Desinformación bien informada

Como de repente los comentaristas políticos nos hemos vuelto locos/as, traidores o melifluos respecto a anteriores análisis. Ya no se trata de darle leña al mono (o a la mona) hasta que hable inglés, sino que ahora parece dominar el idioma de la «pérfida Albión» más fluido y aleccionador que los fonetistas de Oxford y Cambridge juntos. Para alguno de nosotros el denostado Ximo Puig, quien la semana pasada no le gustaba ni un peluquín, dicho sea, sin polisemias de artificios, ahora le parece todo un estadista capaz de superar a François Mitterrand, Olof Palme y, por supuesto, a Felipe González y Pedro Sánchez, por citar a parte del elenco más preciado de la pléyade socialdemócrata.

Para otros, la señora Bonig del PP, ayer insulsa y desposeída de las mínimas dotes de mando, hoy, poco menos que deja, nunca mejor dicho: «en mantillas», a Rita Barberá cuando estaba en su cenit como reinona de Valencia, o a Esperanza Aguirre cuando más que dama era de hierro. Resulta, por la dialéctica del «mutatis mutandis», que la presidenta del PP valenciano es tan insondable en su poder omnímodo, como el mismísimo Espíritu Santo la hubiera soplado, pero y también a la vez, axiomática como la virginidad de María, toda una cuestión de fe, si no ciega, al menos tuerta del ojo izquierdo. Y ya no digamos Toni Cantó, propuesto por Ciudadanos para ungirse como futuro presidente de toda la Comunitat, desvistiéndose un día de histrión, e inyectarse al siguiente bajo la piel de todo un gobernante de 5 millones de habitantes, más otro pico de foráneos, sean guiris o nacionales. Un Rubicón difícil de fiar simplemente porque Albert Rivera haya decidido su suerte, pues, aparte del vaquero Reagan, pocos han sabido atravesar el puente que lleva de la ficción a la realidad. Recitar lo mismo que dar trigo. Actor y autor no caben en el mismo costal.

Su exiguo apoyo por parte de algunos periodistas, incluidos los/as enchufados por el Botànic en la nueva Tele Visanteta, se queda en folklore de progres pueblerinos, en revista comarcal, en mig any fester

Nos queda Compromís, y Mónica Oltra, quien unos días parece Cruella De Vil en un Les Corts y otro Blancanieves en Orihuelica del Señor, según el color con que miremos el cristal de sus viajadas gafas. A lo que se puede ver, los nacionalistas del Cap i casal están echando el resto en la Nación Valenciana (que no tanto alicantina), y poco menos que casi nada les ocupa y preocupa la Corte madrileña. Son más cercanos a la ruta catalana, talmente como Raimon o Fuster, como alejados del republicanismo españolista de un Blasco Ibáñez o la burguesía intelectual próxima a lo Rat Penat. Su exiguo apoyo por parte de algunos periodistas, incluidos los/as enchufados por el Botànic en la nueva Tele Visanteta, se queda en folklore de progres pueblerinos, en revista comarcal, en mig any fester. Porque hablar o borronear de Podemos y Esquerra Unida no deja de ser un juego-fuego fatuos. Y lo escribo puesto que entre los propios, como el Coronel Buendía, no tienen quien les escriba un guión coherente, unificado coralmente y valido, pues siquiera entre ellos mismos saben redactarlo, cuando todavía andan peleándose en el paritorio sin dar a luz un programa creíble, al tiempo que sólo verbalizan las últimas ocurrencias de Pablo Iglesias y pareja, intentando salvar los trastos mínimos para la supervivencia y sueldo público de la jefatura, con boutades anticapitalistas de neoácratas, lo que las encuestas no les otorgan cara al futuro. Aunque, también es verdad, que algunos periodistas le remuerde la conciencia de otros tiempos, y le echan la mano al mendicante podemita, más como un acto de contrición con el pasado militante, que de credibilidad con el presente.

Y en esas estamos: entre las empresas propietarias de medios de comunicación a las que los partidos políticos prometen pagar anuncios, y eso lo saben bien sus directores/as de mucho café y comida privada con los elegibles, que no electos, que intentan venderles el enésimo cuento de la lechera. Como lo sabemos los periodistas, por «intuiciones» que nos llegan cada cuatro años. Y, en definitiva, supongo que lo sabe el lector, oyente o televidente, que nos suele perdonar esta circunstancial desinformación tan bien informada.

Quien no haya pecado venial o capitalmente, que lance el primer artículo.

 

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