasta su sindicato histórico abjura para unirse a colectivos fachas. Sé de qué estoy hablando.

Aquí uno puede ser el espíritu de la contradicción y presentarse en público como el paradigma de la coherencia

Don Pedro Sánchez: quíteme usted la pensión y las medallas no pensionadas, embárgueme el colchón hinchable, el chaquetón y el hueso de jamón que cogí hace unas semanas en el contenedor y aún no he terminado de apurarlo. Meta en la cárcel a Vizcaíno por fiarme el cubo de quintos y cese usted incluso a Don Isacio, el gran director del Coro Icali, por colarme en la comida de inauguración del nuevo colegio de abogados. No lo voy a votar, aunque me meta en la picadora de la sobrasada, hasta que no lo vea romper definitivamente con la derechona que sigue gobernando este país porque tiene usted en sus filas – y mandando- a unos elementos que tienen de socialistas lo que yo de Vedette del D´Angelo. Deje de hacerse mimos y caídas de ojos con esas derechas irreductibles,  porque unir socialismo y derechona es como juntar ateos con cardenales vaticanos. Pregúntele a Pérez Tapias.

No estamos en Cuaresma, creo que tampoco ha llegado aún el Adviento, que son los tiempos que los curas proponen para cambiar la mala conducta y hacer méritos para conseguir entrar en el paraíso, siguiendo las normas que ellos establecen. Veo, en la televisión sempiternamente encendida, a Rivera. Este chico se ha convertido ya. Ahora dice que quiere pactar con Sánchez. Aquí uno puede ser el espíritu de la contradicción y presentarse en público como el paradigma de la coherencia – ¡venga, que se note la riqueza de vocabulario!-. Gobierna en Andalucía con la ultraderecha que él mismo es y ahora quiere ser de izquierdas, en el caso de que este PSOE lo sea, que no.

El sueño me vence y el cubo de quintos – fiado y consumido- también. No puedo despedirme sin una recomendación. Mi amiga Ángeles Escrivá, un pibón alicantino, lista como un rayo, más sabia que Ramón y Cajal y que escribe mucho mejor que Gabriel Miró, ha escrito  un artículo sobre la negra dominicana que asesinó – tan vilmente como Franco a las trece rosas- a aquel niño almeriense al que conocemos como “El pescaito”. Léanlo. No tiene desperdicio en sus afirmaciones sobre el comportamiento de los psicópatas. Ha tenido buenos maestros y ha sido una alumna mucho más que aplicada.

 

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