El batacazo, la Constitución y la huelga de hambre

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓNAún no salgo de mi asombro. Algo me esperaba porque la gente no es absolutamente imbécil, pero no un hostión de ese tamaño. Los andaluces, mis paisanos, aunque yo no voto allí por mi alicantinidad adoptiva, han puesto en la puerta de la calle a doña Susana Díaz, esa faraona ágrafa, permanentemente escoltada por dos abuelos que deben de ser sus validos eternos y que van a tener que pasar a engrosar más pronto que tarde las listas de jubilados inútiles —en la que me encuentro—. Dentro de poco les será aplicable —a los escuderos ancianos— el aforismo de Cristine Lagarde  —que debería aplicarse ella misma porque es de nuestra quinta—: “los ancianos viven demasiado y es un riesgo para la economía global”. Pues nada, vamos a poner en marcha los hornos crematorios de Auszwitz y Mathausen, pero que sea ella la primera que entre y luego vamos nosotros.

El discurso en Andalucía ha ido por un lado y la realidad flagrante ha ido por otro muy distinto

¿Qué esperaba Doña Susana de su permanente demagogia para analfabetos, paniaguados e ilusos? Me pongo en contacto con un socialista andaluz, de izquierdas de verdad, de los de antes, de los opositores reales al franquismo, de los que se pagaban los estudios recogiendo tomates en Mutxamel,  que no ha cobrado del PER ni de los ERE, que ha pasado consulta en un centro de salud de pueblo sin bajas ni congresitos subvencionados por las farmacéuticas ni puestos chollos en la Junta. Me pongo en contacto y me da información de primera mano.

El discurso en Andalucía ha ido por un lado y la realidad flagrante ha ido por otro muy distinto —me dice—. “Vamos a hacer, vamos a hacer”, han repetido machaconamente con trompetería y aparato publicitario… y no han hecho nada.

Ha habido un enorme desprecio a los profesionales —habla del caso de los médicos, que es el que conoce en primera fila— y en el terreno médico la sanidad ha funcionado por la entrega de los profesionales al juramento hipocrático, por el ejercicio de la caridad y por la presión de los enfermos. ¿No han visto ustedes en Granada el caso del médico llamado Spiriman? Este hombre, enfrentado a la Junta y a Susana, sin militancia política, ha organizado en Granada manifestaciones de sesenta mil personas en defensa de la sanidad pública. Y eso no es gratis.

Son el refugio de miles de enchufados cuyo único mérito y capacidad consisten en su disposición arrastrada a ser pelotas

Tampoco es gratis la administración paralela montada, plagada de fundaciones y empresas públicas perfectamente prescindibles que dejan sin contenido a la administración y son el refugio de miles de enchufados cuyo único mérito y capacidad consisten en su disposición arrastrada a ser pelotas, ordenanzas para lo que sea como los escuderos ya dichos que la escoltan permanentemente.

Eso no es servicio público y todos los políticos —TODOS, no solo Susana que anda ya en caída libre— se lo tienen que hacer mirar porque la gente no es —no somos—, tontos de remate que no nos damos cuenta de la gran verdad: Cuando un político habla de mejorar la situación, se refiere, fundamentalmente, a la suya.

Me jode ser profeta. He dicho varias veces que el socialismo imperante no es de izquierdas y que hay un gobierno de coalición con el PP —veamos los altísimos cargos populares que siguen en sus sillones y gestionando lo público como si mandara Rajoy,  yo no los voy a nombrar aunque tengo una lista significativa—. Ya tenemos a Susana llamando a las puertas de populares y ciudadanos —que son lo mismo, derecha pura— para salvar los muebles y esgrimiendo el peligro de la ultraderecha. Vean, por ejemplo, las declaraciones anti inmigrantes de Vox, compárenlas con algunas de prohombres alicantinos aparecidas en prensa no hace mucho. ¡Maldita hemeroteca!

