Votar en tiempos revueltos

Cada día votamos más caretos y menos programa. Si sacamos las cámaras a la calle preguntando a Juan Español o Joan Alacantí sobre sus preferencias ante la urna, el 30% –según últimos sondeos– no lo tiene decidido; otro porcentaje, todavía por determinar en la amplia horquilla del 20% al 40%, siquiera sabe si va a votar otra vez; y sólo un 40% entre fijos fieles a las mismas siglas, y discontinuos mudables –pero cumplidores con su deber democrático–, son papeletas contadas.

Y esta vez –como todas– también nos jugamos mucho, o quizá más.

Primera ficha del parchís electoral: Europa. Cuando elegimos por vez primera a nuestros diputados en Bruselas, andábamos eufóricos porque de nuevo teníamos la mayoría de edad en el Viejo Continente, que durante 40 años nos quitó un golpista. Y estando en la UE éramos menos independientes, pero más fuertes y competitivos en el ámbito mundial. Entonces Europa ejercía como la panacea histórica donde cohabitaban solidariamente imperios que antes fueron enemigos, reconvertidos en frente común para librar la batalla económica contra Rusia, China y Estados Unidos; hoy, la gran muralla europea se resquebraja por la absurda tendencia aislacionista de los ingleses, que no de toda la Gran Bretaña, cuando un día votaron aquel Brexit propuesto por un primer ministro gilipollas, que, queriendo enfriar el Canal de la Mancha, salió escaldado. Y ahora muchos súbditos de Su Majestad quieren desdecirse. Pero con ser grave esta tendencia de quienes siempre circularon por otra dirección, nunca se fían de otra moneda que no sea la propia, y todavía echan de menos a Nelson, más grave es el resurgimiento del Eje anterior a la Segunda Guerra Mundial. La ultraderecha gana espacio en los envases de la misma voluntad popular que tarde o temprano intentará enterrar arguyendo orden –ellos– contra caos –el resto–.

También en España la ultraderecha sube a imagen y semejanza del Occidente neoreaccionario, pero al menos aquí, tal que así se está demostrando en Andalucía, la derecha clásica amortigua pretendidas intolerancias. Mientras a la izquierda sólo remontan unas iniciales, las del PSOE, pero a costa del desencanto con-contra Podemos, fagocitado por la democracia burguesa. Mientras, la tercera pata que derribó a Rajoy, es decir: los independentistas, sólo piensan en morir (155) matando las libertades del resto de Cataluña.

Ximo Puig quiere romper la baraja, pero como lo haría un mago prestidigitador, o sea, recogiendo los trozos de naipes desperdigados, y voilà: dejándola intacta e impoluta para próxima mano con un nuevo tripartito Botánico

Y en la Comunitat Valenciana, Ximo Puig quiere romper la baraja, pero como lo haría un mago prestidigitador, o sea, recogiendo los trozos de naipes desperdigados, y voilà: dejándola intacta e impoluta para próxima mano con un nuevo tripartito Botánico. Ni Compromís, ni lo que queda de los podemitas, se lo van a permitir porque bien saben que el President intenta aprovechar el rebufo que le proporciona Pedro Sánchez en las generales. Y los enemigos en Madrid son los adversarios en Valencia.

Ya han dicho en Ciudadanos que quieren mandar en la Alcaldía de Alicante. Y no se conformarán con firmar decretos en funciones cuando no esté el popular Luis Barcala. Las encuestas, de momento, pintan bien para los/as de Albert Rivera. Pero la demoscopia, a día de hoy, ha mudado de solvente ciencia especulativa en callejero tocomocho benidormí; por lo cual, y antes de mirar los resultados, echamos un vistazo a ver quién la paga. Aquí ya nadie se fía de nadie.

¿Alguien me garantiza que no caeremos en los mismos errores fratricidas desde nuestros tatarabuelos a nuestros padres?

Escrito lo anterior, y entrando en populares dichos caninos: «mala cara trae el perro» y «no me gusta como mea la perrita». Mala cara porque cada día, políticos y comentaristas de la cosa pública, se refieren a la España convulsa y sangrienta de los años 30 del pasado siglo, haciendo paralelismos con la actual. Tampoco me gusta que la perra independentista orine fuera del tiesto, porque mancha la Constitución, y eso tiene mal arreglo como nos demuestra nuestra más cainita Historia Contemporánea. ¿Alguien me garantiza que no caeremos en los mismos errores fratricidas desde nuestros tatarabuelos a nuestros padres?

Vamos a serenarnos todos, o lo peor estará por venir. Es hora de releer a don Manuel Azaña.

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