II. La apuesta por lo individual

La Europa moderna es, generalizando, una sociedad volcada hacia los individuos. Influyentes filósofos, teólogos, políticos y economistas combatieron la absorción del individuo por el grupo, al modo de la Edad Media, y le confirieron el papel protagonista. La unidad de la organización humana es el individuo, que se une a sus semejantes. Algunos autores, como Troeltsch, encontraron las raíces del individualismo europeo en el cristianismo primitivo; otros, en el Medievo; Burckhardt, en el Renacimiento italiano; y la mayoría, con Max Weber a la cabeza, en la reforma protestante, en especial la calvinista, y en el auge del capitalismo. El término individualismo surgió por reacción crítica al credo liberal. El liberalismo defiende la libertad de elección personal, frente a las limitaciones y controles del poder político y religioso. La propuesta del liberalismo para desarrollar la economía se resume en la expresión francesa laisser-faire, laisser-passer, en el rechazo a la injerencia de los gobernantes en los asuntos económicos, que deben quedar encomendados a la iniciativa privada. En 1776, en La riqueza de las naciones, el economista escocés Adam Smith afirmaba que el impulso egoísta de aumentar los beneficios privados era la base de la riqueza colectiva.

La doctrina liberal ha tenido un éxito arrollador. Los ideales de igualdad y libertad constituyen dos pilares básicos de nuestra civilización y, por extensión, se supone que de todo ser humano. Estamos convencidos —escribe Louis Dumont[1]— de que cada una de las personas particulares atesora la esencia de la Humanidad. El individuo es omnímodo, casi sagrado. Nada existe por encima de sus exigencias y de sus derechos, solo limitados por los derechos de los demás. Es una mónada, Leibniz dixit. Las sociedades las forman grupos de mónadas independientes, sin que nadie se plantee en absoluto el problema de la armonía entre ellas[2].

El egoísmo es un amor apasionado y exagerado hacia uno mismo que lleva al hombre a referir todo a sí solo y a preferirse a todos

Pero no se supo ver los límites de esta nueva exaltación del individuo, ni la diferencia entre el egoísmo y el individualismo. Alexis de Tocqueville en su libro sobre La democracia en América, publicado entre 1835 y 1840 sí lo supo ver. Dice,  “el individualismo es una expresión reciente que una idea nueva ha hecho nacer. Nuestros padres no conocían más que el egoísmo. El egoísmo es un amor apasionado y exagerado hacia uno mismo que lleva al hombre a referir todo a sí solo y a preferirse a todos. El individualismo es un sentimiento reflexivo y pacífico que predispone cada ciudadano a aislarse de la masa de sus semejantes y a retirarse a un lugar alejado con su familia y sus amigos, de tal manera que tras haberse creado así una pequeña sociedad a su modo, abandona gustosamente la grande a sí misma. EI egoísmo nace de un instinto ciego, el individualismo procede de un juicio erróneo más que de un sentimiento depravado. Tiene su origen tanto en los defectos del espíritu como en los vicios del corazón. El egoísmo reseca el germen de todas las virtudes, el individualismo no ciega en principio más que la fuente de las virtudes públicas, pero a la larga ataca y destruye todas las otras y va finalmente a absorberse en el egoísmo. El egoísmo es un vicio tan antiguo como el mundo. No pertenece más a una forma de sociedad que a otra. En cambio el individualismo es propio de la sociedad moderna”[3].

Los liberales subrayan con frecuencia la aportación, indudable, de su doctrina al progreso económico de Occidente. No son logros desdeñables los obtenidos contra el hambre y las enfermedades. Aunque haya sombras. Con la misma frecuencia que recuerdan los triunfos se olvidan de los fracasos. Obvian que el liberalismo favoreció la acumulación de riquezas en pocas manos y el aumento de las diferencias de fortuna, en manifiesta contradicción con los ideales de igualdad y libertad para todos. Porque a nadie se le oculta que la desigualdad económica emponzoña la ley y la justicia. El liberalismo, que prometía un desarrollo sin precedentes del individuo, se ha convertido en la causa y justificación de las desigualdades, de la opresión y de la pobreza avergonzada[4]. Sin duda es en lo económico en donde el liberalismo tiene una influencia más visible. Aunque fue iniciado por Adam Smith, es en el siglo XIX donde gana terreno como teoría económica. El crecimiento de los mercados y de los factores de producción impulsó a que los gobiernos, influidos por los industriales, comerciantes e inversionistas, adoptaran una serie de medidas económicas de corte liberal, como la libre circulación de productos, de capital y de trabajadores. Así, se aceleró el proceso de industrialización, la creación de mercados mundiales y el surgimiento de grandes empresas. El liberalismo en un principio trajo una cierta igualdad política que, sin embargo, no se vio reflejada en el campo económico y social. De esta grieta, surge el pensamiento marxista, profundamente crítico del sistema liberal.

