Un muerto en el armario

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓNTodos tenemos el nuestro. Algunos tienen cuatro o cinco y hay otros que incluso tienen un par de docenas o tres. He llegado a esta conclusión —como llegó Perogrullo que a la mano cerrada le llamaba puño— después de ver esta semana cómo está el patio.

Las elecciones se huelen y la derecha no se cree las encuestas porque andan a la greña insistiendo a Pedro Sánchez. Hasta presidente golpista lo llamó una concejala derechosa de un pueblo madrileño, aunque diera marcha atrás de inmediato y pidiera que retiraran sus palabras de las actas municipales. Nunca he visto ni leído   —con base en ninguna doctrina jurídica, constitucional, política o de la rama del derecho que sea— que pueda equipararse una moción de censura, aunque los diputados que la votan nos sienten como una patada en los mismísimos, con un golpe de estado. Los votos en el parlamento se cuentan y la aritmética manda. Si manda que Rajoy se vaya a registrar y los miles de cargos que nombró se vuelvan a sus puestos anteriores o al paro, pues es lo que hay y si no nos gustan esas normas, hay que buscar consensos y votos para cambiarlas. Bueno, digo lo de los cargos del PP y no es ajustado a la realidad que tengo una lista larga que siguen ahí porque este gobierno socialista —con un componente importante de memez política y de canguelo sobrederechil— mantiene a muchos como si lo suyo fuese un puesto vitalicio y de concurso. Entiendo que los quieren callados y manteniendo su fidelidad, especialistas como son en cambios de chaqueta. Don Andrés Maestre, búsqueme usted unos cuantos nombres en su agenda de políticos que los vamos a llamar y a darles una lista de cambios por hacer.

Mi bisabuelo tuvo una fonda en Loja a principios de siglo pasado y, como no obtenía los dividendos esperados la amplió a “casa de trato”, entonces fue cuando aumentó el negocio de manera espectacular

No me refiero a mí, evidentemente, que no tengo curriculum —como ya he dicho en artículos anteriores—, que copié en la reválida de cuarto y de sexto, que tenía chuletas con todos los formularios de química y que, haciendo de inquisidor para mí mismo, he descubierto que un bisabuelo mío —al que no conocí, por supuesto— tuvo una fonda en Loja a principios de siglo pasado y, como no obtenía los dividendos esperados con el alojamiento, la amplió a “casa de trato”. Cuando empezó a ofrecer sus habitaciones para el ejercicio del oficio más antiguo del mundo aumentó el negocio de manera espectacular pero en algo se lo gastaría el señor Elías porque yo jamás he heredado un duro ni de él ni de nadie. Condenado a la indigencia “ab initio”, como dicen los abogados cuando llenan de latinajos —que no entienden—, sus escritos.

Es evidente que estas tareas de mi bisabuelo, que excedían el oficio de posadero, arruinarían mi carrera política desde antes de empezarla. Si a ello añadimos las chuletas en los claretianos, que dejé copiar de mi examen de Internacional Público, cuando la facultad de derecho actuaba en los barracones del Aeroclub y que me puse enfermo —con baja por lumbalgia fingida— en los cursillos prematrimoniales, es mejor que no me presente ni a concejal del Pacma para no verme estigmatizado y convertido en más paria de lo que ya soy.

Todo el mundo tiene un muerto en el armario —o más, que ya lo he dicho— y todo el mundo piensa que su muerto va a pasar inadvertido, que es algo irrelevante y nadie se va a dar cuenta de ello. Craso error —noten la referencia culta en lo de Craso, que se refiere a aquel general romano, que cita Santiago Posteguillo en sus novelas y que arruinó batallas. Lean La legión perdida, que ya la hemos llevado a nuestras cenas literarias en El Maestral con gran éxito de crítica y público—.

Craso error, insisto, porque hay una nueva especialidad periodística que cada día adquiere más relevancia. Los procesos inquisitoriales se quedan cortos y son un cuento de hadas comparados con estas investigaciones. Sale a la luz hasta el traje de primera comunión, las notas de primaria, las veces que uno se fugó la catequesis, y el simpa que hizo en aquel bar de bocadillos cutres. Todo se sabe.

