Consumo y Filosofía

Podría parecer que comparamos algo profundo, la filosofía, con algo trivial, el consumo. No es así. El consumo, lejos de parecer algo superficial —todos consumimos y aparentemente el simple consumo carece de cualquier otra dimensión oculta o profunda— es algo que está vinculado con el modo de funcionar una sociedad y, déjenme que les sorprenda, con la Filosofía; aún añadiría que se halla vinculado con esa parte más profunda de la Filosofía que es la Metafísica. En efecto; en Metafísica, esa disciplina que, desde una mirada elevada y total, fundamenta y organiza la compleja realidad como un sistema bien estructurado y relacionado, hay dos conceptos que articulan un modo de ver y entender el mundo y las cosas, de ver y entender lo humano y lo divino. Tradicionalmente, estos dos conceptos son la sustancia y la relación.

1) Desde la sustancia: la vida, el ser humano, las cosas, tienen sentido porque son, porque gozan de una entidad, porque poseen una constitución que les hacer ser lo que son y no otra cosa y, además les sirve para justificar por qué son y por qué existen —¿por qué hay algo en vez de nada?, se preguntaban los filósofos—. Se deriva un cierto inmovilismo sustancial, por más que desde Aristóteles estuvieran empeñados los filósofos en justificar las relaciones posibles entre esas sustancias, inmóviles e impermeables a las influencias externas. Con las sustancias solo se pueden establecer jerarquías, sobre todo ontológicas. Quien tenga mayor plenitud de ser es el primero —Dios— en la jerarquía; a partir de él hay una degradación ontológica, una bajada jerárquica, a saber, el hombre, los animales y las cosas, dicho a grosso modo. En el fundamento del individualismo se halla sin duda esta concepción sustancial descrita. Y en el individualismo se halla el fundamento del pensamiento liberal. La fragmentación social, resultado del individualismo, es resuelta en virtud de los vínculos que una entidad superior, religiosa —la dependencia divina: somos hijos de Dios, o bien la asamblea o ecclesía cristiana, en tanto estamos hermanados por una misma creencia— y/o política —somos súbditos de un monarca, o bien, nacidos en una misma patria—, nos acaba imponiendo.

La Revolución francesa no fue solo una revolución política y social, lo fue igualmente económica. Con la cabeza del Rey cayó también el concepto de empresa circunscrita a la fratría, al suelo y a la jerarquización de trabajadores

En este caldo de cultivo surge un precapitalismo basado en la producción de grupos específicos —o gremios [canteros] como agricultores, campesinos, etc.— en el que en cada grupo se cultivaba la fratría, es decir, se configuraba una psique colectiva en torno a un símbolo relacional y co-implicante —como los símbolos masónicos—, lo que no dejaba de implicar igualmente luchas y envidias fratricidas y cainitas. La fraternidad implicaba, a su vez, la dependencia del padre y de la madre y la jerarquización de la prole. Esta fratría o grupo gremial producía un tipo determinado de producto o productos que luego se intercambiaba por otros en el mercado de la ciudad, o bien se hacía ese intercambio indirectamente por mediación del dinero.

La Revolución francesa no fue solo una revolución política y social, lo fue igualmente económica. Con la cabeza del Rey cayó también el concepto de empresa circunscrita a la fratría —el gremio—, al suelo y a la jerarquización de trabajadores, al esencialismo laboral —todos los seres funcionan, hacen, según su naturaleza, que desde Aristóteles es un axioma sustancialista—. Surge entonces una nueva concepción de producción, de negocio, de empresa basada más en relaciones que en esencialidades. Cada elemento relacional es importante por el papel que desempeña en este tejido relacional; ya no hay una jerarquía ontológica, sino administrativa o estratégica, según la red relacional establecida. En esa red, cada uno debe desarrollar sus propias capacidades y mejor si éstas se adaptan a ese tejido de relaciones. Esa capacidad de poder desarrollar cada uno sus propias capacidades según el lugar que ocupe en ese entramado relacional, exige la libertad. Descartado el esencialismo, surge el empirismo —Locke, Hume, Berkeley— como la filosofía —no esencialista— de las relaciones y con ellos el planteamiento de Libertad. No hay esencias, sino suma de relaciones.

