‘El reino’: Adrenalina en las alcantarillas del estado

En cualquier ámbito de la vida o de la sociedad el poder tiene un papel fundamental, y guía en muchos casos, las decisiones y el rumbo de todos aquellos que aspiran a él. ‘El reino’ se trata de un cuadro que pudo haber pintado Velázquez en el que vemos reflejado fielmente el carácter español. En este caso contextualizado en una trama de corrupción política, pero que realmente puede extrapolarse a cualquier otro ámbito de la sociedad española, donde la figura del pícaro ha existido y existirá siempre en nuestro país. Sorogoyen consigue en su cuarto largometraje asentarse como uno de los mejores directores de thriller del panorama español actual. Ya en la excelente ‘Que Dios nos perdone’, que fue ganadora del premio al mejor guión en el Festival de San Sebastián entre otros premios, muestra un estilo personal claro en el que prima sobretodo un ritmo fatigante, que consigue con mucho movimiento de cámara —recuerda mucho a Aronofsky—, un guión muy elaborado con brillantes giros dramáticos y una dirección de actores donde demuestra una gran capacidad para obtener personajes muy creíbles.

La película gira en torno a Manuel, un político autonómico que en pleno éxtasis económico —la historia sucede en 2007— lleva, junto a sus compañeros de partido, una vida de lujo y ostentación desmedida gracias a diversas chorizadas, mordidas y corruptelas varias a las que, por desgracia, todos estamos tan acostumbrados hoy en día.

El morbo que sugiere conocer la vida cotidiana de estos estafadores crea algún que otro momento cómico que recuerda a la divertidísima y original ‘Selfie’

Pero lo realmente interesante de la visión del director es que nos muestra a un hombre que lucha por sobrevivir, sin entrar en juicios morales. Usa un tono en el que muestra la realidad tal como es, sin ningún tipo de filtro, donde el espectador puede llegar a compadecerse del personaje, o por el contrario, detestarlo enormemente. Juega con una escala de grises magnífica en la que podemos ser testigo de todo lo que no vemos en los medios de comunicación, y adentrarnos en los comportamientos reales de nuestros corruptos y verlos tal y como son: unos pandilleros. El morbo que sugiere conocer la vida cotidiana de estos estafadores crea algún que otro momento cómico que recuerda a la divertidísima y original ‘Selfie’.

El peso absoluto de la película lo lleva Antonio de la Torre que vive desde hace muchos años en un perpetuo estado de gracia, pero también muy buenos secundarios, de los que destacaría a un tenebroso Josep María Pou, un carismático y potente Luis Zahera y la siempre sutil y exacta Bárbara Lennie. De la Torre crea un personaje con un amplio abanico emocional, una auténtica ruleta rusa, que pasa por la euforia, el miedo o la rabia
sin despeinarse de forma magistral como nos tiene acostumbrados. Otro de los aspectos a destacar es la utilización de la música electrónica como potenciador de ese ritmo frenético. Este recurso es utilizado en muchas ocasiones por el director italiano Paolo Sorrentino, que visualmente no tiene nada que ver con Sorogoyen, pero en este aspecto sí son similares en cierto modo. El comienzo del film mediante un plano secuencia subjetivo y música electrónica hace un claro homenaje al mítico plano secuencia de ‘Uno de los nuestros’ y consigue introducirnos acertadísimamente en la historia, siendo para mí uno de los mejores golpes de efecto de la película.

Estamos ante un trabajo contundente, directo y adictivo. El único momento que no llegó a convencerme del todo y me dejó un poco frío fue el final, que desde mi punto de vista se podría haber solventado de forma diferente. En definitiva, estamos ante el comienzo de la madurez de un director que ya no promete, sino que pisa fuerte, y que seguro nos brindará futuras películas de gran valor cinematográfico.

Con la inminente llegada de la gran fiesta del cine español, los premios Goya, Sorogoyen, que ya “perdió” el premio a la mejor película, disputado con “La isla mínima”, este año sería de ley otorgarle el gran galardón por “El Reino”. Pero nunca se sabe, ya que este año compite con la muy políticamente correcta “Campeones” que parece querer arrasar por integrar socialmente a las personas discapacitadas. Hagan juego.

 

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