En Irlanda del Norte

Me he venido una semana a Belfast, la capital del Ulster, ese sitio terrorífico hace unas décadas y que ahora es una balsa de aceite aunque se respire aún una tensión rara en la calle. No  quiero – jubilado parásito- resucitar mis épocas guerreras, cuando me dedicaba al terrorismo etarra con aquel político ejemplar del que tanto deberían aprender muchos ahora – Antonio Asunción-, no. Me he venido a Irlanda a caminar en paz por las calles sombrías y húmedas, por los campos eternamente verdes, por Belfast y Derry, en la otra esquina de la isla – ciudades iconos del terrorismo del IRA y su brazo político el Sinn Féin, algo así como los etarras y los batasunos, para entendernos pero salvando una diferencia importante: Brtish e Irish llevan ocho siglos pegándose hostias mientras que los vascos contribuyeron a crear España y la ocupación militar no ha existido nunca por más que algunos se empeñen en repetirlo – Franco ocupó el país entero no solo Euskadi-. Ya conocen las ansias expansionistas de los ingleses de las que dan fe desde Gibraltar hasta el último país de la Commowealth of Nations. He venido, al sitio en el que construyeron el Titanic y en cuya capital se levanta un museo del mismo que me recuerda inevitablemente al Guggenheim bilbaino– les remito a la famosa película del barco y su hundimiento-. A poder andar cuatro manzanas seguidas sin encontrarme dos Mercadonas, todos con su mendigo en la puerta como símbolo del estado de bienestar incombustible que disfrutamos y sin tropezar en cada bajo de cada edificio con una casa de apuestas. A poner la televisión sin que salgan Sánchez, Casado, Rivera, Abascal, Ximo Puig y hasta el rey, con cara de compungidos por el dolor que les suponen las riadas de la Vega Baja, ellos, tranquilos y felices instalados en su moqueta – ni aún aquí lo he conseguido porque aún llegan los ecos de sus broncas preelectorales-. Nadie tiene la culpa de que hayan estado seis meses cobrando sin hacer nada. Las elecciones son culpa del otro. Me he venido a Belfast a leer y a escuchar música de Van Morrison sin que la interrumpan las tertulias televisivas: Sánchez suplica la abstención y Casado y Rivera, con Abascal al rebufo que los tres son el inseparable trío de Colón y Rivera, con un partido en caída libre, hace propuestas estrafalarias. Pura estrategia, puro juego de ajedrez y ahora empieza el “echarse la culpa unos a otros”de que no haya gobierno. Todos son culpables de la repetición electoral porque no han sido capaces de ponerse de acuerdo, encastillados en sus posiciones y pensando en el beneficio que obtendrán en noviembre de sus posturas pétreas. Estén tranquilos,  la izquierda no ha sido capaz de entenderse y hay que ir de nuevo a las urnas, no seré yo el que pase por ellas. Paso de pantomimas y de facilitarles un sillón donde vegetar y vivir como Dios. Tendrán que presentarme proyectos verídicos y garantizados.

Fue a partir del «Domingo sangriento» cuando la gente volvió a unirse al IRA en masa y se puso la cosa realmente fea

Irlanda – situémonos- es una república perteneciente a la Unión Europea e Irlanda del Norte – donde estoy escribiendo esto- está integrada en el Reino Unido junto a Escocia, Gales e Inglaterra. Se  han cumplido 50 años de la batalla del Bogside -el barrio republicano/católico de Derry-  que dio comienzo a «The Troubles»: una batallita entre republicanos/católicos, cabreados por la segregación que sufrían, que no era poca, contra el ejército británico. Ahí empezó la gresca, pero fue a partir del «Domingo sangriento» -también en Bogside en enero del 72- cuando la gente volvió a unirse al IRA en masa y se puso la cosa realmente fea. Unos cuantos irreductibles nostálgicos y con poco futuro, que se hacen llamar Nuevo Ira – siempre se intentan rentabilizar los nombres clásicos y potentes para coger prestigio a su sombra- andan amenazando los llamados “Acuerdos del Viernes Santo”, que significaron la paz entre católicos – más pobres e independentistas- y protestantes – más ricos y pro ingleses- en el año 1998.  No significaron la paz porque el enconamiento sigue, pero al menos significaron no tirotearse por la espalda.

El objetivo del IRA siempre ha sido unificar a las dos Irlandas, situándolas fuera del dominio británico. Los quinientos kilómetros de  línea que dividen la isla son diariamente atravesados por más de treinta mil personas para trabajar, para ir al colegio o al médico. Permanecen impecables  en sus paredes, remozados cada poco para que luzcan como recién hechos, los grandes murales que recuerdan la represión militar, la similitud con la situación Palestina y ensalzan a los “soldados” irlandeses. Belfast, de ser una ciudad que vivía de los astilleros ha pasado a ser una ciudad que vive del turismo del conflicto.  Alrededor de WestBelfast y su “muro de la Paz” de más de 10 metros (uno de los varios que hay en Irlanda del Norte), que divide al barrio católico de Falls Road del protestante de Shankill Road, y lleva en pie más tiempo del duró el Muro de Berlín. Sus puertas se cierran todos los días de 7pm a 7am.

