Las cárceles… ese lugar oscuro

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓNCuando llegué destinado a Alicante —virgen, mártir y joven—, con mi oposición recién aprobada, pasé la primera noche en una casa de putas que había enfrente de la estación. No la busquen. Ahora, en el sitio, hay una empresa de alquiler de coches. Tras una noche en vela y acojonado —virgen y pardillo en el sentido estricto del término, solo sabía de las casas de trato por mis incursiones en la literatura—, tras dormir con los  ojos abiertos y en hipervigilancia,  oyendo las risas y otras cosas desde el cuchitril asignado que la madame llamaba habitación, llegué a la cárcel de Benalúa, Reformatorio de Adultos de Alicante, tras pagar religiosamente el camastro y la ducha, que era aparte y para la que había que recorrer un pasillo en paños menores y en vergonzante exposición a las chicas que apostadas, cada una en su puerta, hacían jornadas maratonianas. En este país, con Franco recién muerto, no se sabía nada del estatuto de los trabajadores ni de la ley de la función pública.

En la puerta de la cárcel —hoy Juzgados—, en la Avenida de Aguilera porque la puerta por la que se entra ahora era la del patio en  que paseaban los presos, había una larga cola de pobres. Llevaban bolsas con ropa y con comida, con fruta. Tampoco estaba en vigor la norma que prohibía entrar a los presos comida y otros artículos comprados en el exterior. No había aparecido aún en la sociedad el gravísimo problema de la droga y los artículos más prohibidos que se encontraban eran melones con güisqui inyectado, algún porro de grifa o de kifi —cultura que arrastraban e importaban los “lejías” aprendidos en los pedregales norteafricanos— revistas con señoras ligeras de ropa, algún transistor desvencijado y periódicos sin censurar por el maestro y el capellán para evitar las ideas perniciosas. Los curas, los maestros y algún que otro Torquemada vocacional se erigían en inquisidores celosos, sacando pecho como si fuesen el Conde de Floridablanca. El tal Conde, ministro de Carlos IV, pretendía cerrar las fronteras para que las ideas de la Ilustración, las de la Enciclopedia, los escritos de Voltaire, de Montesquieu o de Rousseau, no penetraran en la reserva espiritual de occidente.

A las cárceles ya entra gente como Bárcenas, Rodrigo Rato, Mario Conde, los sinvergüenzas de los Eres, los listillos de la Gürtel,  los espabilados de las tarjetas Black y hasta Zaplana

¡A qué velocidad cambian las cosas! En los temas, de los que nos examinaban en la sede del Ministerio de Justicia de la calle San Bernardo, se enseñaba que la homosexualidad era una desviación —había cárceles distintas para “invertidos” activos y pasivos— y se enseñaba que los tatuajes eran un estigma delictivo propio de presos, gente de mal vivir y soldados de “cuerpos expedicionarios”, o sea legionarios, regulares y paracaidistas. Cualquiera con un tatuaje, que no fuera esos tres, era sospechoso.

Aún hay muchos pobres a las puertas de las cárceles haciendo cola para comunicar pero algo va cambiando y ya entra gente como Bárcenas, Rodrigo Rato, Mario Conde, los sinvergüenzas de los Eres —aquellos que tenían billetes como “pa asar una vaca”—, los listillos de la Gürtel —esperamos a los Brugales—,  los espabilados de las tarjetas Black y hasta Zaplana que era omnipotente, omnipresente y omnisciente como Dios hasta poco antes de aterrizar en Picassent.

Todo el mundo habla mal de las cárceles, la detesta y las desprecia hasta que le roban el coche, lo atracan en plena calle o abusan de su hija en un portal cuando vuelve de marcha un sábado por la noche. Entonces piden la prisión permanente revisable —aunque sea una inutilidad manifiesta— y, para conseguir votos, se buscan asesores analfabetos en derecho que hacen discursos contundentes porque también han sufrido en su carne —una desgracia indeseable evidentemente— la actuación de unos psicópatas desalmados que le han destrozado la vida para siempre.

Sigue la huelga de las cárceles porque sigue la inoperancia de un gobierno que se dice de izquierdas pero que gobierna en coalición con la derecha —vean el pasteleo del poder judicial para comprobarlo— que mantiene a sus altos cargos y que anda a salto de mata a ver cuánto aguanta y cuándo son más propicios los hados para convocar elecciones con un mínimo porcentaje de posibilidades de éxito. ¿Quieren comprobar que el gobierno es de derechas? Lean la entrevista hecha a García Page en la que suplica acercamientos a Rivera —Primo de— y anhela un gobierno con ese partido que es tan de derechas como los populares, un calco.

Hoy  parece que —porque la alarma social no está disparada en ese terreno salvo casos puntuales—, la delincuencia no es uno de los problemas que angustian a este país. Está el problema del crecimiento económico muy mal repartido: hay cada día más millonarios a los que les revienta la cartera y cada día más desgraciados que no tienen donde caerse muertos. Dense una vuelta por Alicante y si en dos kilómetros de paseo no les piden limosna diez veces me lo dicen para que rectifique. Hay un problema con los  catalanes —y los vascos que están ojo avizor— y lleva trazas de eternizarse porque ya son varios siglos dando el cante cada cierto tiempo. Existe el problema de la corrupción, son centenares los políticos que hablan de dejarse la piel por el bien común y hemos de tener en cuenta que, cuando hablan de mejorar la situación, se refieren a la suya aunque no lo digan expresamente. Existe el problema grave del crimen organizado y esos juegan con ventaja porque ellos no respetan ninguna norma, dan por descontado de antemano el hecho de que pueden cogerlos y comerse unos años de talego, y actúan contra los ordenamientos jurídicos con todas las armas y todo el desprecio a la ley que pueden hacer efectivo. La Justicia —si es que creemos aún en ella tras el pasteleo visto entre Sánchez y Casado en los últimos días— no tiene nada que hacer: Yo meto miles de kilos de cocaína, mato, torturo, arruino familias sin freno pero luego dispongo de los mejores bufetes para andar recurriendo hasta la labor de las señoras de la limpieza en los juzgados y blindo mis ganancias para disfrutarlas más tarde.

Los funcionarios tienen bastante razón en sus protestas; honrados, responsables, serios, preparados, entregados a la labor pública y servidores del estado en el más pleno sentido de la palabra

Las cárceles solo intimidan a quien nunca va a entrar en ellas porque los habituales ingresan saludando al tendido y asumiendo su temporada de vacaciones mientras carcelean —término acuñado por mi querido profesor Antonio Beristain—, y se benefician de las bondades y los complejos de inferioridad y de culpa del sistema.

Los funcionarios tienen bastante razón en sus protestas. Sabido es —eso pasa en todos los sitios— que un mínimo porcentaje de maulas, que no llegan ni al 10% —no se merecen ni la mitad del sueldo que cobran. Hace unos días me encontré con una magnifica funcionaria y persona y me alertó, preocupada, de lo rampantes que andan algunos ínfimos grupitos fachoides. Nada nuevo bajo el sol.  Hay una amplísima mayoría, abrumadora, de funcionarios trabajadores a los que cualquier empresario querría trabajando para él: honrados, responsables, serios, preparados, entregados a la labor pública, servidores del estado en el más pleno sentido de la palabra. No  se puede ser injusto con ellos ni ignorarlos.

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