¿En árabe o en valenciano?

Andrés MaestreNo cabe duda de que el conocimiento de distintas lenguas aumenta la creatividad y la potencialidad de aprendizaje. El Molt Honorable Conseller Marzà domina varias —en público y en privado— y de ahí la sorprendente dinámica en su modo de proceder y la soltura y naturalidad con la que comunica en Alicante —en su perfecto castellano— que “4.000 niños y niñas recibirán clases en barracones durante este curso” y se hayan instalado en la ciudad otras siete ‘aulas tecnológicamente avanzadas’, como les gusta llamarlas —barracones cuando estaban en la oposición—.

En el CEIP de La Cañada del Fenollar hay más alumnos en aulas prefabricadas que en las de ladrillo y este año prescinden de biblioteca para impartir clases

Frente al ‘compromis’ del Consell de erradicar las prefabricadas durante este mandato —queda el periodo de un embarazo— la Consellería ha instalado siete aulas más para acoger a doscientos estudiantes alicantinos. «Bienvenidos a la precariedad», lucirá en su mensaje de inicio de curso. Veinte aulas de fibra y metal —de última generación— decoran los patios de los colegios de la ciudad y restan espacio a otras estancias como el recreo, que es donde se desarrolla el juego —»si quieres trabajadores creativos, dales espacio para jugar», decía John Cleese, cómico británico de Monty Python—. En el CEIP de La Cañada del Fenollar hay más alumnos en aulas prefabricadas que en las de ladrillo —120 frente a 80— y este año van a prescindir de la biblioteca para disponer de espacio donde impartir las clases. Así llevan trece años, viendo como empeoran sus condiciones de vida educativa y recibiendo ilusionantes promesas legislatura tras legislatura.

Algunos deben pensar que el problema se aminora con el lenguaje —que no con la docencia de las lenguas, sino con el lenguaje perverso— y cambian de nombre a las cosas para que suenen mejor. Aulas modulares, estancias dinámicas, espacios educativos autónomos o espacios temporales para el desarrollo de la enseñanza. Esta técnica de comunicación persuasiva debe funcionarles a los políticos, porque se empeñan en utilizarlas sin rubor en entrevistas, comparecencias públicas y declaraciones ante los medios de comunicación.

En la última visita del Conseller Marzà a la terreta hemos oído algunas de ellas. Vicent —el conseller— tiene varios frentes abiertos en Alicante —y en toda la Comunitat, pero aquí más—. Los barracones, las concertadas, las religiones y el plurilingüismo son aquellos asuntos con los que se despacha a diario. Él y sus más acérrimos colaboradores y ‘descolaboradores’. Un asunto lleva al siguiente y todos se van enlazando. El aumento de prefabricadas permite —da a entender Marzà— prescindir de los colegios concertados, aunque afirma categóricamente el conseller que no han eliminado centros concertados —dice— “lo que hemos hecho es no renovar contratos con las concertadas”. Lógicamente no han ido con la pala a derribar los centros, y eso es un alivio.

¿En qué lengua se darán las distintas variables espirituales? ¿Castellano, árabe o valenciano?

En esas aulas basadas en arquitectura modular se van a impartir las materias previstas para el curso que se inicia, incluida la tan debatida asignatura de religión. Es decir, de religiones: la católica, la islámica y la evangélica, de momento. Y se harán en los colegios donde se ‘premia’ el uso de la docencia en lengua valenciana. Lo que falta por definir es: ¿En qué lengua se darán las distintas variables espirituales? ¿En la de Cervantes, García Márquez, Neruda, Quevedo, Cela o Delibes? ¿En la de Mahoma, Mahmud Darwish, Ibn Jaldún, Al-Hamadānī  y otros ilustres literatos árabes? ¿O en la de Ausiàs March, Joanot Martorell, Estellés, Enric Valor, Ovidi Montllor o Pep ‘el Botifarra’? ¿Valencianizará Marzà las enseñanzas religiosas?

El futuro es multicultural, plurilingüe, interracial, diverso e intersexual. Aunque me temo que el presente —y también el futuro más inmediato— sigue siendo visceral y dogmático. Lejos de pensar en la conveniencia de las medidas adoptadas o no, el debate empieza siempre por el «quién lo ha dicho».

«Estàn deixant-te sense orgull tractant d’europeïtzar-te. Vull tornar a fer-te l’amor amb sandàlies i sense tacons. València, eres una puta”

Las reivindicaciones identitarias valencianas no son nuevas. Desde el ‘tío Canya’ de «Al Tall» —“set vegades va fer cua en presentar uns papers per no saber expressar-se en llengua de forasters […] els seus néts i nétes han arribat a ser metges, mestres i lletrats i ara parlen castellà”— hasta el ‘València eres una puta’ de Miquel Àngel Landete —“Ara ja no és com abans […] estàn deixant-te sense orgull tractant d’europeïtzar-te. Vull tornar a fer-te l’amor amb sandàlies i sense tacons. València, eres una puta”—.

Conservar la lengua y potenciarla es una obligación de las administraciones públicas y un deber de los ciudadanos darle uso y convivir con ellas, principalmente para enriquecernos con la propia identidad. La globalización —como se lamentaba Landete— ha deshumanizado nuestras costumbres y ha europeizado nuestro alicantinismo —o valencianismo, según se mire—. Pero también nos ha ubicado en el mundo y nos abre puertas antes inimaginables. De ahí que —frente al rancio debate plurilingüista que se empeña en valencianizar las aulas— haya ilusos como yo que soñemos en que nuestros hijos puedan hablar en las suficientes lenguas como para liderar el futuro. No el que te corta las mismas alas que te da —el valenciano—, sino en inglés, francés, alemán, chino y árabe —por lo menos—. El mundo se escribe en esos idiomas.

Sé que este es un debate crispante. No se me escapa que —si no me alineo con el discurso ‘progre’— me lloverán ‘chuzos de punta’ y me llamarán de todo, incluso facha —que es el calificativo para quien no comparte doctrina—.

“Nunca he permitido que la escuela entorpeciese mi educación” (Mark Twain)

Mientras tanto, los políticos todopoderosos valencianos hacen uso de sus superpoderes para instaurar medidas ideológicas de gran confrontación social. El curso ha empezado. Siguen los barracones, los interinos zarandeados y la calidad educativa por los suelos. No se ponen de acuerdo en un programa formativo enriquecedor. No hay consenso. Y gastan sus energías en debates dirigidos a sus potenciales votantes, los que les defienden en las redes sociales habiendo o no leído sus propuestas. Mark Twain decía: “Nunca he permitido que la escuela entorpeciese mi educación”. Aquí hay gestores empeñados en hacerlo y no dar tregua al desarrollo individual de la vida. Una canción de Fito me enseñó que “después de mucho tiempo aprendí que hay cosas que es mejor no aprender, […] si es por esos libros nunca aprendo: a coger el cielo con las manos, a reír y a llorar lo que te canto, a coser mi alma rota o a perder el miedo a quedar como un idiota”.

Es mejor que la escuela nos prepare en materias de la ciencia y habilidades sociales y se deje la ideología para que la experimente cada uno. “Enseña a dudar de lo que enseñas decía Ortega. Una buena forma de transmitir conocimiento sin pretender inculcar sobre lo que debe pensar la sociedad ni cada uno.

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