Hasta aquí llegan los ecos del Brexit y les aseguro que ando por la calle fijándome en las caras de todos por si viera a David Cameron – derecha pura, como Johnson, como Trump, como Casado, Abascal y Rivera-. Busco ver a Cameron deambular compungido, llorando y deprimido por aquella decisión absurda e innecesaria de convocar un referéndum para salir de Europa. Todos los días – dice Cameron- pienso en el referéndum, en las consecuencias de haber perdido, y me preocupa desesperadamente lo que pueda ocurrir. Cameron convocó el referéndum del Brexit porque lo prometió en campaña electoral pensando que jamás perdería, pero los referéndum – ojo, sé que en latín el plural es referenda pero no quiero tirarme el farol- los carga el diablo y las elecciones también. Ya veremos cómo quedan las expectativas de los cinco partidos que han propiciado las nuestras del otoño.

Cameron no supo gestionar el resultado por inesperado y sorpresivo y “el marrón” se lo comió Teresa May, esa Margaret Tatcher rediviva que tuvo que lidiar con un morlaco que no provocó. Cameron acaba de publicar un libro oportunista, unas memorias, en las que se excusa reiteradamente y pretende dejar su imagen inmaculada. Hay que huir de las memorias como de la peste porque todas buscan dejar a su autor en un pedestal. No pienso leerlo.

En el Brexit, Irlanda es un punto clave. Hay un borrador de acuerdo entre el Reino Unido y la Unión Europea que intenta prevenir una frontera dura entre Irlanda e Irlanda del Norte. “Backstop” es el nombre de ese protocolo que apoyan claramente el gobierno irlandés y los nacionalistas de Irlanda del Norte. Se oponen fiera y frontalmente los unionistas, es decir, los anglófilos para entendernos. Ya tenemos un nuevo motivo de polémica: Irlanda, del Norte y del Sur quieren permanecer en la Unión Europea. En estos días, en Luxemburgo se han reunido el histriónico Jhonson y el no menos payasete Junker – el presidente de la Unión Europea que salió en la tele, de broma, intentando estrangular a Luis de Guindos-. Querían discutir una propuesta que evite una frontera física entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte. Imposible el acuerdo por ahora y por bastante tiempo, creo. Si quieres que un problema se enquiste y no tenga arreglo jamás, crea una comisión. Eso han hecho.

Un Brexit sin acuerdo puede resultar catastrófico para la economía  – para la de los irlandeses y para nuestra también- y podría conllevar incluso escasez de medicinas y alimentos. Eso es lo que afirma el informe Yellowhammer, elaborado por expertos británicos que se quejan de que no les hacen caso.

Nos da igual el farol que se ha tirado Donald Trump avisando de que firmará un acuerdo preferencial con los británicos una vez que se haya completado el Brexit que ahora muchos no quieren

No hay experiencia en que un estado salga de la Unión Europea por lo cual es difícil hacer predicciones sobre algo que no ha pasado nunca. Ahora bien, está claro que la libertad de movimiento es siempre un factor positivo para el crecimiento económico por lo que toda traba fronteriza o de otro tipo, con controles de cualquier tipo, dificulta y encarece las relaciones económicas. Y esto vale para los irlandeses y también para nosotros que solo tenemos que ver cuantos británicos viven en nuestra comunidad valenciana y reflexionar acerca de cuál va a ser su situación. Nos da igual el farol que se ha tirado Donald Trump avisando – es experto en apagar fuegos con gasolina- de que firmará un acuerdo preferencial con los británicos una vez que se haya completado el Brexit que ahora muchos no quieren como vemos en las calles y en el Parlamento a diario.

Irlandeses y vascos siempre se han mirado de reojo y se han puesto como modelos unos a otros, solo hay que ver con qué entusiasmo se recibía a Gerry Adams – etarras y miembros del Sinn Fein se consideraban organizaciones hermanas- cuando intentaba ser “mediador” en el conflicto vasco que ya nos suena a antigualla y a puro anacronismo – ahora que está de moda el catalán aunque ambos acechan uno al rebufo del otro-. La fractura social y el volumen de la violencia – afirmaba Iñigo Gurruchaga en El modelo irlandés- son mucho menores en el País Vasco que en el Ulster, solo hay que comparar los escasos novecientos muertos de ETA con los tres mil quinientos del conflicto irlandés. El recuento de víctimas en uno y otro conflicto y la fractura social es cuatro veces mayor en Irlanda.

ETA está finiquitada y enterrada, el Nuevo IRA es un esperpento sin futuro pero en la sociedad irlandesa siguen mirando con ojos torvos todo lo que venga de los ocupantes ingleses, las fracturas sociales no se cosen de un día para otro.

 

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