No es eso

Se luchó mucho en este país por la democracia para que ahora unas generaciones que no sufrieron, siquiera vivieron ese combate, a veces a muerte contra la dictadura, malbaraten su estabilidad hasta hacerla irreconocible. Fue aquella una guerra de resistencias personales: de esperanzas truncadas por la inagotable mala salud de un octogenario dictador que aun entubado quería declarar la guerra a Marruecos; de mayoritarias insensibilidades ante el obligado cambio político que la Europa libre nos venía demandando desde hacía décadas. Pero aparte de la resistencia de un partido comunista muy diezmado, y algunos grupúsculos a su izquierda, aquí no se movía ni Dios salvo autorización de Franco, más católico que cristiano. Después vino la Transición en un difícil encaje entre postfranquistas, militares africanistas, asociaciones protegidas y mimadas por la dictadura, y, de otra parte, quienes querían evolucionar hacia una democracia europea (no orgánica), liderados por Adolfo Suárez, y los diferentes partidos asimilados en el espectro europeo, como demócratacristianos, socialdemócratas, nacionalismos moderados, etc., y los antedichos comunistas, ahora integrados en el nuevo parlamento. En esta conjunción de distintas ideologías e intereses jugo un papel fundamental en la Corona, incluso desarbolando el intento de golpe de Estado del 23F.

«El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla»

Todo esto parece haberse olvidado o, cuando menos, se quiere relegar en el mangoneado saco de la historia como puro anecdotario tertuliano o soporífero cuento para alumnos/as de bachiller. La filosófica manida, pero la que parece improductiva frase: «El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla», cobra en este inicio de curso político una vigencia espantosa.

Y no dudo en calificar de «espanto», porque:

  1. El juicio contra los presos y los mayormente insolidarios fugados/as independentistas catalanes, está a punto de dictar sentencia en el Tribunal Supremo. Cualquiera que ésta sea, ya lo verán, provocará disturbios en Cataluña, y esperemos que la sangre (como así desean los ultraístas afectos al martirologio) no llegue al río por el que han transcurrido los levantamientos de Barcelona desde el siglo XVII hasta nuestra última Guerra Civil.
  2. El día de la marmota en que se están convirtiendo nuestras elecciones lleva, sin mejor solución de continuidad, a la desconfianza del votante como principal gangrena del sistema democrático.
  3. Inglaterra puede irse de la Unión Europea, ojalá que sea por las buenas consensuadas entre las siglas y el continente, que no por las malas del vesánico y estúpido Boris Johnson. Alicante puede ser una de las provincias más perjudicadas porque aquí las colonias británicas, establecidas durante décadas, tienen un importante y calado peso específico y monetario; la libra esterlina no resistirá su tradicional paridad con el euro.
  4. Alemania roza la recesión desde aquellos años del plan Marshall. Quedarse sin la locomotora puede hacer, sino descarrilar al tren de Bruselas, sí dejarlo en vía muerta con principios de oxidación que provoquen su inutilidad. Y eso al comercio exterior de la Comunidad Valenciana (agricultura de primor, textil, automóviles, turismo…) le va a doler precisamente cuando mejor estaba remontando
  5. Si vamos a elecciones los actuales socios de la Generalitat no tendrán otro remedio que echarse los trastos de la culpabilidad a la cabeza. Y nadie debe olvidar que Ximo Puig es un capitán de compañía a las órdenes del generalato sanchista. Mientras Mónica Oltra anda escocida con las previsiones de votos hacia su formación; y ya no digamos Unidas Podemos, pura autoinmolación por culpa de la soberbia de Pablo Iglesias y su zarrapastrosa cuadrilla política que lloran hoy el haberse pasado cuatro pueblos apostando irreflexivos a las siete y media. O tenemos la derecha más tonta del mundo, o se les están poniendo verde esperanza y con asas para agar en sus insolidarias contradicciones.

«No es eso, no es eso» decía nuestro filósofo Ortega y Gasset en 1931 muy cabreado por la deriva que estaba tomando el gobierno republicano. Y es que los sueños que habían llevado a los intelectuales, trabajadores, y tanta gente de sólidas convicciones democráticas, luchadores contra una monarquía y un bipartidismo inanes, amén de la posterior Dictablanda de Primo de Rivera, se estaban convirtiendo en todo lo contrario de sus pacíficos presupuestos: huelgas generales, depreciación de la peseta, algarabías, asesinatos e irresponsabilidad a la hora de formar un gobierno fuerte, cohesionado y útil.

Demasiadas coincidencias para que no nos veamos abocados a citar de nuevo a Ortega.

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