Vivir en el esperpento y el consuelo de la literatura

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓNComo dicen ahora los chavales jóvenes: “yo es que alucino en colores”. Con lo que veo, con lo que oigo, con lo que leo cada día en la prensa —digital o en papel— referido sobre todo a la actividad política del país y de Alicante.

Lo dijo hace dos días en una brillante conferencia en la sede de la UA, en el bicentenario de Marx, mi compañero de colegio José Antonio Pérez Tapias, Catedrático de Filosofía de la Universidad de Granada, Paul Ricoeur acuñó una expresión afortunada referida a Karl Marx, Friedrich Niesztche y Sigmund Freud, “los maestros de la sospecha”. Como en mi época de estudiante no había WhatsApp, ni Facebook, ni Instagram —ni otras mariconadas—, nosotros leíamos bastante y aún nos dura la afición como blindaje fundamental contra ese cabrón alemán apellidado Alzheimer.

Niesztche nos enseñó a sospechar hasta del lenguaje, porque condiciona nuestra vida y nuestro pensamiento

Freud nos enseñó a sospechar, cuando descubrió múltiples impulsos y conductas, muchas manías y tantos miedos que creíamos  bajo control y que obedecían a nuestro inconsciente. Por eso mismo,  eran del todo incontrolados por nosotros. Marx nos enseñó a sospechar del determinismo histórico —la historia la condicionamos nosotros con nuestras acciones pero no está absolutamente predeterminada— y nos enseñó a sospechar del orden establecido como inmutable en el que unos son los dueños, los instalados perfectamente, y otros los que doblan el lomo, creyendo incluso, que eso es lo justo y lo razonable porque “siempre ha sido así y hasta está determinado por seres supremos” —la religión como ideología alienante—. Niesztche, padre del nihilismo y de la filosofía de la “muerte de Dios”, nos enseñó a sospechar hasta del lenguaje, porque condiciona nuestra vida y nuestro pensamiento. “No nos libraremos de Dios mientras usemos la gramática” —dijo—. Feuerbach, maestro de los tres anteriores, capitaneando el ala izquierda hegeliana, nos enseñó con su filosofía clarividente a sospechar de la religión como invento consolador —un mecanismo de defensa imbécil frente a la muerte y a la nada— en la que el hombre crea a Dios y dice de él lo que quiere ser y decir de él mismo.

La costumbre, la educación, el lenguaje, el ambiente en que nos movíamos cuando ni nos imaginábamos con canas, condicionaba y así muchos de mi generación nos convertimos en “sospechadores” profesionales,  gente con espíritu crítico.

Sospecho —sin poder evitarlo— cuando veo a los políticos pegarnos brasas electorales, es decir,  luchar por sobrevivir y mantenerse en el sillón, con las dietas, las secretarias, el coche oficial y la indemnización de 1.800 pavos para vivienda aunque tengas casa cerca del congreso de la Carrera de San Jerónimo, mientras defienden el salario mínimo en 770 pavos. No olvidemos que, cuando un político habla de mejorar las condiciones de vida se refiere, en primer lugar, a las suyas.

PSOE y PP hablan del acuerdo para conformar el poder judicial vendiéndonos a la vez que la división de poderes es una realidad innegable

Primera sospecha: A bombo y platillo PSOE y PP hablan del acuerdo para conformar el poder judicial, los que dirigen a los jueces y los que atienden las instancias más altas de la justicia, vendiéndonos a la vez que la división de poderes es una realidad innegable. El día de la huelga de los jueces veo a una mujer sensata —decana de uno de los palacios en cuya puerta se concentraban— tras una pancarta en la que se lee:  “Por una justicia libre de presiones políticas”. Afirma que los jueces son independientes pero que duda que esa independencia se dé en las instancias más altas, o sea en los que nombran los partidos políticos tras el pasteleo correspondiente. No me quedé con la imagen ni el sitio desde el que hablaba para poder ser más preciso.

