Cuando un pobre come jamón

Camino por las calles alicantinas, arrastrándome como una momia ambulante, con un cuerpo de harapo como decía Voltaire en sus cartas a Carolina de Beauregard. Alguna gente que lee estos artículos me para y me pregunta si, en efecto, duermo en el Mad Pilot y si es verdad que se puede dormir allí, con aire acondicionado, viendo la televisión y con un cubo de quintos por tres euros. Hay hoteles de tres estrellas –me dicen- que te cobran sesenta pavos, te ponen la cama, eso sí. Pero dan un servicio peor y la cerveza la pagas aparte. Hallazgos con suerte que tiene uno.

Canto para mis adentros con el eterno Sabina, que le da vueltas como poeta a Bob Dylan por más que este haya ganado el Nobel: “La canción que te escribo/ no es más que una posdata/Si la bailas con otro / no te acuerdes de mí/ Cuando me abandonaste/bordé un puente de plata/Ni tú eras para tanto/ ni Yo soy para ti…Tu buscabas marido/ yo encontré un escondite/ tu sombra es un pecado de la imaginación”.

La voluntad tiende al bien siempre, al glamur, a la ropa de marca, a los BMW de seis cilindros y a los cuerpos apretados y con brillo de aceite p´al body

Es evidente. ¿Cómo iba a ser yo para ella, si duermo en un colchón hinchable y mi presupuesto no llega ni para alquilar una habitación en un piso patera, de esos que hay en el mercado negro? Es lógico que continúe con su amiga en Estocolmo, siguiendo a Joey Tempest, ese melenas con cara de dios griego que lidera el grupo Europe, conocidos en su día por The Final Countdown –noten mi nivel musical y de inglés,  disfrutando de las bondades de los mares bálticos y los cachas de gimnasio descendientes de los guerreros vikingos. Debe de ser muy bueno el tal Tempest cuando hasta Sergio Ramos y Pilar Rubio los quisieron en su boda, y me consta que su caché no es precisamente bajo. Rindamonos al razonamiento aristotélico, que la voluntad tiende al bien, siempre al glamur, a la ropa de marca, a los BMW de seis cilindros y a los cuerpos apretados y con brillo de aceite p´al body. Nunca a la miseria.

Ya lo he dicho mil veces: me creeré el amor de una mujer cañonazo con un abuelo en las últimas y apergaminado cuando ese abuelo tenga como ingresos la pensión mínima que propugnan los fachas de Vox. Que sí, que sí. Votadlos ahora en las próximas elecciones de noviembre. ¡Jubilados imbéciles del mundo, uníos! –Noten la similitud de la proclama con la que hicieron Carlos Marx y Friedrich Engels en el Manifiesto Comunista-. Uníos y votad a Vox en las elecciones de noviembre, a los que quieren bajar los impuestos a los ricachones, a los forrados del copón, e ir liquidando poco a poco las pensiones públicas por aquello de que les va la privatización. Es intrínseca a su ser facha y capitalista a tope. Privatización, como la de los hospitales y las autopistas,  un negocio privado cuando se gana y que exige ser socorrida con cargo al erario público cuando da pérdidas. Son listos los tíos, para qué negarlo.

Vagabundear por las calles durante todo el día es un puntazo, entrar en los centros comerciales –por aquello del cambio climático y las olas de calor- contar a los pobres limosneros en la avenida de Maisonnave, y en Luceros, y en la Rambla y en Alfonso el Sabio. Y en otras calles que no digo porque no voy a hacer un dietario de la mendicidad, te pone los pies en el suelo. Subir por la mañana gratis, con el carnet de vejestorio, a los autobuses que bajan de esos barrios en los que la vivienda aún está barata y ver cómo las moras y las sudamericanas se bajan a las ocho en el centro para ir “ a servir”, como aquellas chicas de las películas antiguas de Alfredo Landa y Conchita Velasco. Toda una lección de sociología fuera de la universidad.

