Vivir en tiempos revueltos

Mala pinta trae octubre. Todo es raro y bastante confuso. Hacía tiempo que debíamos haber sacado los jerséis y aún andamos sudando en manga corta. La gota fría ha pasado, pero ahora hay que reparar y abonar sus estragos. Iremos de nuevo a las urnas por convicción y patriotismo democráticos, sin embargo, escépticos y desganados. El Brexit empieza a demostrarse muy perjudicial en la epidermis económica del turismo y segundas residencias en nuestra provincia, todos: ellos y nosotros, pendientes de ése imbécil que es Boris Johnson con su sinrazón de: «Inglaterra mi Inglaterra». Y, más madera: Catalunya se nos fronteriza. Todo esto, cuando íbamos más o menos bien, remontando crisis, con un Ayuntamiento donde se demuestra la habilidad del último alcalde, Barcala, para si no solucionar, al menos diluir los problemas sempiternos; un presidente de la Diputación, que ha madurado de aquella su chulería juvenil, para convertirse un gestor maduro, que es, al fin y al cabo, lo que necesita una institución no elegida por sufragio directo. Y, además, el Molt Honorable Ximo Puig, quizás por ser natural de Castellón, y no de Valencia, ha entendido lo de la desafección alicantina y ensaya reparaciones vertebradoras.

Si nos miramos el ombligo y después echamos mano a la cartera, observaremos que para Madrid y por extensión Valencia, somos poco menos que nada.

Así que ese cierto optimismo, en el que también influye otro componente, este tan negativo de nuestro ADN: el menfotismo, se empieza a disolver cuando apenas empezaba a adquirir solidez y confianza. ¿Para qué queremos elecciones si, con aproximación domótica, van a salir los mismos/as? Lo de menos es el gasto, pues en mayores estulticias se han invertido nuestros impuestos. Lo demás es la pérdida de tiempo por culpa de unos políticos que se mueven entre la inoperancia y la irresponsabilidad; unos galleando en el palo de la Moncloa, mientras niegan tres veces como el de San Pedro; otros desde el cesarismo progresista, al que ya le ha salido respondón y petulante a la hora de repartir voluntades izquierdistas el niño Errejón; Ciudadanos, presa de su propia soberbia al querer convertirse en primus inter pares del PP y de Vox; y estos dos últimos creyendo, respectivamente, el primero en el perdón de sus pecados por corrupción, el segundo confiando en los vientos ultraderechistas que soplan en Europa insolidaria y retardataria.

¿Qué fue del Corredor Mediterráneo? ¿Aparte de la calderilla anunciada, a cuánto ascenderán real y contantemente las ayudas a los damnificados por la última riada en la Vega Baja? ¿Para cuándo la auténtica remodelación de las autovías tan malamente trazadas con Madrid y Murcia?

Si nos miramos el ombligo y después echamos mano a la cartera, observaremos que para Madrid y por extensión Valencia, somos poco menos que nada. Hasta en los mapas televisivos del tiempo Cuenca sabe más que nosotros. Nunca mejor dicho aquello de que se acuerdan de nosotros cuando llueve demasiadamente. Y es que aquí preferimos la sorna al grito, la desesperación endémica a ponernos en el sitio que nos corresponde socioeconómicamente, y a ver las masas sin probar bocado de los presupuestos (nacionales y autonómicos) como se ha demostrado otra vez más.

Pero nadie aquí quiere demostrarse, poner siquiera la pancarta reivindicativa, rebelarse. ¿Qué fue del Corredor Mediterráneo? ¿Aparte de la calderilla anunciada, a cuánto ascenderán real y contantemente las ayudas a los damnificados por la última riada en la Vega Baja? ¿Para cuándo la auténtica remodelación de las autovías tan malamente trazadas con Madrid (de ahí al norte peninsular) y Murcia (al sur)? ¿Nos seguiremos gastando millones de euros en saber qué lengua hablamos o en infraestructuras inaplazables? Y así podríamos seguir interrogándonos sobre el aciago porvenir de los que no protestan y, en consecuencia, otorgan carácter de normalidad a que los ninguneen.

El que no llora no mama, y el que no mama no sobrevive, sobre todo en tiempos revueltos donde amar es imposible. Zombis.

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