Más sobre la España eterna

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓNEn un artículo de hace unos días me preguntaba si España es una realidad eterna o histórica e intentaba un repaso rápido —imposible que fuese exhaustivo— desde las tribus íberas hasta Isabel y Fernando. Me cayeron chuzos de punta, hubo opiniones encontradas y hasta gente realmente enfadada porque el asunto catalán eriza las sensibilidades y pone los ánimos del personal bastante crispados.

Siento los enfados. Es la servidumbre de la expresión libre. Es imposible contentar a todo el mundo y el único remedio, si uno no está de acuerdo con algo, es escribir lo contrario con los argumentos de que uno disponga. Toda la vida, en cualquier ciencia, se ha avanzado contraponiendo opiniones y teorías.

Dije que descansaba una temporada por estar ocupado —en mi jubilación ociosa— en la preparación de un curso en la sede alicantina de la  UA —con las bendiciones de su director, Jorge Olcina—. Nos proponemos escribir una novela histórica del siglo XIX y a él están invitados quienes esto lean.

Si me acompaso con el historiador Ricardo de la Cierva dirán que sigo las doctrinas derechonas y me dejo guiar por Tuñón de Lara que soy un rojazo del que uno no se puede fiar

No cumplo mi compromiso de dejar de escribir aquí temporalmente porque me puede la pasión. Me reafirmo en lo escrito en el artículo que refiero —y que tienen en 12 en digital— y sigo a partir de los reyes Isabel y Fernando a los que el Papa Borgia Alejandro VI —un golfo importante— les asignó el título de Católicos. Si me acompaso, por ejemplo, con el historiador Ricardo de la Cierva dirán que sigo las doctrinas derechonas. Si me dejo guiar por Tuñón de Lara, otro ejemplo, me dirán que soy un rojazo del que uno no se puede fiar.

Seguiré, en un intento de contemporizar, al historiador francés Pierre Vilar —autor de una magna obra titulada “Cataluña en la España moderna”— y cuya magnífica “Historia de España”, que vio la luz en 1947 había que ir a leer a Francia porque  fue prohibida por la censura franquista. El gran inquisidor Manuel Fraga —“la calle es mía”— y otros congéneres, de conformidad con el caudillo, nos decían qué se podía y qué no se podía leer, qué películas podíamos ver y qué conferencias escuchar.

Para Vilar, desde el punto de vista nacional, la España de la reconquista se disgrega más que se unifica. Nadie piense en esa “unidad indestructible en la fe y en las ideas para acabar con el moro”. La larguísima guerra contra los moros favoreció las tentativas de independencia: Castilla se desgajó de León, el Cid estuvo a punto de crear el estado de Valencia, Valencia y Mallorca fueron erigidos en reinos junto a Aragón y el condado catalán y hasta Navarra, por un accidente dinástico, estuvo ligada momentáneamente a Francia.  Sin contar a Granada que aún era mora, cada uno conservaba celosamente el orgullo de sus títulos y sus combates y la desconfianza para con sus vecinos.

Juan II, padre de Fernando el católico, “sufre” las peleas de los rentistas y de la aristocracia mercantil catalana y se apoya en las bandas rebeldes de campesinos del este catalán mientras la burguesía y los grandes y nobles señores  andaban en busca de un rey de su agrado.

En Castilla andan en guerra civil. Enrique IV, un rey inútil como otros tantos, ha dejado una sucesora pero no es comúnmente aceptada por considerarla bastarda: Juana, apodada la Beltraneja, decían que no era hija suya sino de  Beltrán de la Cueva, de ahí el apodo. La hermanastra de Enrique, Isabel que ya se había casado con el heredero del trono de Aragón, entró en guerra con su sobrina y sus partidarios y se llevó el gato al agua. Ahí tenemos una guerra carlista —sobrina contra tía— con varios siglos de antelación.

