Más España

Hubiese sido lo lógico. Si al adjetivo comparativo Más -en la incursión electoral en solitario de Íñigo Errejón- le sigue el nombre de la ciudad y de la comunidad autónoma por la que se presenta: Madrid, lo normal es que -al concurrir a los comicios nacionales- su partido se llamase ‘Más España’. Es de cajón. Imagino que fue la primera opción para todo aquel que se aventuró en pensar un nombre, y luego surgieron los complejos.

Si la marca hubiese nacido para las autonómicas de Cataluña se llamarían ‘Más Catalunya’. En Andalucía; ‘Más Andalucía’. ‘Más València’, ‘Más León’, ‘Más Galicia’ o ‘Más Alicante’ si el partido hubiese surgido en esas circunscripciones electorales. Es lo lógico, “pero lo de España suena un poco facha” -debieron pensar-. La nomenclatura España es como más de derechas, así que lo arreglan llamándole ‘Más País’, como el diario fundado en 1976 -y dirigido hasta el 88- por Juan Luis Cebrián, ex presidente del Grupo Prisa. Por cierto, con quien Pablo Iglesias presentaba el libro «Cal Viva» mientras Errejón desvelaba el nombre de su partido. Todo está interconectado.

Con el primer movimiento de ficha, Errejón desvela su animadversión a España, ese estado al que aspira gobernar. El término País es muy subjetivo. En Cataluña le llaman país a su Comunidad Autónoma, como también lo hacen los impulsores del independentismo valenciano. Hasta el propio PSOE lleva la expresión ‘País Valencià’ en sus siglas autonómicas –PSPV-.

Errejón se presenta «como parte de la solución» a los problemas de España y con el objetivo de que el país «salga del bucle» tras la convocatoria de las cuartas elecciones generales en cuatro años, y lo hace disfrazado de socialdemócrata moderado. Habrá que repasar la hemeroteca

Reflexiono y me convenzo de que solo somos censo electoral, o masa borreguera con derecho a voto –como decía mi padre mordisqueando un fino puro alojado en la comisura de sus labios-. Para estos gobernantes que resuelven situaciones a golpe de tuit y de frases ingeniosas –o idiotas, según se mire-, no somos más que un número en la estadística electoral. Los que toman decisiones atendiendo a los movimientos del CIS, -porque perdieron la perspectiva del día a día de un currante medio- nos ven como una estadística de votantes. Como un listado del censo electoral al que volver a convencer de lo progresista y moderno que resulta repudiar a España. Dar la espalda al nombre patrio –ya desde la primera toma de decisiones- acerca a los de ‘Más País’ a quienes odian lo español y llaman facha al que ondea una bandera española.

Errejón se presenta «como parte de la solución» a los problemas de España y con el objetivo de que el país «salga del bucle» tras la convocatoria de las cuartas elecciones generales en cuatro años, y lo hace disfrazado de socialdemócrata moderado. Habrá que repasar la hemeroteca. Al menos él es nuevo en esta instancia –la nacional- aunque su cara ya empieza a tomar un tono rancio en el espectro político español. Lleva más tiempo que otros candidatos de la misma competición.

El 10 de noviembre iré a votar. Seguramente al mismo que el 26 de abril, pero con menos ganas

Comparto con mis vecinos el deseo de “borrón y cuenta nueva”. Deberían irse todos los diputados de izquierdas y sus candidatos, por no haber sido capaces de llegar a un acuerdo por el bien común. Pedro, Pablo, Gabriel y Joan -Rufián y Baldoví- han fracasado en su intento de acaparar el poder. No tienen legitimidad moral para volver a presentarse. Deberían confeccionarse nuevas listas en sus formaciones con gente dispuesta a pensar en España y no en sus partidos. Que se vayan y no vuelvan. Es lo que haría un líder empresarial que hubiese fracasado en la tarea que le encomendaron. Para conseguir comportamientos diferentes debe haber personas diferentes que hagan cosas diferentes.

Los líderes de los partidos han ‘futbolizado’ la política española, y han conseguido que la masa borreguera repita el mensaje del cabeza de cartel. Ahora toca otra vez Franco, y las pensiones y los funcionarios. Como un bucle incesante que vuelve a repetirse cada vez que toca votar. Estoy cansado, muy cansado de ser solo censo electoral. A pesar de eso, el 10 de noviembre iré a votar. Seguramente al mismo que el 26 de abril, pero con menos ganas. Votaré para que no se salgan con la suya los que han provocado el desapego y esperan ganar por la incomparecencia del contrario. Iré con desilusión y hartazgo, pero votaré.

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