‘Dolor y gloria’: El precio del talento

El universo de Almodóvar es inclasificable, pero a la vez es uno de los directores españoles que mejor ha reflejado nuestra cultura y que mayor capacidad tiene para emocionar y conmover al público. Su estilo provocador arrastra hordas de fieles defensores y férreos detractores sin dejar nunca indiferente a nadie. En esta ocasión ha decidido mostrarse a sí mismo mediante el personaje de Salvador Mallo, interpretado por un intermitente Antonio Banderas -en ocasiones forzado y otras convincente- como un director con una crisis creativa, que trata de superar una crisis tanto física como espiritual. La película carga con el reto de reflejar emociones tan amargas como la ansiedad, el remordimiento o la culpa; temas bastante recurrentes en la filmografía del manchego, que habitualmente los dibujaba en personajes externos (que probablemente también eran reflejo de sí mismo), pero que en ‘Dolor y gloria’ muestra sin pudor a un protagonista que no esconde el carácter autobiográfico del director.

Al ubicarse entre la infancia y la madurez, Almodóvar establece dos mundos muy diferenciados que justifican la realidad del protagonista, en lo que recuerda mucho a Woody Allen, Fellini o incluso Bergman

La estructura narrativa de la historia es similar a otras de sus películas, recordando inevitablemente a ‘La mala educación’, ‘Los abrazos rotos’ o la última ‘Julieta’. Juega constantemente con las sensaciones del Salvador adulto, que le llevan a reminiscencias de su infancia mediante flashbacks hilados magistralmente. El ritmo del film es equilibrado, juega con los tiempos de forma progresiva, yendo de menos a más, que encuentra el punto de inflexión en el genial monólogo de Asier Etxeandia, que abre la puerta a la sala más interesante de la película. Al ubicarse entre la infancia y la madurez, Almodóvar establece dos mundos muy diferenciados que justifican la realidad del protagonista. En este aspecto recuerda mucho a Woody Allen, Fellini o incluso Bergman.

Nuestro director más universal, con permiso de Buñuel, sigue marcando la pauta de cómo se debe realizar buen cine en España y en el resto del mundo

Formalmente la película es impecable de principio a fin. El director manchego hace gala de su fructífera experiencia como realizador y su exquisito gusto por el dominio del color y la composición de la mano de uno de sus directores de fotografía de cabecera, José Luis Alcaine. Cabe destacar el uso de la luz en la época infantil del protagonista contrastando con la oscuridad de su vida adulta, generando en ambas partes escenas memorables. La banda sonora de Alberto Iglesias es garantía de éxito como siempre. Nuestro director más universal, con permiso de Buñuel, sigue marcando la pauta de cómo se debe realizar buen cine en España y en el resto del mundo. En definitiva, el precio que debe pagar un genio es en ocasiones demasiado caro, pero si el resultado es una obra tan extensa como brillante merece muchísimo la pena pagarlo.

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