Segunda sospecha, que podría seguir siendo la primera: Tras anunciar con abundancia de trompeteros y aplaudidores que han pactado un consejo de nueve y once vocales y han pactado incluso el presidente, se desata la tormenta. Un señor llamado Cosidó —que debería estar hace meses cavando olivos en su pueblo y no representando a nadie— se jacta de que ha estado en primera línea de observación y que van a controlar la sala segunda desde atrás, dice a sus colegas de partido sacando pecho. Imbécil de mí —puede que mi percepción sea deficiente— entiendo que ha sido testigo privilegiado del pasteleo y que está contento porque bajo cuerda o por la puerta de atrás van a controlar las decisiones de esa altísima sala de justicia que les afectan. No entiendo que no lo hayan echado ya con cajas destempladas. Los Jueces para la democracia han tachado de “demoledora” la imagen que se da de la Justicia.

Tercera sospecha que también podría ser la primera: Salta la polémica y se monta un follón de cojones. Lógico. El Magistrado Sr. Marchena —pactado como presidente— ve el lío en que lo han metido políticos casi analfabetos y muy incompetentes y adopta una decisión que lo honra como juez y como persona: me largo y ahí se quedan ustedes con sus componendas y sus contubernios. Y yo leo entre líneas: ya decidiré libre e independientemente cuando me lleguen los casos correspondientes sin que nadie me esté controlando por la puerta de atrás ni emboscado en un cuchitril como los apuntadores del teatro que se chivan de lo que tiene que decir el actor en voz alta.

Sánchez y Puig se cargan las primarias en Alicante y ahí tienes al PSOE, al borde de las elecciones y dependiendo de un especialista en perderlas para encontrar un candidato

Cuarta sospecha: Cargado de dignidad, sometido a Ángel Franco que ha puesto en marcha su máquina de perder elecciones, Sánchez y Puig se cargan las primarias en Alicante y ahí tienes al PSOE, al borde de las elecciones y dependiendo de un especialista en perderlas para encontrar un candidato. Creo que tenían uno inmejorable: José Asensi, catedrático, con un cerebro magníficamente amueblado y en esa edad en la que uno trabaja por gusto y sin pretender que nada sirva de trampolín para otra cosa. Se empeñan en la mediocridad, como los de Podemos, y dan fe de que el ejército de Pancho Villa era una unidad militar prusiana a su lado. Ya veremos si podemos votar a alguien cuando nos llamen para meter la papeleta.

Quinta sospecha: Me asombro del poder de un preso en régimen FIES, tan denostado desde que lo inventó Antonio Asunción. Lo mismo que inventó la “Vía Nanclares”, que propició el descangallamiento etarra y su fin, y que muchos, luego, han querido apropiarse. Un preso FIES, el Sr. Villarejo, tiene una colección de cintas que para sí la querría la filmoteca nacional. Admiro a la policía y reconozco su trabajo impecable por la seguridad de todos y cada uno, pero claro, cuando cae en manos de algunos dirigentes, cae en el desprestigio más absoluto y son esos mismos dirigentes —cuando los resultados de las investigaciones los colocan en un aprieto— quienes dicen, en esas comisiones parlamentarias que sirven para poco, que no se han enterado de nada y que las conclusiones de la UDEF —unidad de investigación fiscal de la policía— tampoco son tan de fiar como algunos pretenden. El Sr. Villarejo, según todo lo que oigo sobre chóferes y talleres de restauración de muebles, trabajando para un partido mientras cobraba y usaba el dinero de todos. Todo presuntamente. Me gustaría estar equivocado.

En fin, asqueado, me refugio en la literatura y encuentro consuelo en una gran novela, recién salida del horno, de mi amiga Carmen Posadas. Lean «La maestra de títeres», disfruten con el sentido del humor, mucho más corrosivo que su impecable apariencia, y las aventuras y desventuras de unas cuantas mujeres contradictorias en la sociedad madrileña tan puesta y tan hipócrita —como todas, puro postureo—. Genial, Carmen. La semana que viene la entrevisto en Onda Cero con la gran Luz Sigüenza.

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