Ya basta, porque lo digo yo

El diccionario define la eutanasia como la intervención deliberada para poner fin a la vida de un paciente sin perspectiva de cura, una muerte sin sufrimiento físico. En el mismo libro de consulta se encuentra que el suicidio es la acción de quitarse voluntariamente la vida –no deja de parecerme curioso el hecho de que se aclare que esto puede perjudicar gravemente a quien lo realiza– evidentemente, el diccionario no entra en cuestiones morales o religiosas.

Debatir sobre temas de humanidad es muy difícil y llegar a un consenso en posturas opuestas casi imposible, pero tenemos derecho a una existencia digna –en función de nuestro criterio de dignidad– y un ser humano debe poder decidir cuándo terminar con su sufrimiento y el sistema certificar que podrá hacerlo con garantías, en un entorno seguro y controlado, con profesionales que aseguren la paz en el tránsito y sin que se le criminalice por ello, ni se incurra en un delito.

La enfermedad crónica, terminal y limitante es algo injusto –más cuanto más joven es la persona, más cuando se trata de niños, más cuando uno se ha cuidado y mantenido unos hábitos adecuados– pero no discrimina, implacable. En todos esos casos, es el enfermo –el que padece– el único con potestad para decidir sobre su situación, aceptación de tratamientos y calidad de vida, y solo el enfermo. Es una decisión difícil de tomar y mucho más de respetar, cada caso es único y cada realidad también lo es. A ese respecto utilizo dos ejemplos altamente ilustrativos que son las realidades descritas en la novela Yo antes de ti de Jojo Moyes y la película La teoría del todo basada en el libro Traveling to Infinity: My Life with Stephen de Jane Hawking. En el primero, el personaje de Will Traynor queda tetrapléjico tras sufrir un accidente y en el segundo se describe el proceso de degeneración que el científico sufrió como consecuencia de la ELA y su relación con su mujer. La realidad de ambos es similar en cuanto a padecimiento, dolor, incapacidad y dependencia, pero la manera de afrontar esa situación, lo que implica y lo que les supone, es muy diferente. Will Traynor está decidido a terminar con su sufrimiento –independientemente de la voluntad y el dolor de sus padres, o de la irrupción en su vida de Louisa Clark–  mientras que Hawking luchó por reorganizar sus días demostrando una capacidad de adaptación lucidísima que lo mantuvo activo, brillante, hasta el momento final. Ambas posturas merecen mi máximo respeto y comprensión. Esa es la clave: tener libertad para decidir.

Querer salir del infierno no es reprochable, la capacidad de soportar tiene un límite, nadie debería verse obligado a sufrir y dado que no nos preguntan si deseamos venir considero un derecho propio el decidir si queremos irnos

Es un derecho el terminar con la postración y con el paso de las horas en una cama –con las múltiples situaciones indignas que eso conlleva–, con las noches de insomnio, la tortura de los desvelos nocturnos y la frustración absoluta, la insatisfacción permanente, la soledad interminable, el sinsentido del respirar –puede que con la ayuda de una máquina–. Querer salir del infierno –en el caso de que un enfermo sienta que vive atrapado en él– no es reprochable, la capacidad de soportar tiene un límite, nadie debería verse obligado a sufrir y dado que no nos preguntan si deseamos venir considero un derecho propio el decidir si queremos irnos. Es legítimo poder decir basta como también lo es el disponer de todos los medios y avances para seguir adelante y disfrutar –de manera diferente, el caso de Hawking es altamente ilustrativo– de un modo de vida en la que el cuerpo es prisionero de la enfermedad, pero existe cierta libertad en la mente que es la que decide.

¿Cómo alguien no puede entender que quiera escaparse de la postración de una vida vegetativa? ¿Cómo puede alguien negar el descanso a quien mantiene con vida una máquina? ¡Qué egoísmo más absoluto el de aquel que con tal de retenernos no empatiza con cuanto sentimos y prefiere mantenernos con tal de no aguantar sus propios remordimientos! La vida es un privilegio, una vida digna, y dado que hay muy poquitas cosas en ella que realmente elijamos –ni los padres, ni los estudios, ni el trabajo, ni siquiera la persona de la que nos enamoramos– es de justicia poder decir: “ya basta” ¿Qué es una vida digna? ¿Dónde están los limites y quién los decide? Desde mi punto de vista, solo el que padece puede decidir y el sistema –independientemente de su elección– garantizar que sus deseos serán respetados.

PD: Tanto los libros mencionados en este artículo como sus adaptaciones cinematográficas son magníficos, invitan a la reflexión, y una estupenda manera de ver dos caras de una misma moneda que nadie puede juzgar.

©Sonia Gonzálvez

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