Verdades a medias y mentiras completas

La política, ese arte en el que los hombres se empeñan desde que se bajaron de los árboles y comenzaron a vivir en comunidad en hordas que buscaban comida, con el lenguaje como principal medio de comunicación, es un teatro de vanidades donde casi todo, o mejor dicho todo, es pura fanfarria, puro postureo y pura apariencia. Estamos acostumbrados, porque las campañas electorales ya las hemos sufrido por docenas, a que nos coman la oreja con promesas que luego no se cumplen y a que todo siga igual que estaba. Nunca nadie se ha querellado contra ningún político por lo que tendría que ser, sin forzar mucho el derecho, falsedad en documento público. Usted ha dicho en reiteradas ocasiones que iba a hacer tal y tal y tal cosa. Y no ha hecho absolutamente nada. ¡Ahhhhh! Se me olvidaba que tiene usted la excusa perfecta: la herencia recibida. A eso todos los políticos se agarran como a escalera de salvación. Usted me prometió en la campaña electoral, con la intención evidente de que lo votara, que llevaría adelante no sé cuántos proyectos. Usted no ha hecho nada. Mintió para ocupar su poltrona y tener el sueldazo y las prebendas  de que disfruta. Usted cometió falsedad y esto no puede quedar como si no hubiese pasado nada.

Hiram Johnson, un senador americano, rememoró en 1917 al autor griego Esquilo cuando dijo, refiriéndose a la Primera Guerra Mundial: “la primera víctima de las guerras es la verdad”. En las guerras todos mienten como bellacos y se arrogan éxitos y heroicidades que jamás tuvieron lugar. Y tendríamos que añadir: “y la primera víctima de las campañas electorales”. Winston Churchill, aquel genio inglés de la política, literalmente conservado en alcohol porque se lo recetaron como tratamiento en un atropello que sufrió en Nueva York, modificó  la famosa frase exclamando: “En la guerra, la verdad es tan preciosa, que debería ser protegida por un guardaespaldas” Y yo ampliaría sin pensarlo: “ y en las campañas electorales también”.

En los partidos políticos se anda con chaleco antibalas, en las sedes, en los bares de los alrededores, en mil conciliábulos y en centenares de camarillas de conspiradores, se reflexiona y se estudia, se investiga y se planea cómo eliminar al contrario

Ya estamos metidos hasta las orejas en campaña electoral, si es que alguna vez dejamos de estarlo. En los partidos políticos se anda con chaleco antibalas, en las sedes, en los bares de los alrededores, en mil conciliábulos y en centenares de camarillas de conspiradores, se reflexiona y se estudia, se investiga y se planea cómo eliminar al contrario que, paradójicamente, no vive en la sede del partido contrario sino en el propio. Vean, si no, las programaciones de Franco – Ángel, no Francisco-. Vean cómo se inventa un candidato y monta un debate que es un monólogo porque los otros dos – Asensi y Montesinos- quieren hacerlo en un salón con capacidad para mucha gente y Franco lo quiere hacer donde no caben ni los familiares de quienes tienen que discutir. La peor frase que se puede escuchar en política es: “esto no es una cuestión personal”. Si oyes eso prepárate a ser apuñalado sin compasión porque no es una cuestión personal, sino profesional, de partido, política, empujada por las circunstancias, etc.…Te quieren, mucho pero pueden asesinarte sin otra explicación.

Los políticos aprenden teatro para escenificar bien su mercancía, aprenden a “vender el peine” pero no aprenden historia ni literatura, por ejemplo. Vean, si no me creen, cómo Aznar confundió en su momento al Príncipe de la Paz – Manuel Godoy- con el Príncipe de Asturias, Fernando VII un rey nefasto al que su propia madre calificaba con adjetivos que no podemos reproducir por si hay niños leyendo esto. Vean cómo Pedro Sánchez, o la que ha dado forma literaria a su libro – que se apunte al Taller de novela histórica que tiene lugar en la Sede de la UA en Canalejas-, confunde a Fray Luis de León con San Juan de la Cruz. Y a partir de aquí recibe cera hasta cansarse que, entre eso y el cambio de colchón, ya tienen la campaña hecha.

En las próximas elecciones nos jugamos volver a la España nacionalcatólica, al imperio del capital y a los fondos buitre como gestores de las pensiones y de los centros de salud en los que los ancianos pasan media vida esperando pruebas médicas y recetas para males tan irremediables

Una cosa está clara en la vorágine electoral que se nos viene encima: por primera vez en muchos años – la ultraderecha franquista, de Francisco, no de Ángel- ha irrumpido en el panorama y ha fagocitado cualquier idea moderada que tuvieran las otras dos derechas en liza. En las próximas elecciones, con Vox rampante, nos jugamos volver a la España nacionalcatólica, al imperio del capital y a los fondos buitre como gestores de las pensiones y de los centros de salud en los que los ancianos pasan media vida esperando pruebas médicas y recetas para males tan irremediables como las montoneras de años que acumulan. Es lo que tiene la derecha trifálica, en expresión afortunada de la ministra de justicia, que dicen que los viejos viven más de la cuenta y que les resulta mucho más rentable morirse o jubilarse con setenta años – ver declaraciones de Cristine Lagarde musa del FMI- y luego les piden el voto con la jeta más dura que un jabalí tridentino.

Y aquí me tienen a mí, desahuciado de Dios y de los hombres y metido de lleno en el pelotón de los indecisos. Entre el partido de los animales y el de la marihuana, mi única idea clara es no votar nunca a la derecha e iniciar una novena cuaresmal ahora mismo para evitar lo que parece inevitable:  la trifálica votara en coalición a partir del 28 de abril si Dios, o quien corresponda, no lo remedian. Leo a Juan Carlos de Manuel – genio de los artículos barroco-inspiradísimos -: “Eduardo Zaplana recibía en el hospital a sus testaferros para darles instrucciones. La cosa nostra”.¡La virgen del pincho!!!!! ¿Quién vigilaba ese módulo penitenciario? ¿Villarejo y los integrantes de la operación Kitchen?

De todas formas – y dejando claro que no me alegro del encarcelamiento de Zaplana al que no conozco- hay que dejar constancia escrita de la capacidad taumatúrgica de la prisión. Dicho para entendernos: la cárcel – que todos predican como nefasta e inútil- hace milagros. Para muestra dos botones: Don Eduardo entra en ella, aquejado de una grave enfermedad. Los médicos lo envían al Hospital – al módulo carcelario-. Se levantan mil voces pidiendo la libertad y la jueza se resiste. Sigue hospitalizado. Cuando se van aclarando las cuentas en el extranjero y tal y tal, la jueza decreta su libertad – desde el hospital donde estaba ingresado-. Nada más obtener la orden de libertad. ¡¡¡¡Ta, ta channnnnnn!!!!!! Recibe el alta.

Más cerca todavía. Vemos en todos los periódicos y televisiones cómo una señora – imputada por el asesinato del marido reciente- es trasladada a los juzgados en volandas por la policía. Totalmente paralítica. Imposible que se mueva por sí misma. El juez decreta la prisión y al cabo de poco tiempo, sale de Fontcalent andando.

¿No deberíamos cambiar la romería de la Santa Faz – ahora que ya ni quedan monjas allí-? Propongo una romería a Fontcalent con velas, palios, incensarios, cánticos piadosos y fieles peregrinando de rodillas. Ahí, en las cárceles, sí que se producen milagros demostrables.

¡Señor! ¡Llévame pronto!

 

 

Si deseas aportar tu opinión sobre esta noticia, por favor, deja aquí tu comentario.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.