La vertebración invertebrada

Poco después de la Transición vinieron las Autonomías, en parte como respuesta al férreo centralismo madrileño soportado durante 40 años de dictadura; pero y también para diluir el presunto empuje del único partido que en la clandestinidad había estado en confrontación directa, sufrido y encarcelado por el Régimen Franquista: el Partido Comunista. Unos y otros trajeron sus banderas del exilio: Santiago Carrillo negociador impenitente, más de martillo que de hoz; Tarradellas con su «Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!» Gracias a Adolfo Suárez; El alicantino Llopis, la gran reliquia socialista entregando el puño y la rosa a Felipe González; algunos vascos perdidos y hallados en el exilio de México, desempolvando ikurriñas etc.

Pero no quisieron forzar el previo consenso de sistema político imponiendo cada cual su enseña sobre la que unía a todos desde 1785, siquiera aquella otra que ondeara brevemente durante la Segunda República, porque no se trataba de desquite, sino de reconciliación. Eso sí, se prohibió el aguilucho de los Austrias imposición de Francisco Franco, para entronizar la insignia borbónica, entre otras razones porque Juan Carlos I, no se le olvide como Capitán General de unos ejércitos africanistas y retardatarios contenidos a malas penas de su victoria en la guerra civil, apostó decididamente por la democracia, como demostró tiempo después con el frustrado 23F. Estábamos ya en un federalismo imperfecto, pero funcional.

El bipartidismo rodaba cabalmente con sus matices ideológicos, pero siempre necesitaba presupuestariamente la pieza suelta de los nacionalistas

El bipartidismo rodaba cabalmente con sus matices ideológicos, pero siempre, fuera a derechas o izquierdas, necesitaba presupuestariamente la pieza suelta de los nacionalistas que, en lugar de ayudar al confiado engranaje, poco a poco lo iban mellando para desestructurarlo en lo posible. Piano a piano afinaron y potenciaron sus gobiernos e instituciones como muñecas rusas unas dentro de otras; consiguieron todas las competencias, o casi, que antes habían sido del Estado. Y, por último, se llamaron a andanas de ignorar al resto. Pero el resto también, a la fuerza fronteriza abarcan y ahorcan, se habían convertido en reinos taifas, y como no hay nada más parecido al ser humano que el hombre/mujer, acabaron fabricando sus propias matrioskas. Café para todos.

Catalunya quiere ser república de la Renaixença, aunque para ello deban expulsar a más de la mitad de los que viven allí. El País Vasco, derrotada ETA, prefiere el estatus de un pequeño Estado semi-luxemburgués dependiente de España-Europa; Andalucía rememora el al-Ándalus que pagaba parias a los reinos cristianos del norte para que los dejaran tranquilos; Galicia ha vuelto a lo tribal galaico, pero desde la contemporaneidad interesada; y las Castillas, León y Aragón se mantienen en el estatus de los Reyes Católicos cuando los fueros eran respetados.

Queda el verso suelto del Regne, Comunitat o País con el adjetivo «Valenciano/a». Una mezcolanza de Moros y Cristianos, de procatalanistas, y aragoneses en busca de botín prometido, que ocuparon gran parte del territorio por las armas de un rey que venía de Montpelier (Francia). Echaron a musulmanes y demás moriscos al mar de la otra orilla, para luego, como nunca habían tenido una globalizadora y étnica conciencia nacionalista, rendirse al poder central de la Corona española.

Ahora Compromís quiere convertirse en Jaume el Conqueridor, y devolvernos al Regne. Tal cual se le ha ido escapando a uno de sus ínclitos, Enric Morera, presidente de Les Corts más valencianas que alicantinas, cuando medio en broma, medio en serio, dijo que la Comunitat valenciana acababa en Guardamar, supongo que también en Villena, Utiel Requena y demás territorios castellanohablantes, y aún por convertir a su religión idiomática.

El que los nacionalistas valencianos hayan hecho el ridículo insolidario de no presentarse por la Vega Baja anegada, no contribuye sino a que estas zonas castellanohablantes se estén pensando vertebrarse

Y aquí se acaba la vertebración que quisieron organizar los Monsonís, Joan Lerma, García Miralles, Zaplana, etc., porque las lenguas que eran igualitarias riquezas para compartir, ayudando, por supuesto a la más afectada por la desidia ancestral: la valenciana, ahora están siendo fuente inagotable y peligrosa de envenenamientos lingüísticos que se transmiten y confrontan en determinadas zonas fronterizas dentro de una misma Comunitat.

El que los nacionalistas valencianos hayan hecho el ridículo insolidario de no presentarse por la Vega Baja anegada, no contribuye sino a que estas zonas castellanohablantes se estén pensando vertebrarse, pero con Murcia, Castilla-La Mancha o Aragón. Cuidado con los rumores, el diablo puede engordarlos hasta convertirse en certezas. Lo que Franco no consiguió con fusiles, esto lo van a lograr con tonterías.

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