Futuro al regreso

Si digo que en estas elecciones a cuatro bandas nos jugamos la paz o la guerra del país, me llamarán “alarmista” y “reaccionario”. Si ironizó sobre la tontuna de una diputada de Compromís, asegurando abiertamente que nuestra Sanidad Pública no debe aceptar el regalo “perverso” de uno de los mejores aparatos exploradores del cáncer, donado por Amancio Ortega, dueño de Zara, entre otras muchas empresas textiles, arguyendo en contra de ese mecenazgo, que el donante explota mujeres en sus factorías del tercer mundo, vocearán a gritos para tacharme de “machista” y, adjuntamente: “incorregible facha derechoso”. Si de nuevo solicito trasvases acuíferos en desembocadura para regar unos eriales que podrían ser la huerta de Europa, mientras que ahora sólo “mojan” el mar, me acusarán de ser insolidario tanto con Castilla la Mancha como con Els Països Catalans. Si pregunto por qué las fechorías prevaricadoras del Caso Brugal, siguen apestando con su basura sin que los tribunales las haya bardeado en 10 años, probablemente me culpen de no ser “suficientemente garantista”. Si me planteo, por aquello de los tiempos de crisis, menos dinero para la inmersión lingüística y más para el empleo, entonces seré un potencial votante de Vox. Si intento cotejar y entender por qué la enseñanza privada obtiene mejores resultados globales que la pública ante el mismo examen, está claro que soy un malintencionado e inoportuno inquisidor. Y así podría seguir cuestionando obviedades hasta llenar el Espasa de 24 volúmenes, o un pendrive con varias gigas. A mal seguro que desde la izquierda me tachen de retardatario revisionista, y desde la derecha de peligroso fisgón.

Si muchos profesores de la privada se esmeran más allá en sus docencias que los de la pública, es porque un contrato profesional se rescinde cuando así lo estime el patrón, mientras que a un funcionario no lo echan ni con agua hirviendo

Pero bien saben ustedes, sufridos lectores/as, que este país ha tenido tres cainitas guerras civiles en menos de 100 años (carlistas contra borbones, fascistas contra republicanos, etc.); que las vociferantes amazonas del feminismo capador del macho, nunca acoplan la inteligencia convincente al chillido irracional; que la Justicia, a los primeros que enchiquera es a quienes la acusan de ser más lenta que el caballo del malo; que hay mucho más valencianoparlante de colegio que de nacencia, cuya pose discursiva pública poco tiene que ver con la parla privada. Y, por concluir: si muchos (no todos) profesores de la privada se esmeran más allá en sus docencias que los de la pública, es porque un contrato profesional se rescinde cuando así lo estime el patrón, mientras que a un funcionario no lo echan ni con agua hirviendo; lo cual no quiere decir que entre estos últimos no se den excelentes maestros en el más digno y amplio sentido de la palabra: “Educación”.

Bueno, ahora queda lo de Vox. Vaya palizón que le dimos ellos a nosotros. No han nacido por generación espontánea como brezales del sepulcro de Francisco Franco. Tampoco pintaban nada hace apenas dos años, salvo cuatro correajes desusados y alguna camisa azul en rancia manifestación del 20 de noviembre, que al disolverse cantándole al aguilucho toledano cabía toda en un microbús. Siquiera los ha pagado la ultraderecha europea para que le den por saco a la excesivamente autonomista y consentidora con la emigración, democracia española. Han llegado, encima para quedarse, por la inoperancia del bipartidismo, que ha inoculado su mal endémico (de alternantes vividores) a quienes, paradójicamente, venían a curarlo: Podemos y Ciudadanos.

Algún ideólogo independentista confesó que no le importaban decenas de muertos si la estelada derrotaba a la roja y gualda. Lo que el imbécil bocazas no quiso recordar es que en esta piel de toro siempre empezamos en guerrillas y acabamos en cientos de miles de cadáveres

Lo peliagudo de las urnas entre abril y mayo, es que ya no se juega un programa político (al menos sobre el papel y la pantalla) entre liberales y socialdemócratas, cada cual con sus aláteres. Sino la propia supervivencia de una nación; y eso, por lo que nos cuenta la Historia, esa misma que los políticos no se dignan en releer, siempre acabó fratricida entre nosotros. De hecho, algún ideólogo independentista confesó que no le importaban decenas de muertos si la estelada derrotaba a la roja y gualda. Lo que el imbécil bocazas no quiso recordar es que en esta piel de toro siempre empezamos en guerrillas y acabamos en cientos de miles de cadáveres. Mis exageraciones las tienen ustedes calcadas en cualquier libro de texto sobre los pasados siglos XIX y XX. Ante eso, el feminismo intolerante, la Justicia tarda, la lengua involuntaria, o la enseñanza indocta, me parecen minucias. Cuidado.

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