El Consumo entre el capitalismo fordista y el capitalismo cognitivo (II)

Las dos grandes tendencias del liberalismo de fines del siglo XIX son, por una parte, los defensores enconados del laissez faire y, por otra, una generación de nuevos liberales más propensos a debatir sobre la ampliación del control e intervención del Estado. Ambas corrientes reclamarán para sí la etiqueta de individualistas. Los primeros veían en ese otro liberalismo una puerta abierta al colectivismo que desembocaría en el “abismo” del socialismo; los segundos proclamaban la complementación entre la competencia individual y la necesidad de distribuir más equitativamente los recursos y la riqueza, marcando con ello la distancia respecto al colectivismo compulsivo y la centralización que reclamaba por entonces el mundo socialista.

Los pensadores ingleses del XIX sentían un repudio indisimulado hacia la censura pública del Estado ejercida sobre una serie de asuntos que debía preservarse en los límites de lo privado. Pero también, a la vez, la sentían, y en grado sumo, contra las restricciones de la moral convencional que les afectaban personalmente. Aunque nunca dejaron de creer, como otros predecesores liberales, en la libertad del ciudadano respecto al Estado, fueron más allá de la intuición de aquellos en su defensa de la autonomía personal frente a los dictados caprichosos de la sociedad. Todavía en 1859, año en el que la obra de Stuart Mill, On Liberty, ve la luz pública, las restricciones impuestas por el Estado son pocas, pero son muchas las impuestas por la sociedad, y además son odiosas; de modo que se creyó ver en estas leyes no escritas que rigen el mundo de la opinión social un elemento tan castrador de la personalidad y tan siniestro como podía llegar a convertirse –para otros– la intervención del Estado.

La cultura moderna se caracterizaba por su pretensión de progreso, es decir, se suponía que los diferentes progresos en las diversas áreas de la técnica y la cultura garantizaban un desarrollo lineal marcado siempre por la esperanza de que el futuro fuera mejor

En esa pugna entre estas dos ideas fuerza (laissez faire vs. intervención del estado) en el pensamiento occidental se llega a la modernidad. El eje del pensamiento moderno —tanto en las artes como en las ciencias— había estado centrado en la idea de evolución o progreso, entendido como la reconstrucción de todos los ámbitos de la vida a partir de la sustitución de la tradición por el examen radical no solo del saber transmitido —tanto en música, como en pintura o en antropología filosófica— sino también de las formas aceptadas de organizar y producir ese saber. La cultura moderna se caracterizaba por su pretensión de progreso, es decir, se suponía que los diferentes progresos en las diversas áreas de la técnica y la cultura garantizaban un desarrollo lineal marcado siempre por la esperanza de que el futuro fuera mejor.

La filosofía postmoderna ha tenido como uno de sus principales aportes el desarrollo del multiculturalismo y los feminismos de la diferencia

Frente a ello, en pleno siglo XX (siglo del post-), se plantea la ruptura de esa linealidad temporal marcada por la esperanza y el predominio de un tono emocional nostálgico o melancólico. Igualmente, la modernidad planteaba la firmeza del proyecto de la Ilustración de la que se alimentaron -en grado variable- todas las corrientes políticas modernas, desde el liberalismo hasta el marxismo, nuestra definición actual de la democracia y los derechos humanos. Frente a ello se plantean posiciones, llamadas postmodernas, que señalan que ese núcleo ilustrado ya no es funcional en un contexto multicultural; que la Ilustración, a pesar de sus aportaciones, tuvo un carácter etnocéntrico y autoritario-patriarcal basado en la primacía de la cultura europea y que, por ello, o bien no hay nada que rescatar de la Ilustración, o bien, aunque ello fuera posible, ya no sería deseable. Por ello, la filosofía postmoderna ha tenido como uno de sus principales aportes el desarrollo del multiculturalismo y los feminismos de la diferencia. El postmodernismo nace con fuerza como aquel ámbito que permite una distinta concepción de la política y de la economía. Nace el capitalismo cognitivo.

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