Carlos era un rey que vino de Bélgica y que ni conocía el país ni sabía español. ¡Viva la unidad eterna de destino en lo universal!

Reinan Isabel y Fernando en Castilla y Aragón pero, como afirma García Cárcel, “los cónyuges nunca fueron plenamente reyes propietarios de la corona aportada por el otro cónyuge y estuvo siempre vigente el principio de poder otorgado”. La propia reina Isabel en su testamento  dictamina que solo Juana —su hija conocida como la Loca— sería reina de Castilla y Fernando de Aragón, que ya traía el reinado puesto al casarse. Solo el azar histórico más que el proyecto político —sigue diciendo García Cárcel— permitió a Carlos I reinar a la muerte de Fernando. Carlos, un rey que vino de Bélgica —ya tenemos a los belgas otra vez en el fregado— y que ni conocía el país ni sabía español. ¡Viva la unidad eterna de destino en lo universal!

El Conde duque de Olivares que quería centralizar y poner orden —y recaudar impuestos— ya tiene un follón importante con los catalanes que no querían pagar —cosa rara que uno no quiera pagar impuestos—. En guerra con Francia, los ejércitos españoles se comen las cosechas y la cabaña de los payeses y ahí está el inicio —con los curas como perejil de todas las salsas— de la llamada Sublevación de Cataluña —1640— o guerra dels segadors. De ahí el himno, a ver si alguien va a creer que el lío de Puigdemont, Torra y Junqueras es de ayer por la mañana.

Se extinguen los Austrias por esa manía de los reyes de casarse con tíos, primos y sobrinos ignorando las leyes de la genética y el último Austria —Carlos II, un gran tarado— decide que van a reinar los Borbones que ni conocían España ni tenían idea de ella.

Catalanes y valencianos se ponen de parte de los Austrias y cuando pierden la batalla de Almansa, Felipe V se carga todos sus privilegios, fueros y autogobiernos. Ahí sigue, en Játiva colgado cabeza abajo

Se monta otra vez la de Dios es Cristo: la Guerra de Sucesión y como los catalanes y valencianos se ponen de parte de los Austrias, cuando pierden definitivamente en la batalla de Almansa, Felipe V se carga todos sus privilegios, fueros y autogobiernos. Ahí sigue, en Játiva colgado cabeza abajo. ¿Dónde está esa unidad eterna y de destino en lo universal que algunos proclaman ignorantemente?

Ya estamos otra vez con el espacio que nos limita. Nos quedamos en el siglo XIX —el del curso que preparo y ya no lo digo más—, en el golpe de Estado del infame Fernando VII contra su padre, en la venta del país a los franceses y en las guerras carlistas por ver si sucedía en el trono el tío Carlos María Isidro o la sobrina Isabel. No hay sitio para más. Como tampoco lo hay para hablar de la proclamación republicana de Companys en 1934, ni de la actuación genial del general Batet Mestres, que desoyó la orden de Franco de arrasar Barcelona.

Eso y la instrucción de Batet de un expediente relativo a la guerra de Marruecos en el que, por lo que se ve, Franco quedaba como bastante menos valiente y arrojado de lo que se proclamaba, le costó a Domingo Batet, ser fusilado en Burgos. Tuve el privilegio —para preservar la historia— de coger su expediente de aquella cárcel y depositarlo en la Secretaría de Estado de Asuntos Penitenciarios. Había un embrión de gran archivo histórico que se iba a hacer en la cárcel de Mislata, en Valencia, y que por la falta de seriedad de la Generalitat y el Ayuntamiento de los noventa y cinco, nunca se hizo para desgracia de cualquiera al que le guste la historia y quiera tener un archivo enciclopédico reunido en un lugar adecuado.

One thought on “Más sobre la España eterna

  1. Bien Manuel, la amenidad te deja el corazón ansioso de una próxima entrega, donde se aclaren las Mil preguntas q le surgen a este relato…

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