Políticos a la caza

Considero a los políticos —casi todos— profesionales de vivir del cuento. Se hacen lenguas de lo que trabajan, de las horas de insomnio, de cómo han tirado por la borda su vida personal y se han dejado el pellejo por la causa pública. Mi pregunta siempre ha sido la  misma: si tan sacrificado es ese negocio ¿cómo es que hay guantazos y puñaladas  por colocarse en una lista, por ser culiparlante, por disfrutar de los aforamientos y los privilegios de ser diputado, eurodiputado, senador u otra canongía en la que llevarse siete u ocho mil pavos al mes, trabajando menos que el sastre de Tarzán? ¡Qué sacrificada es la entrega a la causa pública, cuantas noches sin dormir buscando el bienestar de sus ciudadanos! Es casi como una religión, como la entrega de la monja hospitalaria que cuida  infectados de ébola en la selva congoleña. ¡Lo de la monja tiene menos mérito —dicen sacando pecho— ella busca el cielo y nosotros lo hacemos por altruismo, por vocación de servicio!

Todo político que se precie tiene un gabinete de prensa o un ‘community manager’ que diariamente le cuenta cómo va la película: subimos en intención de voto, las preocupaciones de la calle van tal sentido, la gente pide tal o cual cosa, hay sentimientos de frustración por este o aquel problema… A eso lo llaman seguir el pulso de la calle, tomar la temperatura a los problemas sociales.

He  trabajado cerca de algunos políticos —muy buenos muchos de ellos— y he visto cómo se bandeaban otros: la gente les importa mucho menos que su sueldo, sus prebendas y su sillón. Créanme que soy un desahuciado sin el menor empeño en engañarles porque mi situación es ciceroniana. Nec metu, nec spe. No tengo miedo ni esperanza, por eso soy libre.

Cuando Franco liquidó a los últimos etarras y a tres desgraciados del FRAP la pena de muerte se terminó en este país y quedó como pena más grave la reclusión mayor

Cuando Franco mandaba, el código penal sanguinario que se saco de la bocamanga —penas de muerte aparte para los enemigos del régimen— tipificaba la pena máxima de treinta años. Cuando Franco liquidó, en los estertores de su régimen, a los últimos etarras y a tres desgraciados del FRAP, la pena de muerte se terminó en este país y quedó como pena más grave la reclusión mayor, o sea, los treinta años de trullo ya dichos.

El presidente Aznar, en su infinita sabiduría y para despistar del gran lío de los hilillos de plastilina del Prestige, en plenas navidades de 2002, reunió a sus ministros y a los jefazos de su partido y se sacó de la manga una norma en plan cortina de humo: cumplimiento íntegro y efectivo de las penas privativas de libertad para los etarras. Los beneficios penitenciarios se aplicarían sobre la totalidad de las condenas y no sobre los treinta años que tenían casi todos por la vieja ley franquista que acumulaba todas las condenas en una sola. Un brindis al sol porque los ya condenados seguían igual por la famosa irretroactividad  de la ley penal más desfavorable. En definitiva, y para no liarles, la pena máxima pasa de treinta a cuarenta años, lo cual no es ninguna tontería que cuarenta años de talego no son una broma como tampoco lo son las atrocidades por las que a uno le puede caer dicha condena.

Me robaron la cartera con 180 pavos en el mercadillo de la Santa Faz y una Yamaha Magestyc en la puerta de la Diputación y, en ese momento, yo habría querido estrangular a los ladrones y colgarlos en los ficus de la plaza de Correos

España es un país con un índice de criminalidad mucho más bajo que todos los de su entorno: 0,8 homicidios por cada cien mil habitantes, cuando en Grecia, por ejemplo, es el doble. No obstante ser un país seguro, los delitos y los delincuentes son como los pobres del Evangelio: siempre estarán con nosotros. Con los delitos pasa como con los dolores. No hay peor dolor que el que cada uno tiene. A mi, por ejemplo, me robaron la cartera con 180 pavos en el mercadillo de la Santa Faz y una Yamaha Magestyc en la puerta de la Diputación y, en ese momento, yo habría querido estrangular a los ladrones y colgarlos en los ficus de la plaza de Correos para que fuesen pasto de los buitres. Por eso no es bueno encontrar y proponer medidas penales en caliente.