Fíjense en Jesús de Nazaret cómo afinaba: «Todo lo que hayan dicho en la oscuridad será oído a la luz del día y lo que hayan dicho al oído en las habitaciones, será proclamado desde las azoteas”

Algunos piensan que eso es una cosa nueva, que esas investigaciones exhaustivas e inquisitoriales son invento de periodistas de la prensa del corazón, del hígado y de la política. Otro error craso —dirían crasísimo si no fuera una patada al diccionario—. Ya en el evangelio —noten quienes me llaman hereje y anticlerical que soy lector bíblico; una de las grandísimas obras de la humanidad, de los hombres, nada de inspiración del Olimpo, ni de ese señor que nos pintaban con barba blanca que todo lo veía y/o sabía,  ni nada que se parezca—,  Lucas, cuenta como Jesús de Nazaret, —inmenso personaje— avisaba a quienes lo oían: “Guardaos de la levadura de los fariseos —estos eran muy políticos en la época— que es la hipocresía, porque nada hay encubierto que no haya de descubrirse; ni oculto que no haya de saberse”. Listísimo Jesús porque, en esa época, ni siquiera existía la Universidad Rey Juan Carlos ni se hacían másteres en ella. Entonces no existían los magnetofones ni la casa del espía y Villarejo aún no había sido ascendido a comisario y fíjense, Jesús de Nazaret, cómo afinaba: “Por el contrario, todo lo que hayan dicho en la oscuridad  —debería haber añadido, o en comidas de amiguetes— será oído a la luz del día y lo que hayan dicho al oído en las habitaciones, será proclamado desde las azoteas”.  Y no sigo con el evangelio no sea que me denuncien por ir contra los sentimientos religiosos. Por cierto, las sandeces de Willy Toledo contra María, la madre de Jesús, me parecen grandes bobadas, groserías, gilipolleces supinas pero me niego a admitir que puedan ser subsumidas en un código penal del siglo XXI.

 Me reafirmo en la gigantesca figura del nazareno —deformada, ignorado su mensaje, manipulado y adaptado a la conveniencia de muchos a lo largo de los siglos— tengo que buscar si en sus palabras hay algo que exhorte a juzgar con distinto criterio a personas distintas que han observado conductas parecidas. Líbreme el señor de oponerme a las instituciones sagradas del país —concejales, diputados, alcaldes, miembros de los altos tribunales etc…— A mi edad y en mis condiciones psicológicas tengo claro que es en la cárcel donde mejor estaría: instalado en la enfermería, separado de internos pelmazos y peligrosos —dada mi condición de ex director de trullo—, con la comida a su hora, el médico revisándome a diario, las medicinas gratis y sin copagar un euro… y con vis a vis íntimo cada veinte días, o sea, más del que tengo en mi vida en libertad. Aún así, no quiero ir, porque estar en la trena entre sexagenarios me impediría ir a los ensayos del coro del Icali, patear Alicante a diario con mi amigo Santiago y hacer rutillas de moto por la playa de los arenales hasta Santa Pola.

Lo de las putas que se chivan ya se lo había inventado el general Narváez hace más de un siglo y medio

Líbreme el señor y pido mil perdones por anticipado por mi incredulidad, por mi escepticismo y por decirle a Villarejo que lo de las putas que se chivan ya se lo había inventado el general Narváez hace más de un siglo y medio.

Ahora vienen mis preguntas: ¿Cómo es posible que con un máster parecido —con similar exigencia— la señora Montón esté imputada, dimitida y en la calle y el señor Casado triunfante, exultante, sacando pecho y partiéndose de la risa? ¿Cómo es posible que con base en las  cintas de Villarejo se quiera fusilar a la señora Delgado y ni siquiera se haya preguntado cuando en cintas idénticas se hablaba de una tal Corina y su amigo íntimo? Me encanta esta situación de igualdad ante la ley y de seguridad jurídica.

¡Señor llévame pronto!

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