Hay gente que tira libros a la basura, tesoros entre desechos por voluntad de analfabetos funcionales. Hasta el peor libro sirve para algo aunque sea como ejemplo de la mala escritura

Leo, en un periódico abandonado en un banco de la plaza de Gabriel Miró, que el ayuntamiento va a publicar una ordenanza prohibiendo la mendicidad. Maravilloso. Ahí tienen ustedes el bálsamo de fierabrás, el que puede contra todo y todo lo cura, hasta la listeriosis de la carne mechá. ¿Hay mendigos por la calle pidiendo para comer porque no tienen ni donde caerse muertos? La solución es una ordenanza municipal prohibiéndolos y los mendigos desaparecen. Sr Alcalde: les manda usted al agente G4XX y se esfuman por arte de magia. Haga usted otra ordenanza para que desaparezcan la droga y el narcotráfico, los asesinatos y las violaciones, los pederastas y los tiburones financieros –esos psicópatas que de un plumazo se llevan millones de euros arruinando la vida de decenas de miles de personas-. Haga una ordenanza contra los religiosos extremistas, farsantes en busca de su beneficio personal, contra los especuladores y contra las suegras con bigote y verrugas, una ordenanza contra la fealdad, los cuñados alcohólicos, la obesidad mórbida y el cáncer. Ya tenemos ahí el mundo feliz de Aldous Huxley hecho con tres normas y media emanadas de un ayuntamiento que modela la realidad a base de órdenes de la alcaldía. De puta madre.

Sigo alucinado: hay gente que tira libros a la basura, tesoros entre desechos por voluntad de analfabetos funcionales. Hasta el peor libro sirve para algo aunque sea como ejemplo de la mala escritura. Me encuentro, en el último contenedor inspeccionado “El jardín de la dudas”, de Fernando Savater. Este hombre escribía mucho mejor antes de meterse a político. Aquel partido fantasmagórico, de derechas disimuladas, que desembocó en ciudadanos de aluvión, con muchos de sus prohombres, le hizo bajar en su categoría literaria – para mi gusto-. En este jardín Voltaire, uno de los grandes genios que ha dado la humanidad se escribe con una condesa española con el ingenio, la mala leche y la agudeza que caracteriza su obra y su visión laica del mundo. Voy a montar una biblioteca junto a mi colchón hinchable para dar fe de lo que la gente es capaz de desechar.

Le mando foto al editor de 12endigital –que la publique si quiere- además del libro dentro del contenedor me he encontrado, colgado del mismo, como si lo hubieran dejado por caridad para que alguien –yo mismo- aprovechara lo que quedara de aprovechable. Un jamón barato aunque con algo de magro pegado aún al hueso que se resistía a soltarlo. He dado buena cuenta de él. Ya saben el dicho que circulaba en mi pueblo cuando yo era pequeño –vena que no he progresado prácticamente nada-: “cuando un pobre come jamón o está malo el jamón o está malo el pobre“.

 

One thought on “Cuando un pobre come jamón

  1. Manuel mira de recuperar el jamón, ¡corre! Como jubilado que eres- es decir que ya no estás en edad de merecer ni de perder oportunidades – ese hueso del pernil puede mejorar tus arcas de resignado pensionista.

    Te cuento esto, pues en años de nuestra postguerra existía el sustanciero, este iba por las calles ofreciendo su producto (el esqueleto de un jamón) que alquilaba por horas para que en las ollas de los pobres hubiese algo de sustancia y en posteriores servicios los vendía como resustancia, que tío.

    Y lo de los libros encontrados junto a los contenedores ahí sí que me duele, yo miro con más intriga un contenedor de esos que abundan junto a la vía pública que el trasero de una buena moza al paso, que sí, que lo sé, los años dan esa sabiduría si se le puede llamar así, ¡qué coño eso es resignación!

    Lo único chungo de esos libros es que piensas que el dueño ha muerto y sus nietos han hecho limpieza general para disponer del piso.

    Manuel siempre nos quedará Tarantino, aprovechando que está en España promocionando su última película basada en los asesinatos de Charles Manson. A ver si nos saca de la mísera paga de jubilados dándonos un papel en su próxima peli, a ti de sustanciero y a mí de almacenador de papel, es decir de libros. Ahora solo falta que la magia de las redes sociales “atrapen” a Tarantino sobrio y… ¡Quentin vente pacá, que en la terreta hay paella y sangría!

    Ale Manuel, vete pensando que BMW de seis cilindros es el apropiado para ti y que jodan los políticos.

    ¡Este mundo es pa los lansaos que cojones!

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