Las catilanarias, la erótica y los políticos

Me entra la vena clásica y me dan ganas de recitar de corrido – los curas claretianos nos hacían aprenderlas de memoria, benditos sean los claretianos que nos hacían estudiar lo que no está en los escritos- las Catilinarias de Cicerón, a ver si los políticos nos dejan en paz de una puñetera vez. Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? quam diu etiam furor iste tuus nos eludet? quem ad finen sesse effrenata iactabit audacia?

No sigo, no les voy a dar el pelmazo. Solo hay que cambiar el nombre de Catilina -político romano, conspirador profesional y experto en maquinaciones para seguir en su sillón viviendo del momio- y poner en su  lugar al político que les de la real gana, alguno experto en cambiarse de chaqueta, de partido o de lo que haga falta para seguir con sus cinco mil pavos limpios al mes sin doblar el lomo y dedicado a la verborrea fácil. Pongan el nombre de quien quieran – desde el más significado hasta el último mono, desde el dueño del chalet de Galapagar hasta el ultraderechista que ha vivido a sueldo popular aguirriano los últimos años, y díganle como Cicerón a Catilina: ¿Hasta cuándo vas a abusar de nuestra paciencia, hasta cuándo tu gilipollez va a seguir burlándose de nosotros?

Hablan de cordones sanitarios, se llaman a sí mismos “liberales” y no saben que se parecen a los liberales primigenios lo mismo que mi tía la monja clarisa se parece a la camarera de una barra americana

¿Cuántas veces he escrito aquí mismo que los populares, los ciudadanos y los voxistas son la misma cosa? Varias decenas. Los periódicos me dan la razón. Hablan de cordones sanitarios – el primero, que yo sepa, lo intentó sin éxito Carlos IV en 1788 para frenar la penetración de las ideas progresistas de la Revolución Francesa-, se llaman a sí mismos “liberales” y no saben que se parecen a los liberales primigenios lo mismo que mi tía la monja clarisa se parece a la camarera de una barra americana; hablan de preocupación por España y parece que España sea suya y que quienes no comulgamos con sus ruedas de molino solo persigamos la destrucción del país. Dicen los ciudadanos, un ejemplo, que no pactarán con la ultraderecha. ¿Qué han hecho y hacen en Andalucía? Pura contradicción.

Todo lo anterior no lo aplico solo a las derechas recalcitrantes, que saben que no pueden  propiciar nuevas elecciones porque se llevarían en ellas hostias como panes, también lo aplico a quienes se etiquetan como de izquierdas y tienen de eso lo que yo de madre superiora de la Santa Faz. Ximo Puig, por ejemplo, está preocupadísimo por el bienestar de los valencianos pero si te pones malo – con un insoportable dolor en la columna, por ejemplo- vas al médico y te dan hora para la unidad de espalda dentro de ocho meses y mientras…puedes rezar a la Virgen del Espino o hacer novenas al santo más milagrero que conozcas. No me toquen los cojones que tengo los nombres lo mismo  que tengo las fotos aguardando para el Contencioso del que avisé en estas mismas páginas al alcalde y al agente G4XX, ese que multa a su albedrío. Tu estás mal aparcado y te multa y otros veinte que están igual de mal aparcados que tú se libran porque él es la ley y la justicia. Como Charles Bronson o Clint Eastwood, pero en las Carolinas Altas. Ximo Puig, en su afán incansable por nuestra felicidad, quiere cambiar cromos y anda en contubernios para ver si llega al trueque ideal: la alcaldía por la diputación. Que el señor nos coja confesados, tiemblo como la novicia del Tenorio, me sale la adrenalina por las orejas y se me secan los chorros de serotonina en mi estructura neuronal, viendo algunos currículos de los que regirán nuestros destinos. Franco sigue mandando en Alicante – Angel, no Francisco.

Mi vecina llama a urgencias por mi ataque ansioso-político y antes de que me lleven a la unidad de psiquiatría pido permiso al sanitario.  Es una señorita condescendiente y me da tiempo para recoger un libro: 27 días y 2 promesas. Me lo llevo en la bolsa con el pijama, el cepillo de dientes y una petaca de gin tonic. Por si cuela y para matar el tiempo.

Me da tiempo a leer la novela antes de que me den el alta y me manden de vuelta a mi casa con la recomendación de que sea más resiliente, menos atropellado, más filántropo, más amante de la cultura bíblica y deje de abusar del alcohol

Jorge Mateu, el autor, es mi amigo, lo cual demuestra que tiene un pésimo gusto. Aparte de eso tiene una facilidad innata para novelar y es un, podríamos decir sin temor a equivocarnos, berlanguiano erotómano, como mi antiguo amigo Berlanga que descansa en paz porque la naturaleza es así de cabrona y los seres humanos somos finitos tal y como vienen afirmando los filósofos desde que los presocráticos daban faldonazos por los foros atenienses. Me da tiempo a leer la novela antes de que me den el alta y me manden de vuelta a mi casa con la recomendación de que sea más resiliente, menos atropellado, más filántropo, más amante de la cultura bíblica y deje de abusar del alcohol, de las benzodiacepinas, de la fabada asturiana, del embutido de León y del arroz con leche. Me recomiendan también que me apunte a un curso de yoga y que pierda al menos tres kilos. Todo eso, afirman, hará de mí un hombre nuevo y me hará enamorarme incluso, pacífica y platónicamente,  de la ministra de sanidad. La novela de Mateu – no fue necesaria la camisa de fuerza y podía pasar las páginas, además prometí no cortarme la venas y me permitieron tener unas gafas del número dos, compradas ese mismo día en un chino, para leer la letra pequeña- narra, con rara maestría en un tipo de ciencias, la azarosa vida de un abogado que, pese a tener un despacho de lujo y, se supone, saber algo de derecho, piensa con la bragueta.

El pensar con la entrepierna – hablemos en serio porque es una novela negra de primera magnitud- le hace meterse en mil y un problemas que lo llevan a situaciones límite. ¿Quién te manda a ti, merluzo – grito yo antes de que me den el alta y esos gritos están a punto de abortar la salida de la unidad de agudos-, quien te manda dejar la paz del hogar, la vida ordenada, los niños, la mujer sargento, la suegra con bigote y todas esas delicias familiares y cambiarlas por lo que crees que va a ser el romance de tu vida?  ¿Crees que en las rubias de bote, con morros de silicona, es oro todo lo que reluce? ¡Merluzo, que eres un merluzo! ¿Tú crees que las bandas de crimen organizado sueltan los paquetes de billetes de quinientos euros, así como así, por no hacer nada, solo porque tu secretaria con minifalda intramuscular les ponga un café y les diga con voz sugerente: “Ahora mismo los atiende el letrado”? ¿No sabes, merluzo, que las bandas de crimen organizado quieren que el supuesto criminal salga de la cárcel rápidamente y eso solo lo consigue el hijo de Pujol en los Serveis Penitenciaris catalanes? Y de eso va la novela. 27 días y 2 promesas. Con ella, mi estancia en la unidad de salud mental ha sido un suspiro. Leyéndola no me he dado ni cuenta de que estaba allí.

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