España, ¿realidad eterna o histórica?

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓNCuando publiqué hace un par de semanas mi artículo sobre la decisión más gilipollesca de algún gobierno autonómico —incluido el valenciano-—de impartir religión islámica en las escuelas, se montó —en mi página— un cierto revuelo sobre España. Un lector habitual de lo que escribo —si no lo he entendido mal y agradezco su lectura y sus opiniones— dice que España ya existía en el siglo V y que la izquierda aprovecha cualquier excusa para atacar a España. Está bien. Hay que discutir y exponer los distintos puntos de vista que de ahí nacen nuevos conceptos y siempre más acertados, como en la dialéctica hegeliana.

España en el siglo V no era sino una decadente herencia de aquella Hispania —tierra de conejos significa la palabra— romana llena de tribus godas sin cohesión entre sí y desde luego, querido amigo lector, sin conciencia de país. Así lo entiendo yo sin ser historiador ni pretender adjudicarme títulos inexistentes que no quiero follones como Casado, Sánchez y su señora, Cifuentes y demás compañeros mártires.

Desde Azaña hasta Negrín y desde Francisco Ayala hasta Niceto Alcalá Zamora, y desde el general Miaja hasta los generales Rojo o Modesto, eran todos de izquierdas y siempre defendieron a España

La izquierda que se dedica a atacar a España será la izquierda imbécil porque —nacionalismos catetos aparte, que ya dijo Unamuno que los nacionalismos se curan viajando— desde Azaña hasta Negrín y desde Francisco Ayala hasta Niceto Alcalá Zamora y desde el general Miaja hasta los generales Rojo o Modesto —Líster no, que era bastante juerguista e incompetente—, eran todos de izquierdas y siempre defendieron a España aunque sus ideas no comulgaran con las derechas ultras golpistas e imperantes. La derecha recalcitrante, en el último siglo, ha intentado patrimonializar la idea de España, como si España fuese suya.

La polémica es antigua pero nos resulta imposible remontarnos a los orígenes. Ya le dije al lector que cito que esto da para mucho más que un artículo. Da para varias enciclopedias y, aún así, siempre habrá opiniones distintas. La polémica nunca quedará cerrada.

No hay que acojonarse ante la publicidad potente del colectivo que sea. Escriban. Expongan y defiendan sus ideas y de la libertad saldrá mucha más luz que de las tinieblas dogmáticas

En 1948 —prohibida por Franco vio la luz en Argentina— Américo Castro publicó una gran obra: “España en su historia. Cristianos, moros y judíos”. El gran historiador, Castro, consideraba la interacción entre cristianos, moros y judíos como el gran y decisivo motor en la conformación de España. Claudio Sánchez Albornoz, opuesto a esta concepción, publicó como contestación, “España un enigma histórico” —también prohibida y también publicada en Argentina— que hacía más hincapié, en la formación de España, del elemento godo y germánico. Polémica fecunda —he leído y he disfrutado con ambas obras— que potencia el progreso como todas las discusiones comedidas y racionales. No hay que acojonarse ante la publicidad potente del colectivo que sea —derechas, izquierdas, rojos y fachas, monárquicos, republicanos, feministas, machistas, homo o heterosexuales quienes quiera que sean—. Escriban. Expongan y defiendan sus ideas y de la libertad saldrá mucha más luz que de las tinieblas dogmáticas.

Desde cuando podemos hablar de España, cuándo se formó, cómo y con cuántas interacciones lo hizo, etc, es un tema que da para mucho salvo para la ultraderecha golpista —la de la Cruzada, la que ganó la guerra civil— que usaba a sus historiadores de cabecera para dejar claro que España era una unidad eterna y universal, que por el imperio se iba hacia Dios y que ya desde antes del inicio de los tiempos, España estaba en su mente como salvaguarda de los valores de occidente. Vamos, que España era católica desde antes de inventarse el catolicismo. Hasta Aznar, hace unos años, metió la pata “ostentóreamente” cuando afirmó con solemnidad: “Los musulmanes no han pedido perdón por conquistar España en el 711 y ocuparla durante ocho siglos” —lo mismo que la metió al llamar Príncipe de la Paz a Fernando VII cuando ese calificativo era de Manuel Godoy—. Decía esto en una de sus lujosas conferencias norteamericanas y hablando de los que querían que el Papa pidiese perdón por los desmanes de la Iglesia durante siglos. Perdón, Don José María, España entonces no existía tal y como la conocemos ni en la mente del futurólogo más febril.

Los leoneses afirman su identidad más antigua diciendo: “León tuvo reyes antes que Castilla leyes”

Sigamos con España y los moros. Julián Marías —en su “España inteligible”— afirma que la invasión musulmana del 711 tuvo éxito militar y la defensa visigoda —que no española— fue un fracaso. Por eso los moros entraron hasta la cocina aunque —según don Julián— tal invasión no fue nunca aceptada. Por ello considera un craso error igualar a la España cristiana y musulmana. Nunca hubo una España judía para este autor mientras que la cristiana se constituye frente a la musulmana creando el proyecto histórico de desplazarla. ¿Motivaciones religiosas? Ahí está el invento, motivador para ilusos, de Santiago Matamoros y el hallazgo de la tumba donde jamás estuvo el apóstol de Jesús, asesinado por Herodes Antipas en el año 44 y que nunca salió de Palestina. Un barniz, la religión, que en el fondo los guerreros iban impulsados por las promesas de tierras, riquezas y poder cuando ganaran las batallas que emprendían.

No es España quien lucha contra los moros sino una unión de distintos reinos: Castilla, León, Aragón, Navarra y los vencidos en principio solo tienen un programa, un proyecto que llega a realizarse. Aun hoy, los leoneses afirman su identidad más antigua diciendo: “León tuvo reyes antes que Castilla leyes”.

Incluso Ortega y Gasset en su “España invertebrada” entra a saco en el problema —no un problema inventado por podemitas e ibarreches y puigdemones— y afirma con rotundidad que la lucha fronteriza continua que mantienen los castellanos con los moros permite a estos descubrir su histórica afinidad con las demás monarquías ibéricas. España nace en la mente de Castilla como un proyecto que aún no es, como un ideal por conformar.

“España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido”

Lo siento pero se me ha terminado el espacio. Ya avisé al principio que el tema es largo e intrincado. Me quedo en Isabel y Fernando y me faltan todos los Austrias, la llegada de los Borbones, el complicadísimo siglo XIX (ver nota final) con el inútil de Carlos IV, el traidor de su hijo que dio un golpe de estado contra su padre y vendió el país a Napoleón, la analfabeta desmadrada de Isabel II hasta el irresponsable desvergonzado –—me quedo corto en el calificativo— de Alfonso XIII que tuvo que salir por piernas desde Cartagena dejando un país hecho polvo.

¡Qué razón tenía Von Bismarck! “España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido”.

Nota: Me despido una temporada mediana. En conversaciones con mi amigo Jorge Olcina hemos acordado un curso en la sede de la UA en Alicante: “Vamos a escribir una novela histórica sobre el siglo XIX”. Tengo que encerrarme a prepararlo bien para luego disfrutar con él.

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