No obstante ser España un país muy seguro, la realidad nos golpea con saña cuando menos lo esperamos y un psicópata Bretón mata a sus hijos en Córdoba, o un Chicle desalmado asesina a Diana Quer en Coruña, o una mujer sin entrañas mata al ‘pescaito en Almería’ o un hijo de puta de libro viola y asesina a una chiquilla que había ido a Huelva a buscarse la vida como profesora. Todo lo anterior presuntamente, salvo el que ya tiene una sentencia firme. Los políticos cazadores de votos se tiran al ruedo como si fueran Costillares o Pepe Hillo durante el reinado de María Luisa de Parma —reina de vida muy disoluta pues hasta Pío Baroja deja claro que ninguno de los hijos que tuvo lo fue del marido—. Los políticos huelen el voto explotando los legítimos sentimientos indignados y se sacan de la manga la prisión permanente revisable como si fuera la panacea para que nunca vuelvan a producirse tales conductas monstruosas.

Si un individuo psicópata secuestra a una chiquilla indefensa y la viola y la asesina, ya tenía el código penal herramientas antes de esta Ley, hecha para mayor gloria de sus diseñadores

La evidencia  demuestra lo iluso de sus afirmaciones: la prisión permanente revisable, remedio infalible, ya estaba vigente y no impidió la actuación del Chicle ni la de Montoya, no impidió la muerte de Diana Quer ni de Laura Luelmo ni del chiquillo de Almería. No me voy a poner a defender al Chicle ni a Montoya ni a Julia, desalmados que arruinan vidas —solo faltaría— pero sí me atrevo a definir esa ‘pena estrella y publicitaria’ como innecesaria, un marketing basado en el miedo y el sufrimiento. El Código llamado de Belloch o de la democracia eliminó aquel coladero franquista llamado ‘redención de penas por el trabajo’: se redimía por no hacer nada y, si se hacía algo, se redimía doble en una prostitución legal que solo Belloch fue capaz de cargarse. Si un individuo psicópata —tiene mala leche, carece de sentimiento de culpa, no se sabe por qué es así y no hay modo de curarlo— secuestra a una chiquilla indefensa y la viola y la asesina, ya tenía el código penal herramientas antes de esta Ley, hecha para mayor gloria de sus diseñadores —se aprobó en 2015 solo con los votos del PP—. Con todas las agravantes de abuso de superioridad, alevosía, nocturnidad y todas las que encontremos, se le meten quince años por la violación y veinticinco por el asesinato y va arreglado, salvo que queramos restaurar el garrote vil.

¿Es compatible la prisión revisable con el régimen abierto, cuanto tiempo debe pasar para eso?

¿Qué hay que hacer después? Poner a los equipos de las cárceles a trabajar y que dejen los informes mecánicos y de ‘corta y pega’, que sepan clarito que no todo el mundo es reinsertable, que carcelear y desempeñar un destino y ser muy buen preso, no es sinónimo de ser buen ciudadano. Que el principal criterio para permisos y terceros grados y libertades condicionales no es si, el criminal en cuestión, ha hecho  un curso de fontanero, ha sacado el graduado escolar, ha aprendido inglés o informática en la cárcel, sino valorar si ha interiorizado las reglas del juego y tiene la intención de vivir respetando la ley. Volvemos con el problema del espacio. No puedo entrar en más honduras pero tengo mil preguntas. ¿Son en América, con cadena perpetua y pena de muerte, inferiores los porcentajes de asesinatos? ¿Qué plazos piensa este legislador de derechas, con los socialistas paralizados y a rebufo, poner a la prisión revisable para permisos, progresiones de grado o libertad condicional? ¿Qué piensa hacer si, antes de los plazos de revisión —25 años he oído— cumple el penado 70 años? ¿Es compatible la prisión revisable con el régimen abierto, cuanto tiempo debe pasar para eso? Las diarreas legislativas, el sacar artículos del código penal para que parezca que uno está muy preocupado por la ciudadanía suele acarrear problemas. Un blufff.  Ya lo decía Romanones: Usted haga la ley y déjeme que yo haga los reglamentos.

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