El batiburrillo político y Carmen Posadas

No sé de qué me extraño. Abierto –y aunque no lo estuviera– el periodo electoral, se desata la greña, la pelea a muerte entre los partidos políticos. Mucho más cruenta es la batalla en el interior de estos. ¿Quién dice que escasea el trabajo en España? Se busca y no se encuentran, personas a las que no les dé asco nada, que sean inmunes a limpiar restos de sangre, menudillos y trozos de toda clase de vísceras. En las sedes de los partidos vuelan las navajas barberas, las flechas venenosas y los disparos al descuido y por la espalda. Los despojos que tales muestras de compañerismo dejan en el mobiliario, los cadáveres insepultos, las huellas sangrientas en suelos y paredes, tienen que ser limpiados de inmediato para que los líderes puedan dar la cara con la sonrisa profident, como si allí no hubiese pasado nada. Todos compañeros, todo es felicidad y remar en la misma dirección, todo es preocupación permanente por el bienestar de los españolitos de a pie que son quienes les quitan el sueño en busca de iniciativas para su bienestar.

Fíjense en Alicante. Como si buscaran una aguja en un pajar, han andado escudriñando el panorama alicantino para encontrar dos mirlos blancos, dos candidatos independientes que acompañaran al líder franquista –escogido por Franco–. No los han encontrado y han armado una candidatura que lleva el fracaso escrito en la frente desde antes de nacer. Barcala está a punto de entrar en los bares diciendo a gritos: “Está to pagao”, para celebrar la victoria anunciada antes de que esta se produzca.

Fíjense en Castilla-León. La greña se escenifica en un partido hecho de retazos. Es un grito casi comunista. ¡Proletarios del mundo, uníos! Perdón. ¡Fugados de todos los partidos, meteos en Ciudadanos! Y Ahí los tienen. Francisco Igea –ex de UPyD– y Silvia Clemente –ex PP y otros ex notables que no hacen al caso aquí– pelean por presidir la comunidad. Siempre en beneficio de los administrados, solo faltaba. Ciudadanos, partido joven, íntegro y demócrata hasta la médula, ya ha pegado el primer gatillazo –como a Juan Carlos de Manuel, me empalma esto de los gatillazos–. La candidata del líder –chica maquillada, arregladísima y divina de la muerte– ha sido barrida por un abuelo calvo y con barba de cuatro días, tras revisar el escrutinio por sospecha de cocinado pucheril.

Se me abren las carnes, estoy dispuesto a invitarlos a un arroz de los buenos en El Maestral –aun esquilmando mi pensión–, solo de pensar en cuánto sufren trabajando por mi bienestar. Jamás alcanzaré a comprender y a valorar hasta qué punto se esfuerzan nuestros políticos para alegrar la vejez a un anciano inútil y que solo sirve ya para depredar a la seguridad social gastando recetas para sus mil y una dolencias.

Jiménez Losantos defiende que, si lo que se quiere es echar a Sánchez, deben unirse PP, Cs y Vox, para no desperdiciar votos que por sí solos no conseguirían escaños

Mi informador político de la derecha, Santiago, me dice que en la radio de J. Losantos, ha tenido lugar una ardua discusión política. Pedrojota –cabeza muy bien amueblada independientemente de otras consideraciones– defiende que, si lo que se quiere es echar a Sánchez, deben unirse PP, Cs y Vox, para no desperdiciar votos que por sí solos no conseguirían escaños. Abundo en esa tertulia que no he escuchado y la exhorto: únanse porque son iguales, derecha pura que no admite distinciones, salvo unas meras siglas que poco significan. Losantos y Del Pino defienden la no coalición porque ven a Vox adelantando a los demás. Avísenme, por favor,  si tienen noticia de eso por si estoy a tiempo de emigrar a Mauritania, a Senegal o a Guinea Conakry.

Y aquí me tienen, sumido en un mar de dudas y sin tener ni un motivo para salir del voto en blanco. Mientras tanto, como Boecio, el filósofo romano que se consolaba con la filosofía en la cárcel y antes de ser ejecutado, me consuelo con la buena literatura, remedio infalible para tanto sinsabor y tanta amargura. Me ha venido a la mano la última novela de Carmen Posadas, mi amiga. Una señora con una clase inacabable, que escribe como Dios – en el caso de que Dios exista y escriba algo– y que tiene una capacidad casi infinita para inventar y describir situaciones verosímiles e hilarantes. La vida misma. No sé cómo etiquetar La maestra de títeres, la novela de Carmen de la que les voy a hablar. No sé si decir que es una novela histórica -que lo es-, si es una novela costumbrista –que también lo es–, una novela satírica –exactamente lo es–, o una novela para echarse a llorar cuando retrata una sociedad superficial convertida, como en el arte de Cervantes, en un Patio de Monipodio, plagado de pícaros, chorizos de poca monta, fascistas de pedigrí, nuevos ricos, farsantes y expertos en el postureo.

Carmen Posadas retrata en Maestra de títeres la sociedad española de varias décadas, a través de Ina, de Beatriz, María, Alba, Herminia o Gadea. Una delicia en medio de la idiotez reinante

Saben de sobra que tengo prohibidísimo –me lo he prohibido a mí mismo– destripar novelas. Les diré que Carmen ⸻en una novela con incuestionable protagonismo femenino en sus personajes⸻ a través de Ina, de Beatriz, María, Alba, Herminia o Gadea, retrata la sociedad española de varias décadas. Da saltos en el tiempo magistralmente, pero no pierde el hilo ni un segundo, desenmascarando a los nuevos ricos, los que viven del cuento, los que andan a la caza y captura del incauto, los profesionales del postureo y los vividores de toda laya. Una delicia, queridos amigos, en medio de la idiotez reinante, disfrutar con la magnífica literatura que es capaz de dar a luz una mujer como Carmen.

Viene en unos días a Alicante  –y a Elda– a presentar su Maestra de títeres. Es casi una obligación, para inteligencias despiertas, desmenuzar con ella lo escrito y disfrutar con ella de su exquisita literatura.

 

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