Lo individual vs. lo colectivo. Apuntes filosófico-económicos

He de reconocer que quien me motivó a hacer este artículo fueron las declaraciones de Pablo Casado cuando, al defenderse de su fracaso electoral, calificó a los 3 partidos que se decían de derechas como de centro (el PP), de extrema derecha (Vox) y de socialdemócratas, disfrazados de liberales (Ciudadanos). Comprendí que, entre la tropa política, los conceptos de socialdemócratas, de liberales y de neoliberales (término al que no apelan, pero que tiene su impronta en los economistas actuales) andan entremezclados y confundidos, aunque no sé si a posta o por ignorancia, para el caso es igual, ya que esa confusión, en mayor o menor grado premeditada, nos llega a nosotros, votantes ingenuos y voluntariosos.

Embarcado en el repaso de los conceptos antedichos compruebo que, en general, la teoría económica es compleja, especialmente cuando se baja al detalle. Sus presupuestos económicos sustentan muchos temas y subtemas, resultando farragosos para el no especialista, a saber, el mercado, la economía financiera y especulativa y las balanzas económicas, de producción y de gasto, balanzas de pago, impuestos y reformas fiscales, la renta y sus desigualdades, entre otros cientos de términos. Lo curioso del caso es que estos temas resultan engorrosos porque se muestran como teorías crípticas que esconden sus auténticos supuestos.

Por eso, aunque nadie me lo pidiera (hay que ver la desgana que hay por conocer), he considerado que un buen ejercicio de aclaración podría consistir en poner de manifiesto tales supuestos últimos para intentar arrojar luz a todo este entramado teórico. Porque, es evidente, que cualquier descripción y desarrollo de un concepto de los que hemos aludido es cualquier cosa menos neutral e indiferente. Es, más bien, consecuencia de una manera ideológica de entender la economía; es decir, es resultado de unos supuestos filosóficos y no de otros diferentes.  Solo, por tanto, desde la Filosofía podemos desenmarañar todo este batiburrillo de tecnicismos, de los que no se libran ni siquiera los premios nobel en economía, especialistas en desarrollar determinados aspectos económicos, en los que son premiados. Por ejemplo, los temas de empresas, mercados y comercio son los que en los últimos diez años han predominado en la concesión de los galardones. Con el estudio y desarrollo de tales temas y con su reconocimiento al ser premiados por otros especialistas economistas, se garantiza la perpetuidad y mejora del sistema económico, cuyos supuestos no se ponen en tela de juicio.

En el fondo, lo que está en debate con las distintas corrientes económicas (liberales, neoliberales, socialdemócratas) no es otra cosa que la eterna dicotomía entre lo individual y lo colectivo[1], entre diseñar una teoría económica que favorezca el interés colectivo, la mayor parte de las veces asumido por el estado, quien redistribuye al conjunto de la sociedad lo recaudado por los impuestos, o diseñar otra teoría diferente en la que se favorezca lo individual en detrimento de lo colectivo, asumido este diseño por los individuos o por las unidades sociales, como las empresas u otras unidades jurídicas, al margen de los intereses de la mayoría de la población, buscando únicamente los propios intereses, sobre todo, económicos, dejando que cada uno se apañe en la tarea difícil de buscar soluciones a sus problemas, sin que el estado intervenga ni regule los mercados.

  1. La apuesta por lo colectivo

Este diseño de lo individual vs. lo colectivo ya viene de lejos. Es uno de los problemas más interesantes y persistentes en el pensamiento antiguo, medieval y moderno. Desde la antigüedad, especialmente con Platón y Aristóteles, este problema ya estaba presente pero con la particularidad de que ambos términos se complementaban con habilidad en sus teorías. Lo universal abstracto y lo particular concreto se complementan formando la unidad de la cosa sensible -este árbol, por ejemplo-, pero sin ser en absoluto una unidad aislada, cuyo valor no reside en sí mismo sino en tanto pertenece a un universal, a un colectivo[2], que en Platón es una Idea abstracta alejada de lo real concreto y en Aristóteles es un género, inseparable de la especie y del individuo. De este modo es lo universal -lo colectivo, lo que tiene de pertenencia al conjunto-, el máximo valor del ser concreto, ya que lo que tiene de individual y de diferente es solo una parte diferenciada de su materialidad o como se dirá siglos después en la escuela tomista, su materia signata quantitate, es decir, su cantidad de materia concreta, captada por los sentidos.

Esta dicotomía es heredada y llega hasta nuestro siglo XX. En efecto, Emile Durkheim, fundador de la sociología francesa y maestro de antropólogos eminentes, lo tuvo muy en cuenta al considerar irrelevantes a los individuos. Afirma que las ideas y tendencias colectivas no brotan de las personas particulares, sino del cuerpo social en su conjunto; que los fenómenos sociales son exteriores al individuo y que se caracterizan, precisamente, por ejercer presión sobre las conciencias individuales. Lo ilustra con una analogía orgánica: la sociedad es al individuo lo que la célula, viva, es a los átomos de hidrógeno, carbono y nitrógeno que la componen, inertes y carentes de vida[3]. De igual manera, el antropólogo norteamericano Alfred Louis Kroeber afirmará que “la civilización, aunque sean los hombres quienes la impulsan y aunque exista a través de ellos, tiene entidad por sí misma y pertenece a otro orden de vida. La historia no se ocupa de los actores que producen la civilización, sino de la civilización como tal”. Y también que “la persona o el individuo no tiene valor histórico, salvo como ilustración”[4].