El neoliberalismo es también la configuración resultante de aplicar un determinado tipo de políticas, las que fueron inspiradas por aquella ideología

No obstante, he de reseñar que, aunque la igualdad no figuraba como objetivo en las formulaciones iniciales del liberalismo, con el surgimiento de la democracia, las igualdades aparecerán como igualdad de oportunidades. Modalidades liberales, como la utilitarista[5] o la del filósofo Rawls (Teoría de la justicia), van más allá y defienden la justificación moral de la corrección redistributiva ejercida por el Estado en pro de los desfavorecidos. Para la mayoría de los economistas críticos, y las corrientes de pensamiento económico alter-nativo, la crisis estructural de los años setenta marcó el inicio de una nueva etapa que se ha convenido en llamar neoliberal. El neoliberalismo es evidentemente una ideología, con un proyecto más o menos definido de cómo tiene que ser la sociedad, y sus bases pueden encontrarse en F. Hayek o M. Friedman[6]. Pero el neoliberalismo es también la configuración resultante de aplicar un determinado tipo de políticas, las que fueron inspiradas por aquella ideología. El capitalismo no se articula siempre de la misma forma y sus instituciones cambian (las relaciones entre capital-trabajo, entre Estado-trabajo y otras…) bien como respuesta a su propia dinámica (como se suele postular desde la teoría marxista) o bien como resultado de políticas concretas (como afirman los teóricos pos keynesianos).

El neoliberalismo se impuso primero en Estados Unidos y en Reino Unido (aunque se experi-mentó previamente en el Chile de Pinochet), y su aplicación es muy distinta entre los países del mundo. No obstante, el patrón es el mismo y los efectos más similares que diferentes. Esa es la razón por la cual analizar el neoliberalismo estadounidense es especialmente útil, por ser la forma canónica del proyecto, para comprender esta nueva configuración. Para D. Kotz[7], el neoliberalismo estadounidense tiene una serie de nueve características principales, a saber:

  1. La desregulación del comercio y las finanzas, tanto en su nivel nacional como internacional.
  2. La privatización de muchos servicios brindados por el Estado.
  3. La cesión por parte del Estado de su compromiso de regular activamente las condiciones macroeconómicas, especialmente en lo referente al empleo.
  4. Brusca reducción en el gasto social.
  5. Reducción de los impuestos aplicados a las empresas y familias.
  6. Ataques desde el gobierno y las empresas a los sindicatos, desplazando el poder a favor del capital y debilitando la capacidad de negociación de los trabajadores.
  7. Proliferación de los trabajos temporales sobre los trabajos fijos.
  8. Competición desenfrenada entre las grandes empresas, en relación a un entorno menos agresivo propio de la configuración de posguerra.
  9. Introducción de principios de mercado dentro de las grandes empresas, particularmente en lo referente a las remuneraciones de los trabajadores de más poder.

La combinación de estas características dará lugar a una serie de efectos como la creciente desigualdad, el incremento de la importancia del sector financiero y la sucesión de grandes burbujas.

Frente a la teoría de la justicia como equidad de Rawls o de la modalidad utilitarista, autores neoliberales como el economista Hayek o el filósofo Nozick sostienen que el intervencionismo público debe limitarse a la defensa de la vida, de la libertad y de la propiedad individuales; rechazan el Welfare State optando por la meritocracia estricta y por un estado mínimo que no se puede corromper por su reducido tamaño. El presidente Reagan lo definió muy bien, “el problema es el estado”.

Hoy escuchamos eslóganes populistas que pretenden ser neoliberales, como “el dinero de los impuestos debe de estar en el bolsillo de los ciudadanos”; los llamo populistas porque es un eslogan tramposo y halaga el oído del ciudadano que preferiría no pagar impuestos. Es un eslogan tramposo porque no dice toda la verdad; si el dinero de los impuestos debe de estar en nuestro bolsillo, éste debe prepararse para pagar todos los servicios públicos que hasta ahora se hace cargo el estado y va a ser más la cantidad de dinero que ha de salir de nuestros bolsillos que lo que pueda entrar de los impuestos.

No hay ninguna propuesta cien por cien válida ni cien por cien rechazable. Pero a los representantes políticos hemos de exigirles que nos digan si apuestan por el comunitarismo socialdemócrata, el liberalismo justo y utilitarista o por el neoliberalismo descarnado. Es lo menos que debemos exigirles.

[1] Dumont, Louis, Essais sur l’individualisme, Paris, Éditions du Seuil, 1983

[2] Para el filósofo y teólogo Leibniz, Dios era quien establecía de antemano la armonía entre dichas mónadas. Leibniz dejaba el camino abierto para que ese Dios sea sustituido por los poderes fácticos, tanto políticos (el Estado, el Monarca, el Partido, etc.) como económicos (los poderes económicos y financieros, como ahora mismo sucede).

[3] Tocqueville, Alexis de, La democracia en América, Madrid, Aguilar, 1989

[4] Mariño Ferro, oc., pag 9.

[5] Algunos teóricos del liberalismo vieron en el utilitarismo ético (considera que la vida humana se orienta a la satisfacción de un fin último -el placer-, con lo que se logra la felicidad, que determina la moralidad de los actos) una doctrina que podía servir de base a la libertad individual y, a la vez, a la cooperación, basada en la división del trabajo. En esta modalidad se ubican Adam Smith, John Locke, Ludwig von Mises y Henry Hazlitt, entre otros.

[6] Además de las teorías antintervencionistas de Hayek, y del monetarismo de Friedman, en la Escuela de Chicago

[7] Kotz, D., “Neoliberalism and Financialization”. Working Paper. 2008

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