Hacia Belén va una burra

A estas alturas del año, con la Navidad a la puerta, recibo felicitaciones. Cada vez menos, todo hay que decirlo que cuando mandas –aunque el mando sea una mierda, la gente se cree que tienes poder y la tendencia al peloteo es consustancial al ser humano–, cuando mandas, digo, se  amontonan las tarjetas en el correo y todos expresan “mis mejores deseos de éxitos personales y profesionales en el año próximo” y “mis más sinceros deseos de felicidad en estas fechas”. Apelotonadas las tarjetas, como si fuera un concurso televisivo con premios extraordinarios, no te da ni tiempo a leerlas todas. Cuando dejas de mandar el teléfono guarda silencio un día tras otro y las tarjetas se pueden contar con los dedos de una oreja.

No soy gitano pero no me importaría. Lo que no quiero ser es neonazi, ultraderechista, nostálgico del franquismo o miembro de España 2000

A estas alturas no sé si ir al supermercado más cercano, al mercado municipal o directamente a hacer puñetas. Tengo que comprar los langostinos congelados; el capón falso de Villalba; el turrón de cacachuete que el de almendra marcona se sale del presupuesto de la jubilación; el shushi plastificado y el champán extremeño para tocarle los cojones a Quim Torra. He quedado para cenar con unos vecinos que viven en un piso patera e internacional: dos inmigrantes ilegales, tres divorciados arruinados, una abandonada, dos despedidos en un Ere con concurso de acreedores y alzamiento de bienes del empresario chorizo y una que ni tiene ni ha tenido jamás tarjeta de residencia ni permiso de trabajo. Soy su banco de alimentos a domicilio que yo sí me acuerdo cuando nosotros éramos los que emigrábamos a buscar trabajo a Alemania y los racistas de allí –siempre los ha habido y siempre los habrá– nos miraban por encima del hombro y nos llamaban gitanos a los españoles. No soy gitano pero no me importaría. Lo que no quiero ser  es neonazi, ultraderechista, nostálgico del franquismo o miembro de España 2000.

Con mi pensión hecha metálico en el bolsillo me dirijo a hacer realidad la lista de la compra. Intento hacer tiempo viendo un rato la tele y se me quitan las ganas de celebraciones de manera instantánea. Guardo el disco de los villancicos y dejo para mejor momento hacia Belén va una burra, yo me remendaba, yo me remendé, cargada de chocolate.

Dice Torra haciendo apología de su vía eslovena: “Hemos perdido el miedo. Los eslovenos lo tuvieron claro en su camino a la libertad con todas las consecuencias. No hay marcha atrás y estamos dispuestos a todo para vivir libres” –más o menos que mis citas no son textuales y me tengo que fiar de la memoria por mi analfabetismo informático–. Me acojono inevitablemente. Toda la prensa habla de la guerra de los diez días en Eslovenia, de unas decenas de muertos y unos centenares de heridos. En una de mis cincuenta mudanzas –a la fuerza ahorcan– he perdido la cartilla blanca, esa que nos daban el día que nos licenciábamos de la mili. Me veo rescatando los calzoncillos blancos tobilleros de felpa y las camisetas de invierno aunque tenga que cambiar El Ferral del Bernesga por el frente de Gandesa como en la Batalla del Ebro. A ver si va a resultar que mi mili no ha valido y a la vejez, por culpa de Torra y su maestro, voy a tener que marcar el paso con el cetme al hombro cosa harto difícil con la artritis de la edad y las urgencias miccionales de la próstata. Les digo a mis vecinos los pateras que no hay cena, que vamos a cambiarla por una adoración nocturna para que Torra entre en razón y se olvide de sus ansias balcánicas que no estamos en edad de gilipolleces.

Sánchez se mantiene digno e impávido, como un juez amigo mío que decía que ante los problemas más graves uno tiene que adoptar la postura de la esfinge. Siento en el alma coincidir, ni siquiera mínimamente con la derecha –PP y Cs– y con la ultraderecha –Vox–, aunque los tres se parecen como gotas de agua de la misma lluvia.

Hay que dialogar hasta cansarse, hasta caer rendido de aburrimiento pero… ¿de qué van a hablar si unos señores solo dicen independencia y la ley dice que la capacidad de soberanía es del pueblo español en su conjunto?

El diálogo es un valor en sí mismo. Hay que dialogar hasta cansarse, hasta caer rendido de aburrimiento pero… ¿de qué van a hablar si unos señores solo dicen independencia y la ley dice que la capacidad de soberanía es del pueblo español en su conjunto? Todo apunta a un diálogo de sordos: uno que no quiere hablar de nada que no sea romper el Estado y otro que no puede atender las peticiones de ruptura porque la Ley lo impide. La situación es bien jodida aunque no es nueva y no les doy más la paliza con la historia ni les hablo de quienes antes han debido lidiar con el mismo toro: Olivares, Espartero, Lerroux, Domingo Batet y hasta Franco que lo hizo bombardeando como sabía.

Deprimido en mi sillón orejero  le digo a los del piso patera que se busquen la vida que no estoy para ir tirando del carro de la compra. Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios…

Ver telediarios debería ser calificado como actividad insalubre, nociva y peligrosa. La policía es un genio –o hay un genio con ella– poniendo nombres a las operaciones que desarrollan. Operación Kitchen. Me imagino que será porque es en la cocina donde buscaban las agendas y los datos que pringaban al   partido de la financiación. Resulta –no lo doy por definitivo hasta que lo lea como hecho probado en una sentencia pero tiene toda la pinta– que se contrata a un chófer porque los chóferes, los porteros, las viejas del visillo, la panadera de la esquina y el señor del kiosko son los que saben la vida y milagros. Se contrata al chófer porque es la manera más segura de entrar en una casa sin que salten las alarmas y luego,  mangados los datos -los periodistas  hablan de agenda informática-, entra a formar parte del sistema siendo el abuelo de su promoción. Eso pasa –lo daremos por probado cuando haya sentencia firme pero es lo que veo en los telediarios hoy por hoy– y quienes propiciaban esas conductas y pagaban por ellas con fondos públicos siguen en sus sillones y no saben nada de nada. Si no sabían nada, mal y si lo sabían, peor.

Ni Godoy lo tuvo tan difícil cuando la conspiración de El Escorial. Acojonado estoy, a ver qué pasa con el apretón pacífico de Torra y sus secuaces de los comités

Para quitarme del todo las ganas de ir a cenar con mis vecinos los pateras veo que Sánchez, por aquello de la seguridad jurídica y de que el Estado llega hasta el último rincón y puede ejercer en él su autoridad, quiere hacer en Barcelona el Consejo de Ministros. Sí señor, con un par. Eso es dar un golpe encima de la mesa y dejar claro quien la tiene más grande: la voluntad de reafirmar la soberanía nacional. Y aquí me tienen con el alma en un hilo porque la Lonja barcelonesa ha tenido que ser blindada como si los ultrasur, el frente atlético, los biris sevillanos, los boixos nois, los hooligans ingleses y los rusos salvajes, se fueran a juntar a celebrar la batalla del siglo. Ni Godoy lo tuvo tan difícil cuando la conspiración de El Escorial. Acojonado estoy, a ver qué pasa con el apretón pacífico de Torra y sus secuaces de los comités, que es lo más parecido a la borroka de los Jarraitxus que viví en primera fila cuando estaba destinado en Nanclares.

¿Es ambiente este como para cantar Campana sobre campana? ¡Señor, llévame pronto!

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