Siguen mis andanzas en el ferragosto

Mi mujer sigue en Estocolmo. Ayer me llamó el marido de su amiga, preguntaba si yo sabía algo. Estoy ocupado en arreglar mi colchón hinchable, el de dormir en el Mad Pilot. No sé nada de ninguna, ni de la mía ni de la suya. Me limito a desear que sean felices y disfruten, allí, donde los vikingos, lejos de la canícula alicantina aunque Alicante, pese al bochorno que impera, es el mejor sitio del mundo para vivir y para hacer el vagabundo por sus calles. Sucias, desastre de tráfico, con pobres cada tres metros – dentro de poco formaré parte del colectivo, voy veloz a ese destino- con decenas de locales cerrados que escenifican que lo de la economía pujante era un espejismo, pero el mejor sitio para vivir.

El ayuntamiento, el mismo que no contesta mi queja sobre el agente G4XX, que me multa solo a mí entre más de veinte infractores de normas de aparcamiento, me ha regalado el carnet de viejo irredento y parásito, uno de esos que Cristine Lagarde dice que no podemos vivir tanto tiempo porque somos una carga insoportable para las arcas públicas, uno de esos que según el Gobernador del Banco de España tenemos una renta de puta madre con la casa en propiedad y hemos de liquidarla para afrontar la vejez. Viajo gratis en el autobús y en el tranvía. Es la primera vez que un ayuntamiento me da algo sin pagar, hasta ahora solo multas, impuestos, ibis, basuras. Esta alegría tan honda no me empalma – como haría a Juan Carlos de Manuel-, me baja la regla. Un desastre. Me recompongo y como duermo fresquito en mi colchón  en Mad Pilot, paso el día fresco  viajando sin sentido ni rumbo, de un autobús a otro y de un tranvía a otro, tirando de viajes de balde. Cómodo, admiro el paisaje urbano deteriorado en  los barrios y algo más decente en el centro. ¿Hay un concejal de limpieza?¿Hay un concejal de jardines? Céselos, señor alcalde, por su ineficacia absoluta y presénteme al G4XX que quiero conocerlo y que me explique su tabla de medir multas de aparcamiento. Me cuelo en un centro comercial – entrada libre y aire acondicionado a tope lo ideal para un viejo sudoroso- y pongo gesto de dignidad comprante mientras  un guarda jurado de una empresa nacional potente saca a la calle a un mendigo, a la vez que lo alecciona. Espectáculo docente y sociológico: un segurata imparte una clase de derecho a un pobre sobre la prohibición de la mendicidad. Voy a documentarme sobre ese “corpus iuris”. ¿La norma que explicaba el segurata es europea, nacional, autonómica o local. Es penal, civil, mercantil o administrativa? Ya tengo tarea para hoy. ¡Ahhhhhh! Otra cuestión a investigar: ¿Es la norma  constitucional o se la pasa por el forro?

Desde el quince de noviembre del 78 hasta la Navidad del mismo año, nos pegamos cuarenta y cinco días haciendo guardia en la boca del polvorín de Sardón de Duero para garantizar la seguridad mientras se votaba

Ha estallado la fiebre de llamarse constitucionalista y a todos, incluida  Álvarez de Toledo –qué cara más buena tiene para dar un pésame- se les llena la boca con el constitucionalismo. Unos cuantos desgraciados y yo sí que somos defensores de la Constitución y no de boquilla. Desde el quince de noviembre del 78 hasta la Navidad del mismo año, nos pegamos cuarenta y cinco días haciendo guardia en la boca del polvorín de Sardón de Duero para garantizar la seguridad mientras se votaba. Sin duchas, comiendo un rancho infame, con ratones que te despertaban por la noche paseando por tu cara y viendo cómo un brigada alcohólico fusilaba a cañón tocante a un pobre perro piojoso y hambriento que merodeaba por aquel garito en busca de comida. Él era la autoridad, militar por supuesto, en aquel monte congelado junto a la carretera de Valladolid a Soria. Como unas mariconas nos callamos todos porque el estado de derecho aún no había llegado al país y aún a día de hoy no lo ha hecho del todo. Muerto el perro y acojonados los soldados de España en defensa de la Constitución aún no votada, el brigada se carcajeaba a trompicones babeando su cogorza a la vez que decía con desprecio: quitad eso de ahí. Y dimos sepultura al perro sin un padrenuestro siquiera porque, en el colegio, los curas nos habían enseñado que los perros no tienen alma. Tampoco estábamos entonces como para afiliarnos al Pacma.  Nuestra actividad, como fuerza militar defensora del país, iba de guardar la boca del túnel que contenía los explosivos en Sardón a la mesa desvencijada en aquel cuartucho sucio donde se jugaba día y noche al poker y a las siete y media. Allí decidí  no jugar a las cartas en mi puta vida. Mientras defendía la Constitución. De algo me sirvió.

Deambulo disfrutando del aire acondicionado gratis me siento en una terraza del centro comercial y de nuevo aparece el miembro de la seguridad privada. Un cromo: cordones, pegatinas al estilo motero, una porra, un walki, las esposas colgando del cinturón… y otra vez un mendigo es el objeto de su atención. No se puede ejercer la venta ambulante en el centro, da igual que se trate de pañuelos de papel, mecheros, bolígrafos o condones de segunda mano. No se puede vender nada por allí salvo en las mil tiendas que pagan el aire acondicionado.

No me imagino yo a ningún Dios sentando cátedra sobre el pecado que supone no ir con la túnica hasta el suelo

Hay moros que en Larache, todos con bolsas gigantescas llenas de prendas  baratas. Intentaré ahorrar para  renovar mi vestuario. Alguien debería investigar sobre el tráfico de bragas y calzoncillos con Marruecos y Argelia por si afecta a los presupuestos generales en lo que se refiere a eludir los impuestos a la exportación. Aquí no se respeta el principio de igualdad ni por asomo pero nadie se queja. Los moros van fresquitos en chanclas, camiseta y pantalón corto. Sueltos, que el buey suelto bien se lame. Las moras llevan las bolsas, un carro con un bebé y dos chiquillos más colgando de faldones, de las mangas o de cualquier otra prenda. Tapadas hasta la cabeza se creen libres. Es un mandato de Dios el que las mujeres vistan así. No me imagino yo a ningún Dios – sí me imagino a los hombres opresores que se dicen sus intérpretes y son depositarios de su palabra- sentando cátedra sobre el pecado que supone no ir con la túnica hasta el suelo, sin marcar una curva y la cabeza embutida.

Salgo del centro y vuelvo a hacer uso del regalo municipal hasta mi colchón inflable. Arrebujado a 22 grados veo la tele y me reboto con un pleonasmo: la familia real está de vacaciones. El rey ha tenido que esperar una hora a Pedro Sánchez. No se puede hacer esperar a un señor con tanta faena. Total para decirle que no se fía de Iglesias y que la desconfianza es mutua. Noticias frescas a las dos de la mañana. La gente no duerme en la noche tropical. Yo sí, tengo el aire gratis por los tres euros del cubo de quintos.

Señor, llévame pronto. Perdón… cuando acabe la última cerveza que ya he soltado los tres euros por adelantado.

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