Estas preocupaciones llegan hasta los ilustrados franceses, aunque Rousseau no se atreve a considerar su Volonté générale como la suma de voluntades de la gente y se refugia en un residuo esencialista, que le vendrá muy bien a Kant, una Voluntad que reside por igual en todos los humanos y tiende hacia la libertad. El individuo, de todas formas, toma preeminencia y de esta manera la sociedad tiende hacia el individualismo y, por consiguiente, hacia su fragmentación. Y toda sociedad necesita un engrudo que una a los individuos, a sus componentes, bien formando un gran conjunto —o sumatorio— o bien formando un todo.

El imperativo categórico kantiano es un residuo esencialista que mediante la interiorización del deber por sí mismo mantiene al hombre unido a la colectividad y obediente a las normas y a las leyes

A partir del s. XVIII hay dos maneras de evitar esa fragmentación, una vez eliminadas las monarquías absolutas. Una de ellas, preconizadas por Rousseau y Kant y que posteriormente R. Dahrendorf volverá a resaltar, en 1959, el ser humano interioriza las normas y valores que se imponen internamente por el sentimiento de culpa y externamente mediante premios y sanciones. El imperativo categórico kantiano es un residuo esencialista que mediante la interiorización del deber por sí mismo mantiene al hombre unido a la colectividad y obediente a las normas y a las leyes, es decir, al poder. La otra manera la preconizan los contractualistas, como Hobbes; éstos dirán, sin embargo, que lo social queda establecido por la necesidad de los agentes sociales en cumplir el pacto que se han dado de convivir juntos. Este cumplimiento de lo pactado es el concepto de Justicia.

En suma, el mercado, como conjunto de relaciones necesarias para intercambiar mercancías por mercancías o mercancías por dinero, con el fin de dotar a la población alimentos necesarios para su consumo y satisfacer otras necesidades no alimentarias, es el mercado de consumo. Y, dato importante, la producción no es acumulativa.

2) Desde la relación, segundo concepto trascendental metafísico[1], la cosa cambia de aspecto, como acabamos de apuntar más arriba. Ya no es la esencia lo que prima en el análisis, sino la existencia, lo relacional, lo de aquí y ahora, las circunstancias de Ortega, el ser para sí sartriano, el da-sein heideggeriano. El ser humano ya no es solo relación. Su sustancia queda diluida en roles, estatus, hábitos adquiridos, normas imperantes —sociales, morales, jurídicas, religiosas— y es por eso por lo que la sociedad se aglutina formando un conjunto que, simultáneamente, puede cambiar, no está estancada por estructuras sociales esencialistas —recordemos al auto sacramental El gran teatro del mundo de Calderón de la Barca—, sino móviles y variantes y, además, se da la circunstancia de que uno de los motores del cambio social es la industria y la tecnología.

Las revoluciones industriales exigen masas consumidoras, masas sociales, y la pérdida paulatina de la identidad del sujeto, disuelto en los roles que son aceptados masivamente por los grupos de poder

Una concepción instrumental de la vida se irá imponiendo poco a poco. De ahí que la sociedad gire hacia la instrumentalización de las relaciones y de la economía y de los mercados. Las revoluciones industriales exigen masas consumidoras, masas sociales, y la pérdida paulatina de la identidad del sujeto, disuelto en los roles que son aceptados masivamente —e impuestos— por los grupos de poder y, por ende, por la sociedad. El homo oeconomicus actual es el acumulador, de la economía financiera, especulativa, no productiva, que tiene muy claro los medios pero no sabe justificar las motivaciones que le impulsan a hacerlo, de tal manera que el fin acaba por justificar y bendecir los medios, sobre todo si el fin son las ganancias, la riqueza y la acumulación, a toda costa.

[1] Por trascendental entendemos las condiciones de posibilidad de la experiencia; en este sentido toda construcción de la experiencia es necesariamente relacional.

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