La tranquilidad para votar la defendíamos unos cuantos gilipollas que entregábamos dieciséis meses al Estado a cambio de nada

Tenemos aquí el cuarenta aniversario de la Constitución. Este aniversario me instala irremediablemente en el colectivo con el que Lagarde quiere acabar. En diciembre del setenta y ocho, luchando por la Constitución que aún no se había aprobado me pasé un mes entero en pleno campo, congelado, sin duchas, comiendo un rancho infecto y haciendo guardia cetme en mano a las puertas del polvorín de Sardón de Duero. Medio mes en esas condiciones le daba yo a los que no han dado un palo al agua. Se les llena la boca de constitucionalismo y no saben lo que son las rondas por la noche, linterna en mano, con las orejas cayéndose a cachos, destripando terrones helados a la búsqueda de etarras que pretendieran atentar contra la España que iba a votar una Constitución. Esa norma suprema, decían a boca llena, solucionaría todos los problemas. La tranquilidad para votar la defendíamos, en aquel monte horadado por un túnel lleno de explosivos, unos cuantos gilipollas que entregábamos dieciséis meses al Estado a cambio de nada. Vaya desde aquí y a toro muy pasado mi desprecio a un brigada chusquero y borrachín que mató, de un tiro en la cabeza, a un pobre perro pulgoso que merodeaba buscando las sobras por aquellos paisajes desolados. Los vapores del alcohol, cuando se tiene una pistola al cinto, son mucho más peligrosos aún.

Varios de estos internos privilegiados han anunciado una huelga de hambre. He visto miles en tantos años de cárcel

La cárcel es un mal. ¿Un mal necesario? A veces sí. Los políticos catalanes que están en ella —en una situación de comodidad y privilegio que ya querríamos muchos ancianos en sus residencias— han propiciado un golpe de estado, un ataque frontal al mismo preparado y orquestado desde unas instituciones que están pensadas para otra cosa. Eso es claro y diáfano hasta para un anciano anarcoide y con no demasiadas luces como es mi caso. Un terrorista etarra —Kubati-— me decía en la pestosa enfermería de la cárcel de Burgos: “la diferencia entre golpista y estadista estriba en que ganes o pierdas. Si ganas eres un estadista y como tal entras en la historia. Si pierdes, eres un delincuente y acabas preso”. Este es el caso, intentan por las bravas y saltándose la ley —yo creo en la ley muy poco a estas alturas— modificar la estructura de un Estado que, con los mil defectos, corruptos, vagos y vividores que por él pululan, no está en una situación prerrevolucionaria del tipo de la Francia del XVIII. Te han pillado y vas a la cárcel o te fugas a Waterloo y a vivir de puta madre paseando el folio y el agravio en el exilio.

Varios de estos internos privilegiados han anunciado una huelga de hambre. He visto miles en tantos años de cárcel. Solo una hecha a rajatabla: un atracador, sinvergüenza y también borrachín —como el brigada matador del pobre perro—. El médico de la vieja cárcel de Benalúa se acojonó y le decía persuasivo: “Oye… come que tienes muy bajo el potasio y te vas a morir en un par de días”.

Las demás huelgas de hambre que he visto de cerca no han sido otra cosa sino pura publicidad. Desde los grapos en Fontcalent —que no cogían comida en el comedor y se forraban a sobaos pasiegos y a Meritene disuelto en leche—, hasta los etarras que presionados por los abogados, tampoco cogían la comida en el comedor y se hartaban de miel, almendras, chocolates y latas de melocotón en almíbar. Hasta una guía médica, editaron las Gestoras pro amnistía —todo esto felizmente desaparecido por más que la derecha de la derecha lo resucite cada poco tiempo como elemento propagandístico— para llevar a buen puerto la publicidad de las huelgas. Si leen esto mándenles un ejemplar a Lledoners.

¡Cómo está el patio! ¡Señor llévame pronto!

One thought on “El batacazo, la Constitución y la huelga de hambre

  1. Manuel, fiel radiografía del panorama nacional y como no lo de las huelgas de hambre esas de cara a la galería. Que está bien que se sepa. Para que no vayan de mártires ciertos sujetos. Jose A. Miralles

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