¿Ultradequé?

Cuanto antes se acepten las cosas mejor. Dedicamos tiempo y esfuerzo en aplicar adjetivos despectivos a las cuatrocientas mil personas que votaron otra cosa en Andalucía. Les desprecian desde el minuto uno: ultraderecha, racistas, xenófobos –y todas las acepciones conocidas del sufijo ‘fobo’– se leen y escuchan adjetivos con alarma y pavor en las redes, medios de comunicación y tertulias de bar. No se analiza la cuestión a fondo. Parece como si de repente se hubiera desatado el apocalipsis zombi sin que nadie lo haya invocado.

Es lo fácil. Culpar siempre a los demás de lo que pasa. Es la falta de resiliencia de los perdedores. Si cuatrocientas mil personas toman una decisión de voto, al día siguiente los medios de comunicación ‘progres’ –que ven peligrar sus subvenciones arraigadas al buenrollismo con el poder– inician una campaña informativa de investigación para ‘demostrar’ que votaron sin querer, que no sabían lo que hacían, que son cuatro paletos de pequeños pueblos o que se trata de la ‘España profunda’ que todavía queda en recónditos rincones, alentando la desesperanza para confundir. Algunos colegas de profesión –como Cristina Pardo– fueron más allá y se dedicaron a buscar y señalar en un pequeño pueblo a los que votaron a Vox en las elecciones andaluzas –invadiendo toda intimidad y señalándoles públicamente–.

Ximo Puig apuesta por aislar a cuatrocientos mil andaluces para que no tengan voz

Satanizar la voluntad del pueblo, demonizar los acuerdos postelectorales que tan minuciosamente han utilizado estos años los tripartitos, cuatripartitos y hasta cinco distintos de izquierdas en un pacto de gobierno, y ver con naturalidad que líderes políticos –como Ximo Puig– digan que “hay que aislar políticamente a determinados partidos y no dejarles participar en política”, me preocupa y me inquieta. ¿Etiquetar a cuatrocientos mil andaluces y consignarlos en una finca, aislados del resto, querrá decir?

Los políticos no hacen autocrítica. No repasan qué hicieron mal para perder la confianza de los votantes y prefieren procrastinar la solución. Tienen a miles de estómagos agradecidos a su alrededor que les aplauden a diario, difunden con entusiasmo sus bondades y les sonríen al pasar. Disculpan los cambios de estatus social de sus líderes y justifican a los que han conseguido comprar en tan poco tiempo una vivienda de lujo en urbanizaciones elitistas. Al tomar posesión del cargo, los políticos del cambio se alejaron de la realidad, y ahora están preocupados por si no pueden repetir en su escaño.

Muchas de las ‘100 medidas para la España viva‘ del programa de Vox cuentan con el beneplácito de las masas

En el programa ‘100 medidas para la España viva‘, Vox habla de proteger la identidad nacional, regular la inmigración ilegal, perseguir a mafias, acabar con el efecto llamada, ayudar a países en desarrollo, fortalecer las fronteras, promover trasvases para compartir el agua, reducir el gasto y eliminar cargos políticos, impulsar la creación de empresas, premiar la contratación a trabajadores españoles, eliminar la gratuidad sanitaria para inmigrantes con menos de 10 años de estancia, dar voz a las familias en los programas educativos, ampliar la ley de violencia de género a una contra la violencia intrafamiliar, proteger el idioma español, apoyar a las familias y su desarrollo, eliminar subvenciones a partidos políticos y sindicatos o eliminar beneficios penitenciarios para terroristas y delincuentes inmigrantes.

Miles de personas piden en la calle un endurecimiento de las penas; más control sobre los presos, vigilar a quién se le va a dar permiso para salir de la cárcel y consignar entre rejas a los delincuentes potencialmente peligrosos. Mientras tanto, se espantan de la proliferación de partidos que defienden la prisión permanente revisable y votan a quienes aprueban rebajas en el Código Penal para los presos con delitos de sangre, violadores y asesinos en potencia.

Si se quieren frenar los radicalismos conviene pensar en qué se está haciendo mal. Si los que gobiernan lo hacen en contra de la voluntad de la mayoría, lo lógico es sembrar este tipo de reacciones. La respuesta puede que sea compleja, aunque no es muy difícil de adivinar. Se percibe la necesidad de protección en todos los ámbitos. Quien aquí ha nacido quiere que sus aportaciones tributarias se dediquen, principalmente, a procurar un futuro mejor para los suyos: en empleo, educación, sanidad, seguridad o identidad y garantizar un porvenir estable. Da la sensación de que estos objetivos han quedado en el vagón de cola para quienes dirigen el destino de los sufridos contribuyentes y gastan nuestros recursos alimentando sus egos políticos y reafirmando sus convicciones buenrrollistas -con el dinero de todos, claro-.

¿Quién pone aquí las etiquetas de los extremos? Podemos son la izquierda simpática mientras se sientan con Bildu y pactan con los independentistas de Cataluña

Estos días se ha hecho viral la entrevista de Mámen Mendizábal en la Sexta a la portavoz del PP Isabel Díaz Ayuso, quien con un talante firme y sin complejos hace un análisis de la situación: “Vox está creciendo –dice– porque nos cansamos siempre de escuchar las mismas cosas y que nos intenten hacer creer que la defensa de los derechos es cosa de la izquierda”. La portavoz popular asegura que “la gente no piensa en España en izquierda o en derecha porque nos hemos cansado de que nos traten como basura y como fachas a aquellos que quieren defender la unidad y el patriotismo”. “¿Quién pone aquí las etiquetas de los extremos? Resulta que ahora los comunistas de Podemos que alentaban los escraches son la izquierda simpática. Se sientan con Bildu y pactan con los independentistas de Cataluña, que permiten que los profesores discriminen a los alumnos que piden en castellano ir al baño”.

No es tarde para darse cuenta, aunque mucho me temo que el discurso de cara a las elecciones municipales será el de ‘que viene el lobo’, en vez de el de rectificar, escuchar y redirigir las políticas locales y autonómicas hacia lo que reclaman los votantes. Como dice el  lema del Mercadona: “hay que trabajar para satisfacer al jefe –el cliente–“. Si así lo asumieran nuestros políticos, seguro que les iría mejor en las urnas.

Los votantes de Vox no son de extrema derecha. En mayo les votarán nuestros vecinos, amigos y  compañeros de trabajo que antes respaldaron al PP, PSOE, Cs y -algunos- hasta a Podemos

Yo no creo que los votantes de Vox sean de ultraderecha. En Andalucía los han votado cuatrocientas mil personas. En las municipales y autonómicas de mayo les votarán algunos de nuestros vecinos, amigos y compañeros de trabajo que anteriormente respaldaron al PP, PSOE, Cs y hasta a Podemos. Con los que cruzamos saludos por la calle, cervecitas en el bar y alguna que otra reflexión sobre lo mal que lo hacen los políticos actuales. Les damos los buenos días amablemente cada mañana y ellos nos corresponden, y participan en muchos de nuestros colectivos. Por eso me resisto a creer que sean de extrema derecha. Más bien, pienso que están muy cansados de tanto mamoneo políticamente correcto y de que nuestros gobernantes –como dice el refranero– “prometen hasta meter y una vez metido, se olvidan de lo prometido”.

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