Estos extremismos se moderarán, ofreciendo una síntesis de ambos, con Abelardo, Alberto Magno, Tomás de Aquino, Duns Escoto y Guillermo de Ockham, entre otros

Pero yendo hacia atrás, esta dicotomía fue mantenida secularmente desde los griegos. En el medievo, se mantendrá tal cual fue planteado por Platón y Aristóteles, aunque con variantes interesantes, como son las corrientes nominalistas y realistas, tanto extremas como moderadas. Los realistas, como Anselmo y Guillermo de Champeaux, apuestan por los universales, por lo colectivo, como máxima realidad cuya existencia es independiente y aun anterior a las cosas mismas. Mientras que nominalistas como Roselino de Compiegne y Boecio apostaran por lo contrario; solo el individuo es lo real; lo universal es un mero sonido, un flatus vocis. Estos extremismos se moderarán, ofreciendo una síntesis de ambos, con Abelardo, Alberto Magno, Tomás de Aquino, Duns Escoto y Guillermo de Ockham, entre otros. Aunque esta moderación no será equilibrada; en dicha síntesis, tanto unos como otros subrayaran más lo universal o lo particular de las cosas, según sean más realistas o más nominalistas (como Escoto y sobre todo Ockham), aunque sigan admitiendo los dos conceptos unidos en los seres concretos e individuales.

Una gran influencia sobre este tema tendrá el pensamiento religioso. El cristianismo, basándose en la tradición tomista y escolástica, jugará con estos conceptos -convertidos en los dos conceptos más conocidos, cuerpo y alma-, para establecer dos cosas, por un lado, la explicación de nuestra presencia en el mundo y del mundo mismo, gracias al concepto de creación, y por el otro lado, establecer el dominio tanto sobre lo espiritual (Dios y el Papa) como sobre lo material (el rey o emperador, según los casos), ante los cuales nos sometemos en cuerpo y alma.

Lo importante era lo colectivo, el pueblo, la asamblea, los fieles o partidarios, sometidos a los poderes espirituales y terrenales simultáneamente. Se subraya sobremanera el poder absoluto que se ejerce sobre el espíritu y sobre la materia, en este caso Dios, quien delega en sus representantes en este mundo, el Papa y el rey. Ante él (y ellos) solo cabe, además de alabarles, arrodillarse, someterse, humillarse y pedir clemencia y perdón. Las monarquías absolutas beben de este diseño, el cual implica un modelo vertical de sociedad, en cuya base se halla el individuo masificado, despersonalizado, excepto a la hora de pedir responsabilidades y hallar culpables. El principio de individuación sigue siendo el cuerpo material, una materia que nos empequeñece y limita, pero mediante el alma pertenecemos al concepto universal de espíritu tan dependiente en su creación como el cuerpo, aunque inmortal, y que será sujeto de premios y castigos eternos. Un ser supremo (y sus representantes) dueño(s) de cuerpos y almas, de colectivos e individuos.

Este modelo habría de estallar por la fuerza, guillotinando tiaras y coronas, como así ocurrió en Francia con su revolución famosa. Hasta ese momento, el sistema económico era vertical y piramidal; muchos trabajando para unos pocos y todo regulado por la intervención poderosa del estado. Es el sistema llamado mercantilismo. Éste, como corriente de pensamiento económico, tuvo su máxima expresión en Francia en el siglo XVI bajo el mandato de Jean Baptiste Colbert, ministro de finanzas de Luis XIV. Durante su mandato, Colbert protegió e impulsó a las empresas agrícolas e industriales de Francia a través de subsidios, créditos y otras facilidades mientras que al mismo tiempo imponía fuertes restricciones a las importaciones. Uno de sus pilares fundamentales fue la creencia de que los países que querían mantener una posición relevante en el contexto internacional y desarrollar su poder, debían acumular riqueza (principalmente en la forma de oro y otros metales preciosos)[5]. Influido por el colonialismo y la gran cantidad de metales preciosos, materias primas y mano de obra barata que los países invasores pudieron obtener de ellas, el mercantilismo reforzó la idea de la acumulación de riqueza como reflejo de poder[6]. Sus principales medidas se centraron en tres ámbitos: las relaciones entre el poder político y la actividad económica; la intervención del Estado en la actividad económica y el control de la moneda.

Como vemos la tesis principal reside tanto en el poder del Estado como en el Estado como poder, encarnado en el Monarca -poder absoluto y teórico- y en su representante o ministro (Colbert, en este caso) -poder real-.

[1] Esta dualidad, como toda otra, no es otra cosa que una manera sencilla de organizar el mundo, es decir, “un artefacto de la psique” (Francisco J. Rubia, El pensamiento dualista. Ideologías, creencias, fanatismo. Ed. Laetoli-UPNA, Pamplona, 2019, pág. 13)

[2] En la República de Platón se le da prioridad al Estado. La ciudad se organiza con vistas al Bien general o universal, al que las personas particulares deben contribuir desde el puesto que se les asigna. Platón apuesta por una sociedad jerarquizada en la que la justicia consiste en ordenar las actividades individuales en relación con el conjunto.

[3] Xosé Ramón Mariño Ferro, “El individualismo en occidente (El homo sapiens en Metrópolis)”, ÁGORA (2019), Vol. 38, nº 2: 1-21.

[4] Id., id.

[5] El presidente norteamericano Donald Trump deberá rendir un homenaje a Colbert al copiarle con tanto descaro.

[6] Véase: https://economipedia.com/definiciones/mercantilismo.html

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